De la sapiness

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 Es oficial, celebraré mi cumpleaños sumido en la más dulce depresión. Gracias a K., tengo boletos para ir a ver a Radiohead en su cálida compañía y la de la Hija del no me acuerdo. Otros miembros de la blogósfera estará ahí, así que esperen largas y escalofriantes reseñas tipo fan-from-hell-gay-de-Madonna en muchos blogs. Oh sí, la vida es buena.

De los cuerpos

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Antes de tomar el camión de regreso a casa, me detuve en un Oxxo a comprar cigarros. Un hombre de mediana edad pasaba mano por las revistas, desinteresado; hasta que una llamó su atención. Se detuvo por largo rato observando la portada de Maxim. En su rostro se apreciaba cómo saboreaba de antemano el placer que obtendría masturbándose o teniendo sexo con su chica imaginándose acompañado por la mujer de dicha publicación.

La revista en cuestión, para quien no esté enterado, está dirigida a los cabelleros que gozan de apreciar el cuerpo de cierto tipo de mujeres, cuya belleza, para efecto de este post, llamaré estereotipica. Dicha publicación no sólo ofrece fotografías de hembras famosas semidesnudas, sino también consejos supuestamente prácticos para mejorar la apariencia, el desempeño profesional y sexual de sus lectores.

Al verlo, me pregunté qué es lo que hacía que un cuerpo fuera considerado bello. Y, más aún, me cuestioné acerca de por qué existen ciertos cuerpos en torno a los cuales se llega a un mayor concenso acerca de su belleza o fealdad. Ya Bourdieu en su trabajo “La distinción” había echado luces sobre algo que Levi Strauss había bosquejado: el gusto no es personal, sino social. Golpe bajo al ego que se piensa único, irrepetible y dotado de individualidad.

Estas preguntas fueron detonadas al prescenciar dicho fenómeno libidinal en el Oxxo (por el cual pasaré más seguido, pues por lo regular pasan cosas interesantes ahí; ya luego haré un post sobre ellas). Sin embargo, creo, ya rondaban mi cabeza antes de tener conciencia de ella. Durante el día estuve releyendo los Diálogos de Platón. Mi favorito es “El Banquete”, que, para quienes no lo hayan leído, es una serie de discursos en torno al amor, que termina con una especie de telenovela gay donde se narra el desgraciado amor de Alcibíades por Sócrates.

En fin, no soy filósofo, y dudo que mi lectura camionera me permita pasar de la tan despreciada lectura impresionista. Pero si algo recupero de ella, es que, para Sócrates (o Platón, más bien), el amor no es una deidad, sino un demonio, es decir, es un contacto con lo divino. Busca por naturaleza a los cuerpos bellos por la carencia de belleza que tiene. Y, al leer a Platón, no es difícil hacerse a la idea de a qué clase de cuerpos bellos se refería. Para empezar, eran exclusivamente hombres jóvenes, lampiños y de cuerpos “bien formados” en el gimnasio de aquellos tiempos.

Difiero de Platón en cuanto lo que es un cuerpo bello. Y creo que aquí es donde encajan Levi Strauss y Bourdieu. El gusto es social, de ahí la coincidencia de opiniones, pero también creo en la resistencia. En la búsqueda por una estética propia. Desde mi perspectiva, cada cuerpo ofrece una fuerte potencialidad para proporcionar placer, tanto estético, como físico. La explotación de dicha potencialidad, creo, recae en los ojos que la/lo miran.

Haciendo un ejercicio de introspección, examino mi pasado y caigo en cuenta que los cuerpos hacia los cuales antes me sentía atraido ahora no me parecen apetecibles. Mi concepción de lo que es un cuerpo bello ha cambiado. Y en vez de orientarse hacia los cuerpos estereotípicos, se ha reorientado hacia otros cuerpos, con diferentes texturas y formas, olores y sabores. Ahora la belleza estereotípica me parece absurda y un tanto artificial, prefiero el cuerpo libre, que toma su propio sendero y se deja ser.

No me explico el cambio, pero lo agradezco profundamente.

De mirar al cielo

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Al mirar al cielo dificilmente me preguntaba sobre la posibilidad (o viabilidad) de la existencia de vida extraterrestre. Hoy miro el cielo de una forma distinta. Hasta hace unos días, mi referencia inmediata a estos temas era Jaime Mausan. Recuerdo haber seguido atentamente, a altas horas de la noche, un programa especial conducido por Nino Canún donde se enfrentaban aguerridamente escépticos contra creyentes. Obviamente, el bando de los creyentes era dirigido por un Jaime Mausan más joven y menos estrábico. No recuerdo los argumentos expuestos durante el programa, pero sí la creciente duda del niño de siete años que era yo.

