Everything will be alright

Estándar

No creo en Dios.

No creo en Marx.

No creo en mí.

Tampoco en el Fin del Mundo.

Ni en el principio de los Tiempos.

Me cago en Stephen Howking.

Y detesto a Madonna.

Nunca me gustó la música de Jhon Lennon.

Y tampoco fui fan de Mettalica.

No entiendo a Heideger.

Y Nietzche es el abuelito de los emos.

Carlos Fuentes se puede tirar a un precipicio.

Y que Mario y Gabo se avienten con él.

No veo espíritus.

Pero me dan miedo los fantasmas.

Vivo en casa de mi madre.

Y ella me hace de comer y plancha mi ropa.

Pero eso sí, “soy bien independiente”.

Estuve tres años en pscioterapia.

Y más de diez deprimido.

Tomo medicamentos todos los días.

Y fui un drogadicto moderado.

Me da miedo la gente.

Pero no creo que existan personas malas.

Me volví un descrído.

Y desde los veintitrés no me he vuelto a enamorar.

Me siento triste.

Pero me vale madres.

-En serio, me vale madres.

La mayor parte del día tengo sueño.

Y no me gusta dormir.

Quiero ser grande.

Pero sólo hago cosas pequeñas.

A veces escribo.

A veces no.

Y, sin embargo, sueño con hacerlo todo el tiempo.

Incluso cuando escribo fantaseo con que escribo.

Tengo buenas ideas.

Pero ninguna me sacará de pobre.

Soy malo dando consejos.

Pero la gente me busca para escucharlos.

Y no seguirlos…

Hay gente que me quiere.

Y hay gente a la que le valgo madres.

Y a veces siento que a la gente que me quiere le valgo madres.

Vivo en una casa bonita.

Con dos jardines y una escalera de caracol.

Mi cuarto es grande.

Pero siempre está triste.

Y la cama destendida.

Y los calcetines y los calzones por ahí.

Tirados.

Como dormidos.

Siempre uso tenis.

Y mi ropa deja mucho qué desear.

A veces no me siento cómodo con ella.

Pero no tengo nada más qué ponerme.

Porque no me gusta comprarme ropa.

Porque estoy gordo.

Y porque cuando te pruebas ropa, siempre estás más gordo.

Pero para mí es normal.

Es normal hasta que alguien me dice que estoy gordo.

Entonces sí: estoy gordo.

Pero al final del día eso no importa.

Porque aunque fuera flaco tamién estaría solo.

Y tampoco entendería a Heideger.

Y tampoco sería un gran escritor.

Sólo estaría flaco.

Y ya.

Así, y ya.

Qué más da.

Qué más da cualquier cosa.

Si, a final de cuentas, siempre me siento bien.

Triste me siento bien.

Contento me siento bien.

De todos modos, me siento bien.

No tengo novio.

Tampoco novia.

Y aún así, me siento bien.

Inculso cuando me siento mal, me siento bien.

Porque siempre he estado bien.

Prueba de ello la da cuando me lo preguntan.

“¿Cómo estás?”, bien.

“¿Cómo te ha ido?” Bien.

“¿Cómo has estado?” BIEN.

Siempre bien.

Y, qué más da.

Bien o mal, por lo menos se está.

Y cuando no se esté, pues no se estará ni bien ni mal.

Algún día ya no estaré.

Por mientras, estaré bien.

Autognosis

Estándar

Desde hace cuatro años soy paciente psiquiátrico. Las reacciones que el hecho ha provocado en mí y quienes me rodean han sido diversas; prueba fehaciente la ha dado este espacio.

 He atrevesado por diversos estadios emocionales y cognoscitivos respecto al tema; desde la franca victimización hasta la negación;  y siento que la travesía aún no termina.

El curso del tratamiento ha sido emocional, física y económicamente doloroso. No es fácil aceptar que algo no está bien en uno; que uno queriendo acertar termina errando siempre. Introducir esos pequeños comprimidos es, en parte, una intromisión, pero también un descanso.

En cierta forma achacar la raíz del padecimiento a cuestiones biológicas me ha liberado considrablemente; no todo ha sido culpa mía. Sin embargo, la terrible impotencia que se presenta acompañando a esta irrefrenable sensación de liberación es demasiado fuerte.

He hecho del tratamiento lo que he querido: un pretexto, un juego, una religión metódica. Lo cierto es que desde que comencé a tomarlo en serio moderando mi consumo de alcohol, procurando una dieta sana de sueño y la suspensión total de drogas he alcanzado una mejoría notoria.

Pero, en mi cabeza, las preguntas acerca del origen de esta enfermedad continuamente regresan. Culpar a las alteraciones bioquímicas del cerebro entra en disonancia cognostiva con mi postura intelectual -inacabada, por supuesto- respecto a las ciencias biológicas.

Del cerebro y su funcionamiento es poco lo que se sabe. Es tan tonto confiar a ciegas en dichos conocimientos inacabados como desconfiar totalmente de ellos. Creo que lo más prudente es conservar una sana reserva respecto a estos saberes.

Pero también desconfío de los argumentos psicologicistas que defienden su origen en una larga sucesión de traumas, centrados todos en la relación sádica con los padres.

Culpar a otros, sobre todo a esos otros, de toda la estructura de personalidad me parece risible, cuando no ingenuo y estúpido. Creo que ya es hora de quitarles esa aura mítica a dos personas que, como todas, cometen pendejadas y aciertos brillantes a diestra y siniestra.

La psiquiatría defiende la postura biologicista mientras la antipsiquiatría defiende la postura psicologicista. Y nótese los “istas” de estos términos. Ambos me resultan un mero reduccionismo lelo típico de aquell*s que aún no se atreven de dar completamente el salto a lo transdisciplinar.

Si bien coincido en que los primeros años de la existencia son fundamentales para el desarrollo, también creo que no son los únicos. Los hechos traumáticos que acontecen en edades posteriores pueden ser, por mucho, de mayor impacto en la personalidad de una persona que -sostengo- es siempre inacaba y mutable.

Los padres -creo- no son los únicos responsables de este desarrollo. No podemos ignorar las instituciones y personas físicas y ausentes que conviven con nosotros, así como los ánimos populares del momento histórico.

Me niego a creer en el determinismo. No puedo concebir que una pareja de humanos marque el destino de otr*. Sí, sus acciones repercuten en nosotr*s, pero también es cierto -siguiendo a Zenón de Citio- que no importa tanto las tragedias que ocurren como la representación que de ellas se realiza.

Un acontecimiento trágico bien puede afectar a una persona como no hacerlo. Es un albur, pero no es una azar fuera de nuestro control, sino tod lo contrario, es una desición que se toma sin que estemos plenamente conscientes de las consecuencias.

La autognosis puede ser la clave para conciliar la afectación con la libertad. Sí, hay hechos que nos marcan, pero también está la libertad de recorrerlos de nuevo a través de la memoria para poder modificarlos, para comprenderlos.

Puede que los padres hayan sido injustos y eso nos ocasione en el momento actual patrones de conducta rígidos y esterotipados que lejos de proporcionarnos una respuesta adecuada terminen por volver aún más dolorosa la existencia. Pero creo firmemente que tenemos la capacidad de reinterpretarlos, de comprender por qué los padres actuaron de manera tan injusta; no para solapar sus salvajadas, sino para comprenderlas y crear una nueva representación o actitud frente a ellas.

Coincido tanto con el psicoanálisis como con la gestalt en que estos hechos dolorosos debe de resarcirse en el presente. El dolor experimentado debe traérsele de regreso; pero no por un gusto masoquista, sino para resolverlo en el presente de manera razonable. No se trata de ahora tomar revancha de los padres, maestros o compañeros de clase, sino de dar cause a ese dolor y reinterpretar el hecho.

Dolió sí, pero ahora es una ensoñación del pasado que no tiene por qué determinar el presente o el futuro. Para ello tenemos razón, e incluso lógica. El hecho de haber sido abusado brutalmente durante la infancia no debe implicar una eterna desconfianza con los extraños o una sumisión total a las figuras de autoridad. Puede ser la crisis necesaria para cambiar las actitudes hacia dichos objetos con una conducta nueva, más racional y apegada al credo particular de cada ente subjetivo.

Todo esto viene a colación por el siguiente texto que encontré, en el cual el autor defiende ferozmente -y en un tono de profunda sobrevaloración de sí mismo- que los padres son culpables y a los que hay que externales nuestra furia.

Creo que si el caso lo amerita, hay que hacerlo. Pero no creo que todo se resuelva con un grito desesperado. Si sólo se le reclama, si sólo se le busca escupir en el rostro, creo que no hay cabida para la autognosis, que no hay aprendizaje de la conducta de esas personas que no tenían ni la menor idea de lo que ocasionarían en la desafortunada criatura que brotó de una penetración.

Defiendo la autognosis, y no me importa si se me tacha de humanista trasnochado. Sin el conocimiento, no somos nada.

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El texto en cuestión es el siguiente: ¿Qué causa la depresión? de César Tort