De la risa de ese santo

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Pienso en ese beso que nunca nos dimos. Casi puedo verte tendid*, enhiest* de deseo y abandonad* a mí en esa cama que es, y no es, la mía. Pero si es posible verte, te veo entonces en el tiempo, no en el espacio.

Desnud*s de toda realidad nos tocamos con la mirada en aquel espacio donde fuimos metáfora; o debería decir: me tocaste; sí, me tocaste, pero tu caricia jamás me logró volver vulnerable. Lo que me dejó expuest* fue, precisamente, que nunca nos tocamos; al menos no fuera de aquel espacio que se extiende entre nuestros caracteres que de tan juntos parecían enamorados; sí, l*s dos habitamos el espacio de lo abyecto.

Ahora que la mano me tiembla de nuevo, el tiempo se ha convertido en espejo. Sólo yo puedo verme en él, porque si sé algo, es que el tiempo es varación de lo mismo. No hay forma más honesta de contar una historia que comenzar por el descenlace; a final de cuentas puede parecer lo mismo, pero al menos de esta forma se camina de lo falso a lo verdadero. Y es que así comenzamos; ningun* de l*s dos debería sorprenderse de este final que no tiene nada de inesperado.

Este temblor de mano me pone en evidencia ante mí mism*. Me recuerda que hoy prescencié la alquimia aplicada al tiempo. Y, recuerda, tú sólo eres tiempo. De espera has pasado a memoria, y no te sorprendas que de ella pases al olvido. Porque si mi olvido ha de devorarme, no veo por qué no empiece contigo que me eres tan contingente. Lo repito: tu lugar es el tiempo; y si el tiempo es variación de lo mismo, tú eres variación de ese amor primigenio, del genésico, de ese cuyo lugar es lo abyecto.

He perdido algo, algo bello, algo pequeño y bello. Pero he perdido tantas cosas; una esfera de dos brazos que creía detener el tiempo, un amig*, un perro, este momento, dos fotografías y cinco años de mi vida. He perdido tanto que perder tan poco es recobrar, aunque sea, un poco de espacio. Sí, lo supones bien, mi lugar es el espacio. A diferencia de ti, no puedo ocupar dos lugares al mismo tiempo. Tú, soberbi*, te parabas a caballo; apenas te conocía cuando ya eras memoria. Sí, tu mirada es variación de la mirada.

Ahora que te has ido, ahora que olvido hasta tus errores de ortografía, pienso no sin cierto dejo de tristeza que uno nunca sabe lo que ha perdido hasta que nunca lo tuvo. Sí, eso que oyes, es la risa de san Agustín.

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2 comentarios en “De la risa de ese santo

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