Con el paso de los años y los aleccionamientos sobre el espacio exterior provenientes de una escuela católica conservadora, mis dudas se fueron disipando. De hecho, todas mis dudas se disiparon; no dudaba de nada. El tema de los confines del espacio y la vida en otros mundos pasó a ser un mero recuerdo paródico de aquella noche siguiendo atentamente los argumentos de Jaime Mausan.

Sin embargo, hace unos días, buscando entre mis libros “El Moisés de Miguel Ángel” de tata Freud, me topé con una vieja edición de la biblioteca juvenil de Bruguera, datada en 1981. Era el primer tomo de la colección, y aquel honor le correspondía a H.G. Wells y su obra “La guerra de los mundos”. Comencé a leerla con cierto desánimo, aún encaprichado con leer a Freud. Sin embargo, y contrario a todo pronóstico, el libro me fue atrapando. Al principio me estorbaban un poco las imágenes de la cinta “The war of the worlds”, pero poco a poco fui encontrando paralelismos y detalles siniestros que el director había dejado para todo aquel que estuviera familiarizado con la obra.

Discutir si es mejor el libro o el filme me parece ridículo y fuera de lugar. Ambas son obras distintas, escritas en dos distintos lenguajes (literario y cinematográfico) y, por supuesto, en tiempos diferentes. Claro, con un pretexto en común, la eficiente trama elaborado por H.G. Wells. Investigando un poco, me encontré con datos interesantes sobre aquella mítica transmisión de radio acaecida el 30 de octubre de 1938 en Estados Unidos, donde Orson Wells y el grupo de teatro Mercurio adaptaron la novela de H.G. Wells a guión radiofónico, narrando la invasión de los marcianos en dicho país. Como ya es consabido, el pánico sacudió las calles de Nueva York y Nueva Jersey, escenarios de la adaptación orquestada por Orson Wells.

El filme “War of the worlds” es una rara mezcla de la novela homónima y el incidente radiofónico. La locación elegida para el filme es la misma donde Orson Wells eligió para adaptar la novela. Únicamente con la diferencia de que en libro los aparatos extraterrestres caen del cielo y en la película brotan del subsuelo. Las diferencias entre las tres obras son notables y hartas. Sería muy ocioso enumerarlas, aunque tal vez algún día, con más tiempo y mejores ánimos lo haga.

Sólo mencionaré un detalle que me llamó la atención de la cinta y que sólo logré entender al leer el libro. Cuando el nefasto Tom Cruise abandona el sótano de la casa de un hombre perturbado (en el libro un vicario enajenado) en busca de su pequeña e histerico-conversiva hija, el paisaje se observa cubierto de una textura rojiza que parece una amplia red de pescar. En la cinta nunca dan explicación alguna sobre ella, pero en el libro se relata que se trata de una extraña planta que trajeron consigo los marcianos. Misterio resuelto.

Lo que más extrañé del libro en la cinta fue la reflexión que hace H.G. Wells acerca de la relación del hombre con los demás seres de la naturaleza. Reflexiona si, acaso, el hombre no es tan cruel como lo son los invasores de Marte. Y acerca de cuál es el real lugar del hombre en la naturaleza.

Creo, sinceramente, que el filme hubiera sido mejor sin la presencia del ochentero Tom Cruise y la insoportable Dakota Fanning, cuyos insensatos y sobreactuados gritos me sacaron de quicio. Con todo, la cinta es de mi agrado. Sin embargo, el libro logró en mí algo que no provocó la película. Hoy, al entrar a la Ibero, viré mi mirada al cielo, con la sensación de ser perseguido y la urgente necesidad de buscar un escondite que me protegiera del “rayo de calor”. Sonreí al percatarme de mi paranoia. Definitivamente, un título muy recomendable.

De Barack Obama

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Sí, Barck Obama ganó las elecciones; en horabuena por el pueblo norteamericano. Sin embargo, no me uno, o al menos no sin reticencias, a la oleada de optimismo que ha despertado. El grave problema que enfrenta norteamerica, y todo el mundo, no reside en una persona, sino en un sistema que desde su origen estuvo basado en la inequidad y la injusticia.

La crisis suscitada en norteamerica en los pasados meses no es, como muchos han querido verlo, una prueba inefable de que el capitalismo neoliberal se esté colapsando; al contrario, es una clara muestra de que sigue funcionando y de que su salud es inquebrantable; aún tenemos capitalismo para rato. Lo sucedido en Estados Unidos es el triste caso del perro que muerde a la mano que le da de comer.

