De los nervios de debutante

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Hoy iniciaron los cursos de verano en la Ibero.
Tengo 11 alumnos, de los cuales sólo llegaron 9.
Sólo 2 inscribieron la materia por interés genuino.
1 admitió que lo hizo por morbo.
Los 6 restantes porque era la única materia que encajaba en sus horarios.
Me tocó un salón en el tercer piso del edificio C.
Es un poco lúgubre, pero tiene una bonita vista al lago.
Es la primera vez que estoy como titular.
Y no tengo ni la menor idea de qué diablos estoy haciendo ahí.
¿No son adorables los nervios de debutante?

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De la tecnología

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Cada día mi interés por la tecnología disminuye… Mi conocimiento de celulares es nulo. Aunque pudiera, no sabría qué lap-top comprar. A duras penas me entiendo con el I-pod. Jamás podría volver a tener una páginas personal; he olvidado todo lo que sabía de html. La palabra interfaz gráfica me resulta enigmática. Nunca he podido instalar una red inalámbrica. Con el Word 2007 me siento totalmente perdido… Por primera vez en mi vida temo a la nuevas generaciones y su dominio electrónico. Dios me libre de llegar a los cuarenta años.

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De la basura virtual

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Supongo que no todos los días uno puede encontrarse con un e-mail agradable en su bandeja. Pero esto es el colmo. Me tienen hasta el gorro los mails de “Fulanito de tal has tagged you!”, a mí qué me importa; no pienso usar otra plataforma de comunicación virtual. ¡Si ni siquiera me hablan en la vida real, cómo carajos esperan que lo hagamos por intenet! Y no quiero parecer gruñón o quejumbroso (sé que lo soy), pero realmente los detesto. Maldita basura virtual.

De la espera

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“Se dijo que era un Romeo que no estuviera muy seguro de cuál era el balcón de Julieta”.

Graham Greene // El tercer hombre

No soy de aquellos que se ufanan en decir que su vida es la literatura. La literatura es tan sólo parte de mi vida; nada más. Y si algo he aprendido de ella (en especial de Juan García Ponce), es que gran parte de la vida se nos pasa en esperar la siguiente vuelta de tuerca. Y no importa cuánto hagas por adelantar o retrasar ese momento: no hay conseciones. Al igual que Inmaculada, Socorro y todos los demás personajes de sus novelas, no me queda más que esperar a que llegue ese momento en el que sepa a dónde voy.

De la no seriedad

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“”No sé si hablas en serio o no”, dijo el chofer.
“Yo mismo no lo sabré hasta descubrir si en la vida algo es serio o no”, contetó Trout. “Sé que es peligrosa, y que puede doler horrores. Pero eso no quiere decir que necesariamente también sea seria.””

Kurt Vonnegut Jr. // Desayuno de Campeones

Cual supehéroe, volví a franquear los territorios insufribles de paredes blancas y alconchonadas. De nuevo estoy en libertad sin la molesta espada de Damocles pendiendo sobre mí. Gracias a los sedantes estoy más relajado y ávido por consumir dorgas, alcohol y rock and roll ¡Soy yo de nuevo! Además, culinariamente, estoy feliz: desayuné huevos, comí hamburguesa y cené tamales ¡Bienvenidos los atracones!, ya mañana me laxaré o le daré diez vueltas al zócalo de Cholula. Por lo pronto daré mi rol por la blogósfera, seguiré armando el temario de la materia que estaré dando en verano y leeré al buen García Ponce. Oh, la vida es vida con tanta droga encima.

De la carencia de vida

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“Sparky no podía menear la cola debido a un accidente automovilístico ocurrido hacía muchos años, por lo que no tenía manera de decirles a los otros perros que era muy amigable. Se la pasaba peleando todo el tiempo”.

Kurt Vonnegut Jr. // Desayuno de Campeones

No pude más; me quebré (en astillas, en láminas, en diamantina, en cristales). Sentado en los banquitos altos de la barra de la cafetería del hospital, con un cigarro en la boca y tapándome la cara con las manos, lloré. La cocinera me miraba, de reojo, tratando de mantenerse indiferente (recuerdo, entre lágrimas, su bigotillo ralo). La empleada del mostrador me acercó unas servilletas de manera discreta. Dentro del consultorio, mi madre y el psiquiatra discutían los procedimientos necesarios para internarme una temporada en el psiquiátrico (ya lo ves, Adriana, no vas a ser la única que entre a la casa de la risa). No sé si lloraba por mí, por mi madre, o por lo inverosímil de la situación. Tal vez sólo era por el miedo. Pero lloraba. En toda mi vida me he esforzado por ser el mejor hijo, el mejor estudiante, el profesionista existoso, el mejor escritor, la mejor pareja… y todo ha salido mal, todas mis elecciones me han llevado a este justo momento, a la puerta del Hospital Guadalupe. Me duelo todo, demasiado todo. Me duele el sol, me duele el dormir todo el día, me duelen los medicamentos, me duele el corazón todavía roto, me duelen los nervios, me duelen las palabras. Como estudiante en la maestría, no soy más que un mediocre. Como hijo, soy una verguenza que ocultar. Como profesionista soy un fracaso (me duermo en las clases). Como escritor soy menos que promedio. Como pareja… fui botado como quien se quita un calcetín sucio. Estoy roto, sedado y roto. Ahora me paso el día con los sentidos nublados, con la cabeza en paz. La fecha de internado sigue pendiente. Mi vida sigue en entredicho.

De las sutilezas

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Cuando mi madre se percató de que preparaba atún para comer, salió corriendo a la panadería. Regresó con varios bolillos y una empanada que comió mientras platicaba conmigo. Siempre suele comer algún aperitivo. Al terminarla, se retiró a su cuarto pretextando ya no tener hambre. Me sentí ofendido: la empanada era de atún.