De las fiestas privadas

Estándar

Me acosté con el novio de un amigo, con todo y que me había prometido no hacerlo. A bien no sé cómo fue que empezaron las cosas, pero para cuando logré darme cuenta de lo que estaba pasando, ya estaba demasiado hundido en el fango y no tenía el mínimo interés por salir de ahí. Todo ocurrió el jueves pasado, durante una fiesta privada. Me habían contratado para entregar las tarjetas de consumo a los clientes y para impedirles la salida a menos de que las presentaran selladas. No era la primera vez que trabajaba en ese tipo de fiestas, ya otras veces había estado  ahí como barman o mesero. Y, a diferencia de las otras ocasiones, el aburrimiento me fue tragando lentamente conforme el paso del tiempo. Dieron las doce de la noche (la fiesta comenzó a las ocho) y apenas si podía mantener los ojos abiertos. Fue entonces que E. -el novio de mi amigo- salió a traerme un tequila. Fue un gesto noble. Era la segunda vez que nos veíamos (la primera fue en otra de estas  fiestas) y, aunque nos caímos bien, no pensé que fuera a pasar a mayores. Platicamos un rato, fumó un cigarrillo y regresó a la barra; donde él y su novio estaban trabajando. En total, aquella noche, atendimos a más de setenta personas. Ya para las dos de la mañana sólo quedaban diez. Su salida ya no sería por la puerta donde accesaron, sino por una de las laterales. Así que tomé mi mesa, las tarjetas que sobraron y me instalé dentro del salón donde se llevaba a cabo la fiesta. Como podía vigilar a todos los clientes que restaban y los dueños estaban sentados en una mesa -algo borrachos-, me pasé a la barra a servirme los remanentes la botellas (cuando el gato no está, los ratones hacemos fiesta). Comencé a beber y a mezclar bebidas, lo cual en un transcurso de media hora me sentó fatal. Le pedí a uno de los meseros que me cubriera y me fui a recostar a uno de los sillones dispuestos en el segundo de los tres salones que conformaban el inmueble. Apenas estaba cerrando los ojos cuando E. entró al salón. Retomamos la plática que habíamos sostenido tras la barra; él de pie, yo tumbado en el sillón. Al poco tiempo empezó a joderme. Que me levantara, que no fuera flojo, que me pusiera a bailar con él. Yo le respondí que no estuviera chingando y me acurruqué aún más en el sillón, soportando sus jaloneos para que me levantara. Al final desistió en sus intentos y me pidió que le hiciera lugar para que se sentara. Hecho esto, quedé con la cabeza recostada sobre su regazo. Estuve así un tiempo hasta que me percaté de que la posición se podría prestar a malos entendidos con mi amigo (ya le había dicho antes que me gustaba su novio). Me senté, aprovechando que el mareo había cedido, y él, presto, se acostó sobre mí. El cansancio que sentía era mucho, así que dejé mi mano sobre su estómago y me recosté en el respaldo. Al poco tiempo él tomó mi mano y la puso sobre uno de sus pezones. Con sus dedos sobre los míos, comenzó a apretarlo. Yo, obediente, comencé a hacerlo por cuenta propia. Mientras lo hacía, él se pasaba la lengua por los labios. Excitado, me incliné para besarlo, pero en cuando mis labios se posaron sobre los suyos, él se levantó de golpe. Se acomodó la erección y me dijo que iba a ver a C. (mi amigo). Me sentí bañado de vergüenza. No podía pensar en otra cosa más allá del rídiculo que había hecho frente a él. Bajé al primer salón -el principal- y ya quedaban muy pocos clientes. C. y E. estaban bailando, uno de los meseros también. E. me tomó de la mano y pidió que participara con ellos. Me negué. E. siguió insistiendo y encontró eco en C., y entre los dos me levantaron para moverme al rito de la desagradable música. C. se sentó a platicar con uno de los clientes y los meseros comenzaron a levantar las mesas. E. bailaba conmigo embarrándome las nalgas en el frente; yo sólo lo agarraba, preocupado por C. tomara a mal mi comportamiento. Sin embargo no fue así. El último grupo de clientes se fue y sólo quedamos los dueños, los meseros, C., el amigo de C., E. y yo. Apenas les pagaron, los meseros se fueron. C., E. y yo seguíamos bailando mientras los dueños contaban el dinero. En eso, C. y E. comenzaron a besarse. Yo quise alejarme, pero E. me agarró de la manos y me pegó contra su espalda. Lo siguiente que recuerdo es a C. acariciándome mientras le besaba el cuello a E. El resultado fue previsible. Acabamos en la cama C., su amigo, E. y yo en el departamento de C. Ahí fumé un poco de marihuana y me metí un poper. Estuvimos retozando un rato hasta que nos venimos los cuatro. Al salir y sentir el frío de la madrugada decembrina en mi rostro, no pude menos que sonreír. Estaba ebrio, drogado y había cogido. Era mi primera experiencia de sexo grupal donde sólo había hombres. Un poco de sueño le haría justicia a la noche.