De los viajes en el tiempo

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Después de la junta, se ofreció a llevarme a casa. Al llegar, estacionó el coche frente al porche de la entrada y me invitó a fumar con él la poca marihuana que le quedaba. Con un gusto sumamente nostálgico accedí; habían pasado por lo menos dos años desde la última vez que habíamos fumado juntos y el mundo ya no era el mismo. Me entregué a la marihuana con la misma inocencia y el mismo miedo de hace cinco, tal vez siete años, como si fuera la primera vez que fumaba con él dentro de su auto. Dejamos pasar el tiempo deshilvanando conversaciones que no iban a ninguna parte, dejando escapar reclamos y lamiéndonos perdones. En algún momento, obnibuladas, nuestras bocas se encontraron en la oscuridad. Nuestros labios tenían un gusto amargo, añejo, de libretas rayadas hasta la última hoja y diarios amontonados. Descompusimos la anatomía del beso, transgiversándolo, torciéndolo, pervirtiéndolo, corrompiendo su inocencia con recuerdos y racionalizaciones. Al separarnos, evité mirarlo a los ojos. Me despedí y salí de su auto envuelto en un tufo de realidad que por poco y me desvanece de tan absurdo. Entré a casa con la sensación de haber viajado en el tiempo.

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“Toco tu boca, con un dedo toco el borde de tu boca, voy dibujándola como si saliera de mi mano, como si por primera vez tu boca se entreabriera, y me basta cerrar los ojos para deshacerlo todo y recomenzar, hago nacer cada vez la boca que deseo, la boca que mi mano elige y te dibuja en la cara, una boca elegida entre todas, con soberana libertad elegida por mí para dibujarla con mi mano en tu cara, y que por un azar que no busco comprender coincide exactamente con tu boca que sonríe por debajo de la que mi mano te dibuja”.

Julio Cortázar // Rayuela

Fragmentos que cualquiera pudo haber escrito

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I

 

Teresa;

regalo dado sin haberlo pedido,

oración antes de dormir,

hot cakes para desayunar.

 

Cuánto ha cambiado mi vida desde que te fuiste…

cuánto ha permanecido igual.

 

II

 

Ahora tengo miedo de dormir;

le tengo miedo a la oscuridad.

 

Y sin embargo, duermo

–aterrado–

por la posibilidad de despertar.

 

III

 

He perdido tanto,

que ya no sé qué más me puedan quitar.

 

            No me queda nada por perder,

            pero tampoco por ganar.

 

                                   Tanto he perdido…

                                   tantas veces he perdido…

                                   que ya no quiero ganar.

 

IV

 

Veo hombres pasar.

Y en el mirar,

pierdo

            poco a poco

                                   la esperanza

                                   de dejarlos

                                   ver pasar.

Lost in traslation

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Bordeando el cementerio de La Recoleta pensé en lo incómodos que resultaban mis acompañantes. Quise alejarnos aunque sólo fuera por un momento, pero la cortesía y la pleitesía que les guardaba (y les guardo) me impidieron siquiera atesorar el pensamiento en la fantasía. Quería caminar por aquellas calles llenas de boutiques y sentir el ambiente europeo que se respiraba. Platicar, tal vez, con un porteño. Pedir direcciones, perderme buscando el parque Cortazar. Pero, a cambio, me mantuve dócil a sus planes de agenda de viajes, permanecí callado bajo la dictadura de la guía del libro. Y fui, a pesar mío, un turista más en Buenos Aires.