De mi cayito

Estándar

Mira que la vida es extraña; y perdóname el lugar común con el que inicio. Veintitantos años (veintidemasiados a veces, veintipocos otras) han transcurrido y, como Inmaculada, sentada frente al ventanal en el departamento de su hermano, siento que la vida aún no empieza. Y, lo sé -en serio, lo sé-, me equivoco; porque vida es esto: vida es esta pasividad, esta levedad, este no-sense de tarde de domingo.

Auscultándome el otro día descubrí un cayito en mi maquinaria cardiaca. Una encarnación, carnita blanca que se ha puesto dura. Me ausculté porque alguien (sí, ese alguien), me dijo que algo no andaba bien en mí, que aunque ese saquito se hinchaba y desinflaba algo en él no servía. Y entonces me ausculté; y descubrí este abultamiento.

Primero creí era un tumor ¡Me habían herido de muerte! -pensé. