Chapuzas infernales

Estándar

Bitácora del asceta, día 2.

Como un burdo intento por sublimar la pulsión sexual, dediqué el día “2” de esta fiebre hormonal a mis quehaceres domésticos. Primero, por mera precaución, bloqueé el número de la Freddy; así, ni puede él hablarme, ni yo a él.
Después de barrer, trapear y sacudir al ritmo de la poblanísima estación “Tropical caliente” (“Móntaaaame, como si fuera un caballitoooo”), donde Aroma, Bobby Pulido y -para los más culturosos- Rigo Tovar, reinan con singular despótica alegría.
Una vez finiquitado mi aseo, me dispuse a leer. Y oh, oh, oh, queridoa lectoroa, viaje denso y seguro de la mano del señorísimo Mario Bellatín y su novelísima (cortísima): Flores.
Agh. Sábado por la noche. El inconsciente colectivo me llama a aullarle a la luna y salir a despilfarrar mi dinero en pos de un poco de cerveza… o de un tequilita… o ya de menos, vino con cocacola. Lo que da pie a una de las “Estulticias historias de cómo un Cobayo pierde su dignidad“.
Sí, sí, sí, es hora de que me denigre aún más (¿Aún se puede?). Y ahí les va una hitorieta (¿histerieta?) más:
Corría el año de hace un chingo. Fray Cobayo apenas era un Fray Cobayo y presentaba su libraco en la Ibero, frente a un salón de eventos a reventar (¿Quién dice que sólo el PRD sabe acarrear multitudes?). Como sea, presentaba mi libro entre un impostor de lo piiiooor (se me hace que ni leyó mi libro, el muy culero…. grrrr) y don profesor Papacito árabe-místico-ponedor. Pues bueno, entre el público estaban la ultrareconocida banda de pachecos “Los Garrafones” (amólos a todos por jotos y perdidos) y el “Motor Literario”, entre muchos otros grupillos de gentuza re-interesante y harto culturosa (ni tanto). Como sea, presenté mi libro libraco, realizé algunas ventas y recibí abrazo de don profesor Papacito árabe-místico-ponedor (ay, creo que ya me manché el pantalón).
Como sea, después de la presentación se me acercó un tipito, diciéndome Señor Cobayo. En un principio creí que se trataba de don Weibe Hase, pero no, no era él, sino que… chan, chan, chan, se trataba de don Guanajuatense. ¿Quién era él? ¿Por qué estaba ahí? ¿Por qué diablos aparece en la historia?… pues lo contaré un día en que tenga menos hueva y no esté tan malditamente caliente.
Carajo… verano, lárgate ya.

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