Inopia

Estándar

Caí de la cama. El estruendo no se hizo esperar. Todo alrededor daba vueltas. La pantalla del celular brillaba y su insufrible pitido lo llenaba todo. No había espacio en mi cabeza, salvo para ese maldito sonido del demonio. Intenté ponerme en pie. Pero sólo fue eso, un intento, porque volví a caer. De espaldas, sobre el piso, mis ojos bailaban en las fisuras del techo. La luz nocturna se colaba y sus sombras dejaban espacio para unos cuantos delirios. Pero la xodida alarmita del celular no. Volví a intentarlo. Ahora caí boca abajo. No sabía si quería reír o gritar. Pedir ayuda o llamar a alguien para que se cagara conmigo de la risa. Me puse de rodillas y mal que bien, recargándome en la cama, logré ponerme en pie. Por fin de pie. Y todo el mundo se me tambaleaba. Me sentía como esos largos pinos que el viento mueve a su voluntad. Sólo que en mi cuarto no había viento; todo el huracán estaba en mi cabeza. Tomé el celular y lo apagué. Regresé a la cama. Me tumbé como pude. Y de nuevo, el camastro empezó a navegar. A hundirse, más bien. Casi casi el Titanic, pero más nauseabundo que ver el hombro de la Leonarda di Caprio ¡Wackala! Bajé la pierna. El efecto cama asesina se detuvo. Silencio. Estabilidad. Y calor, mucho xodido calor. Empecé a recapitular la noche…

A sus órdenes abrí los labios. Intrudujo un cigarrillo. Gesto tierno, pensé. Santa sonrió y encendió la boca mechada del cigarrillo. No era una Marlboro común y corriente. Era un Marlboro de Santa. El humo empezó a escapar. Aspiré un saborcillo picante a canela. Y un saborcillo a algo más. ¿De canela? pregunté. Y mi Sata de cabecera asintió. Y algo más, dijo, como asestando un pellizco. Y fumé. Traté de discernir el sabor. Imposible, la canela lo era todo. Seguí aspirando, exhalando, prendiendo el cigarrillo que no dudaba en apagarse. Repasé la lista de drogas conocidas y reconocidas. Las negó todas. Hasta llegar al final. Al mero final. Opio. Santa me dio a fumar opio. Y la amo por eso.

Entre chelas y bacardí transcurrió la noche. Primero llevar a Lesboña al antro, junto con Heteronanda. Luego de regreso a la reunioncita en donde todos estaban ya pedos. Risas. Chistes que no em hacían la más mínima gracias. Pero yo chupando. Ando, endo, to, so, cho. Y fumando mis Delicados con filtros, muy nais y condechi, muy de fresqui letrado de la UNAM (letrinado). Y pensando. Y a veces riendo. Siendo abrazado por brazos femeninos que parecían quererme decir algo más allá del fraterno “te quiero”. Ojos de varón que quería ver más allá de una pose inconexa. Nadie logró nada conmigo. Ni yo logré nada con nadie. Seguía pensando en mi estupidez. En haber dejado ir al español maduro que buscaba ligue en El Encuadre. Me imaginaba besándolo, acaraciándolo, tirándomelo en su hotel antes de que dieran las tres de la mañana. Pero sus fotos, sus malditas fotos y sus risas desesperadas me sacaban de mis recovecos eyaculatorios. Entre el opio y la chela alcanzaba un estado extraño. El Bacacho vino a confirmarlo todo. Estaba cruzado.

Charlábamos. Santa me contaba su fin de semana. Yo la escuchaba con los ojos muy atentos, imaginando cuerpos, escenas, vestidos, palabras. Viéndolas. Sintiéndolas. Fue entonces que vi su playera naranja y sus pantalones caki. Creí que venía acompañado. Seguí escuchando a Santa. Pero las ganas de orinar eran muchas. La interrumpí y salí al baño. Sorpresa, sorpresa, estaba solo y mirándome. Sonreí, me sonrió, pero corrí al baño porque la veguija no perdona. Triste realidad, al salir una artesanía de Amozoc ya se lo había ligado. Volteó a verme, sonreí apagado y continué mi camino. Me niego a bajar la ganancia ajena. Regresé a los labios y los brazos de Santa, a seguir escuchando sus historias. Le mandé un mensaje a Heteronanda, para ver si ella podía llevarme al convite en la casa coordinadora. Dijo que sí, pero que me esperaba al otro lado de la ciudad en media hora. Santa y yo corrimos, pagamos y corrimos. Después abordé y transbordé para volver a abordar. Llegué con Heteronanda en un estado bastante incómodo, inopiado, desubicado. Subí al coche y nos dirigimos a la fiesta.

Con la pierna haciendo tierra logré conciliar una especie de sueño, temiéndome que al despertar estuviera crudo. Bonita sorpresa, no lo estoy. Ahora trato de confeccionar un día, un día para no estar solo, para ver a mis afectos. Ya lo dirá el sol y los mensajes de celular…

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3 comentarios en “Inopia

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