Con tristeza observamos el amanecer a través de su ventana. Desconfiábamos de la aurora; ningún albor de nuevo día podría sacarnos de la inercia de años. Nos propusimos dejar de pensar en el futuro, como quien abandona un mal hábito. Enfrascarnos en el presente y su tópico más grande: la supervivencia.
–Nada le debemos a la vida –pronunció, quedo, Mauricio–, y, por consiguiente, ninguna deuda tiene ella con nosotros.
Habíamos pasado la noche entera en vela; los discos se habían terminado, pero aún nos quedaba cerveza en la mesa. Adriana recargó la cabeza sobre el hombro de Mauricio y cerró los ojos por un momento. En su mente tarareaba una canción de Nirvana sin llegar a recordar el nombre o la letra, pero la tonada era persistente, como el olor a cigarro.
Me levanté al baño, pensando en todos los años botados a la basura. Tiempos lejanos en los que algún orientador vocacional nos había pedido visualizarnos en cinco o diez años. De qué había servido toda esa mierda psicologicista si terminaríamos de la forma en que lo habíamos hecho.
Al regresar, Adriana y Mauricio se besaban, como lo habían hecho años antes, cuando aún eran novios. Tomé una cerveza y me dirigí a la ventana. Amanecía domingo y las palomas de la cornisa de enfrente comenzaban a despertar de su sueño. Busqué algo qué aventarles para dispersarlas, pero nada había a la mano. Las dejé despertar, lentas, taradas, inconscientes.