De las moscas y el sueño

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Hoy intenté dormir un poco en el breve espacio que yacía inerte entre la comida y las clases. Pero una maldita (maldita tres veces) mosca me impidió completar la tarea. Justo cuando comenzaba a perder dulcemente la consciencia, la infame mosca decidía posarse sobre mi brazo o el cachete. La sensasión pilosa que producían sus patillas me desesperaba in extremis, obligándome a despertar para soltar un manotazo. Bajo aquel tenor transcurrió la terrible media hora donde gracias a mi detestable inquilina únicamente toreé el sueño.

Un par de horas después, una vez terminada la clase, regreso a casa con el sueño cortado y el cansancio que otrogan dos horas de estar saltando frente a un grupo de post-adolescentes para encontrarme con la terrible sorpresa de que la mosca ha desaparecido. La muy infeliz ha abandonado mi lecho y ahora surca con felicidad otros horizontes. Pero yo ¿yo? Yo no puedo regresar a la cama, pues tareas acechan. Yo debo permanecer despierto hasta bien entrada la noche, sufriendo el sueño cortado que la asquerosa dama insecto (porque de que era hembra, lo era, casi estoy seguro) me procvocó.

Alguien puede responderme ¿Qué diablos buscan en nosotros las moscas? Si yo me baño, me limpio y me afeito. No unto azúcar en mis mejillas ni miel en mis brazos. Tan sólo intento dormir cuando una de estas pérfidas alimañas osa perturbarme en mi hora más vulnerable. ¿Qué he hecho yo para mercer esto? ¿Alguien puede explicarme?

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