Rameras proto-industriales

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El Fray Cobayo se dejó caer en el suelo del segundo patio, ese rinconcito de pasto, junto al ágora, debajo de rectoría y a unos cuantos pasos de la ridícula capilla. El sol, molesto, se elevaba en el cenit. La sombra de un árbol dibujaba una rejilla de sombras en su cara roedora. Y Weezer, el viejo Weezer, hacía sonar las guitarras como sólo ellos sabían hacerlo.

Hay días en los que me siento la ramera de todo el mundo. Hoy, en un súbito ataque de gatería desaforada, me dediqué a traerle café a mis compañeros. Iba y venía a la cafetería, con esa estúpida cara de felicidad que se logra tras la repetición de un mantra barato. Hice varios viajes, compré varios cafés. Y a final de cuentas, yo no tomé nada. En mi último recorrido, la dependienta de la tienducha me dijo que ya sólo tenía americano azucarado. Y me niego a consumir azúcar.

Algunas personas se le quedan viendo, otras tan sólo lo ignoran. El Cobayo no es más que una pieza más de jardinería ornamental. Algunos de sus alumnos pasan. Es el cambio de clases. Y lo ven ahí, tirado, como el cerdo que es bajo esa capa onírica de grasa metafísica. Ríen. Sólo saben reír. Tal vez es la primera vez que ven a un maestro totalmente derrotado, sobre el suelo y escuchando discos que desde la preparatoria no escuchaba. Ríen. Lo ven y ríen. Es como un reflejo involuntario.

Lo peor de sentirse una ramera, y no serlo, es que tan sólo se mella un poco más ese escueto sentido de dignadad que a veces todos creemos tener. Que a veces necitamos tener para sentirnos, aunque sea un poquito, por encima de los demás.

Hasta el cuerno de nostalgia, el Cobayo saca su beato celular ex-vampírico y escribe un mensaje al señor Tuzo, conde de la provincia de las Termas y vizconde del Garotos. Frases inconexas en su mayoría. Como si estuviera drogado. Lleva demasiado tiempo sobrio… y el por qué se lo guarda para más al rato. De seguro ni sabe por qué. Sólo escribe y envía. En cuanto el mensaje es enviado, alumno Pequeño Brincamontes se para junto al cuerpo yaciente del Fray Cobayo, maestro de poca monta.

Ya lo dijo Cioran: “Paso por mis días como una puta en un mundo sin aceras”. Lo peor de un mundo sin aceras no es el hastío, sino la imposibilidad de ser uno mismo.

Alumno Pequeño Brincamontes le pregunta al Fray Cobayo: ¿Por qué está tumbado, maestro?
El Cobayo, tratando de ocultar toda la hueva que le genera semejante -estúpida- pregunta, le responde lo más parsimonioso posible: Porque así son las cosas, Pequeño Brincamontes.
El alumno, consternado, razona la respuesta. Obviamente, fue una escapatoria fácil por parte del Cobayo. Pero este, lo ignora. Su cara se deshace en muecas, hasta que haya la pregunta que estaba buscando: ¿No será que ya está muerto, maestro Cobayo?
El Fray Cobayo se detiene un momento y contiene el aire en su boca. Lo expulsa sin sonido. En un silencio callado, casi tímido, ante los depsuntes de sabiduría. Tal vez, Pequeño Brincamontes -acota Fray Cobayo- ya me morí y el olor a podrido aún no me lo había anunciado.
Pequeño Brincamontes se tumba al lado de él. Todavia no apesta maestro… no más de lo que ya lo hace en clase.
El Cobayo sonríe a gusto, las cosas siguen siendo las mismas, el órden cósmico no se ha alterado… la vida, sigue siendo la misma miasma.

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3 comentarios en “Rameras proto-industriales

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