Lo que esta crisis pone en relieve es la ineficacia que ha mostrado el sistema de Estado Nación Providencia para controlar las dinámicas económicas que, desde la creación de los estados modernos, han controlado desiciones tomadas por las clases políticas de todos los paises. Lo que intento decir es que han sido las obtusas leyes de la economía quienes nos han gobernado, usurpando las funciones del gobierno y beneficiando a unas cuantas élites a expensas de las enormes mayorias subyugadas.

Dicha dinámica se torna más clara en países como el nuestro que, con todo y sus movimientos independentistas y revolucionarios, siguen siendo dependientes de metrópolis imperiales como lo es Estados Unidos. ¿O acaso es que todavía nos sorprende aquella expresión de que México es el traspatio de Norteamérica?

El capitalismo, desde sus inicios, fue un sistema poco viable. Está destinado a tragarse a sí mismo, a autodrestruirse, llevándose antes entre las patas al mundo entero. Las alternativas que se han cristalizado como respuesta y oposición ha dicho sistema han sido despóticas y mal realizadas. Las revoluciones a nombre de pensadores como Marx han sido sangrientas e ineficaces. De ser movimientos libertarios, han pasado a ser regímenes totalitarios, donde la vida de un humano se vuelve tan prescindible como en el sistema del capitalismo.

El fracaso de dichas experiencias no debe ser desalentador, sino enriquecedor. La creación de una tercera vía está en nuestras manos. Dudo que esta nazca de alguna de las potencias económicas mundiales, pues éstas están demasiada ocupadas en mantener su poderío sin padecer el ejemplo norteamericano. Creo -y tal vez ésta sea una fatua esperanza- que dicho nuevo modelo económico y social nacerá de latinoamerica, Africa, o el Oriente.

Dudo que nazca ahora, y mucho menos como iniciativa de México, pues Calderón no piensa en América Latina ni cuando lee a Mafalda sentado en el retrete. Pero tengo la firme convicción de que veré sus inicios antes de que muera. La paciencia del mundo está llegando a su límite. Las señales de que el capitalismo es un suicidio colectivo poco a poco van emergiendo en forma de crisis, ya sea alimentaria, planetaria o social.

Urge comenzar a escuchar a quienes postulan esta nueva tercer vía. Creo firmemente que el futuro será dibujado por los grupos oprimidos (mujeres, étnicos-raciales, minorias sexuales) y que puede ser mejor. Pues, como dijo Massimo de Angelis, “Otro mundo es posible”.

Sobre Barack Obama cae bosquejar el futuro para su país y los que dependen de él. Sobre nosotros, el de oponernos a las desiciones que nos afecten y que nos sigan llevando por esta autopista a la destrucción. La tercera vía es posible, sólo hay que construirla.

De la sexta chela

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Ponce de León buscaba la fuente de la eterna juventud, creyendo a ciegas que, en dicho estado, se encontraba la felicidad. Equiparar la idea de la eternidad con la de la felicidad es una comparación peligrosa. El para siempre puede ser mucho tiempo, y al igual que para los vampiros, la eternidad puede volverse una carga demasiado pesada. Y la felicidad, tal vez, se encuentra en su opuesto, en la fugacidad; de un momento, una persona, un estado.

A veces, al observar detenidamente una fotografía, caemos en cuenta de que en ese preciso e inconciente instante en que el obturador de la cámara nos capturó, fuimos felices. Entonces, la nostalgia (que bien pueden ser remanentes de felicidad), nos atrapa. Son pocas las veces en que logramos hacer conciencia de que en ese preciso instante presente -tal vez eterno, de algún modo- somos realmente felices.

Coco Chanel buscó por todos los medios embotellar la belleza, y, producto de esa búsqueda, fue el perfume Chanel N°5. Otros han intentado envasar la salud, como John Pemberton, quien deseaba por todos los medios crear la panacea de su época y termió obteniendo la famosa Coca Cola. Sin embargo, y por curioso que parezca, yo encontré la felicidad en una botella de cerveza.

No fue en la primera, ni en la tercera, sino en la sexta; número bíblico, cabalístico y trillado. Descirbir la experiencia me resulta imposible, pues escapa a todo registro del lenguaje. Si fuera poeta, recurriría a la metáfora y la semántica, pero no lo soy. Solo puedo decir que fui feliz por un instante, tal vez tan nímio como un estornudo o tan fugaz como un orgasmo, pero, de alguna forma, perdurable,