De mirar al cielo

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Al mirar al cielo dificilmente me preguntaba sobre la posibilidad (o viabilidad) de la existencia de vida extraterrestre. Hoy miro el cielo de una forma distinta. Hasta hace unos días, mi referencia inmediata a estos temas era Jaime Mausan. Recuerdo haber seguido atentamente, a altas horas de la noche, un programa especial conducido por Nino Canún donde se enfrentaban aguerridamente escépticos contra creyentes. Obviamente, el bando de los creyentes era dirigido por un Jaime Mausan más joven y menos estrábico. No recuerdo los argumentos expuestos durante el programa, pero sí la creciente duda del niño de siete años que era yo.

Con el paso de los años y los aleccionamientos sobre el espacio exterior provenientes de una escuela católica conservadora, mis dudas se fueron disipando. De hecho, todas mis dudas se disiparon; no dudaba de nada. El tema de los confines del espacio y la vida en otros mundos pasó a ser un mero recuerdo paródico de aquella noche siguiendo atentamente los argumentos de Jaime Mausan.

Sin embargo, hace unos días, buscando entre mis libros “El Moisés de Miguel Ángel” de tata Freud, me topé con una vieja edición de la biblioteca juvenil de Bruguera, datada en 1981. Era el primer tomo de la colección, y aquel honor le correspondía a H.G. Wells y su obra “La guerra de los mundos”. Comencé a leerla con cierto desánimo, aún encaprichado con leer a Freud. Sin embargo, y contrario a todo pronóstico, el libro me fue atrapando. Al principio me estorbaban un poco las imágenes de la cinta “The war of the worlds”, pero poco a poco fui encontrando paralelismos y detalles siniestros que el director había dejado para todo aquel que estuviera familiarizado con la obra.

Discutir si es mejor el libro o el filme me parece ridículo y fuera de lugar. Ambas son obras distintas, escritas en dos distintos lenguajes (literario y cinematográfico) y, por supuesto, en tiempos diferentes. Claro, con un pretexto en común, la eficiente trama elaborado por H.G. Wells. Investigando un poco, me encontré con datos interesantes sobre aquella mítica transmisión de radio acaecida el 30 de octubre de 1938 en Estados Unidos, donde Orson Wells y el grupo de teatro Mercurio adaptaron la novela de H.G. Wells a guión radiofónico, narrando la invasión de los marcianos en dicho país. Como ya es consabido, el pánico sacudió las calles de Nueva York y Nueva Jersey, escenarios de la adaptación orquestada por Orson Wells.

El filme “War of the worlds” es una rara mezcla de la novela homónima y el incidente radiofónico. La locación elegida para el filme es la misma donde Orson Wells eligió para adaptar la novela. Únicamente con la diferencia de que en libro los aparatos extraterrestres caen del cielo y en la película brotan del subsuelo. Las diferencias entre las tres obras son notables y hartas. Sería muy ocioso enumerarlas, aunque tal vez algún día, con más tiempo y mejores ánimos lo haga.

Sólo mencionaré un detalle que me llamó la atención de la cinta y que sólo logré entender al leer el libro. Cuando el nefasto Tom Cruise abandona el sótano de la casa de un hombre perturbado (en el libro un vicario enajenado) en busca de su pequeña e histerico-conversiva hija, el paisaje se observa cubierto de una textura rojiza que parece una amplia red de pescar. En la cinta nunca dan explicación alguna sobre ella, pero en el libro se relata que se trata de una extraña planta que trajeron consigo los marcianos. Misterio resuelto.

Lo que más extrañé del libro en la cinta fue la reflexión que hace H.G. Wells acerca de la relación del hombre con los demás seres de la naturaleza. Reflexiona si, acaso, el hombre no es tan cruel como lo son los invasores de Marte. Y acerca de cuál es el real lugar del hombre en la naturaleza.

Creo, sinceramente, que el filme hubiera sido mejor sin la presencia del ochentero Tom Cruise y la insoportable Dakota Fanning, cuyos insensatos y sobreactuados gritos me sacaron de quicio. Con todo, la cinta es de mi agrado. Sin embargo, el libro logró en mí algo que no provocó la película. Hoy, al entrar a la Ibero, viré mi mirada al cielo, con la sensación de ser perseguido y la urgente necesidad de buscar un escondite que me protegiera del “rayo de calor”. Sonreí al percatarme de mi paranoia. Definitivamente, un título muy recomendable.

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