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El siguiente texto está transcrito del reverso de una manteleta del restaurante “Panama’s”, en Mazatlan, Sinaloa, por ahà del 17 de febrero del 2007:
“Y aquà estoy, en el Panama’s de Garzas (Mazatlan), esperando a que den las once para que inicien mis nefandeses en el bar “Pepe el toro”; uno de los tres bares gays de esta costa. Al tiempo que escribo esto, me quemo la lengua con el café y leo “Respiración Artificial” de Ricardo Piglia.
No sé qué me impulsó a separarme de mi hermano (bajo el pretexto de ir a “las batallas” -hoy inicia el carnval) y acudir a un lugar de ambiente. Tal vez sea ese “algo” al que me referÃa en posts anteriores… Sea lo que fuere, aquà sigo, esperando a que den las once, aunque mi reoj marca casi marca las doce (estamos a una hora atrasados respecto al tiempo del centro del paÃs)
Fui al baño y pensé en dos cosas :
La primera: ¿Por qué los hombres rayan las puertas y paredes de los cubÃculos? ¿Será un impulso primario? ¿También lo hacen las mujeres? Supongo que las “chicas malas” de la prepa lo hacen, ¿Pero las demás?… HabÃa una invitación a tener sexo casual, pero no pude anotar el correo electrónico.
Le segunda: Se me ocurrió el tÃtulo de un libro de autoayuda: “The love of my life is bisexual. How can I deal with it? EstarÃa dirigido a todas y todos los que tienen la forturna de enamorarse de alguno de nosotros.
Ambos pensamientos me llevan a la conclusión de que deberÃa llevar una libreta cada que voy al baño. Siempre se me ocurre algo ahÔ.
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La suerte dio un vuelco, para bien mÃo, para mal de mi hermano. Quién hubiera pensado que ésta serÃa mi segunda noche en Mazatlan… Yo habÃa planeado quedarme en casa, entreteniéndome con las aporÃas del tiempo en San AgustÃn (yeack) y leyendo “Aperndizaje, o el libro de los placeres” (novela casi casi de autosuperación personal) y “Respiración artificial” (wackala). Pero todo parece indicar que la vida tenÃa otros planes para mÃ. Ahora mi preocupación se centra en buscar un cafecito donde meterme a terminar de leer para la clase del martes. Eso y ver cómo le hago mañana para meterme al mar. Santa me pidió una bocanada de brisa marina para pasársela en un beso; ya veré cómo le hago para llevársela… mientras tanto, sigo disfrutando de mi buena fortuna a costa de Wal-Mart International ¡Yea!
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“Quien no está a la altura de su deseo, decÃa la Coca, ése es uno a quien el mundo puede llamar un cobarde”.
Ricardo Piglia // Respiración Artificial.
Cuando El Mesero me besó afuera de su hotel, no supe qué hacer; me quedé impávido, me tomó por sorpresa, no me lo veÃa venir. Al principio me quedé estático, sintiendo moverse sus labios sobre mi boca apenas entreabierta. Después comencé a corresponderle, dejándome llevar por un “algo” que, cuando me asalta, se convierte en un deseo imperioso que no mide consecuencias. Experimenté lo mismo cuandó besé -pero cuando realmente besé- a Santa, o la primera vez que lo hice -medio borracho- con Lisandro. Igual sucedió cuando tomé por sorpresa a InMundo, plantándole un beso mientras se cambiaba de camisa. Y caso identico cuando Carol me besó por primera vez en la boca. Sólo con Ome no operó ese “algo” inaudito; con ella fue una situación lúdica, gozosa, en la que ambos terminamos con los labios mordidos y sangrantes. Y el recuento de todas esas veces me llevarÃa a más gente, a más lugares, a otros tiempos… Aquella vez con El Mesero rechacé la oferta de subir con él a su habitación, con todo y que él me habÃa parecido una persona en exceso agrdable, aunque fÃsicamente poco atractiva. Creo que no estaba listo. Y esta última vez, este último beso, me devolvió aquella vÃscera que latÃa fuera de mi cuerpo. Y sólo fue eso, un beso, una concatenación de movimientos pendulares de dos humedades que, perdidas, se encontraron en un instante de la lÃnea del tiempo. Sin quererlo, me devolvió mi corazón; y no porque él lo tuviera, sino porque regresó a mi ese “algo” que me hace sentir no-muerto. Regresó aquel corazón que pensé que una vez dado, ya no se quitaba. Y regresó raspado, magullado, con moretones y mocho de algunas partes. Pero ya lo tengo de regreso… Creo que sigo sin estar listo. Pero al menos ya hubo una prueba empÃrica de que ese “algo” no está muerto y de que el corazón, como boomerang, siempre vuelve.
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Después de mucho buscarlo, encontré mi corazón en los labios de otro hombre.
Por fin lo tengo de regreso.
Cuánto te quise, carajo…
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Cuando tengo problemas, o alguna idea atormenta mi cabeza, suelo salir de casa y tomar el primer autobús que pase. Elijo uno de los asientos del fondo y me siento lo más pegado posible a la ventanilla. Recargo la sien en el cristal y miro cómo segundo a segundo algo se va quedando atrás; algo… A veces llevo el Ipod prendido, a veces no. Varias veces he llegado a llorar; otras a reÃr sin ningún motivo. Y por lo general, cuando consigo sacar alguna conclusión o llegar a una mediana conjetura, me levanto y bajo del autobús. No importa la hora que sea o cuán lejos esté de casa, siempre regreso caminando. Esto nadie lo sabe.
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“Lo único que pude es enamorarse en secreto, en silencio, como yo de Mariana. Enamorarse sabiendo que todo está perdido y no hay ninguna esperanza”.
José Emilio Pacheco // Las batallas del desierto.
Santa dice que el amor tiene sus propias reglas. Yo las desconozco. También dice que en esos menesteres nadie juega limpio. Tampoco sé de eso. Y que por lo general alguien siempre sale perdiendo. Ni idea… PodrÃan preguntarme, entonces, qué carajos sé del amor. Yo tendrÃa que responder con la famosa aporÃa de San AgustÃn: “Sé lo que es el tiempo, pero si me preguntan, no puedo explicarlo”. Y no, tampoco sé qué es el tiempo.
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Me estoy convirtiendo en alguien a quien no conozco.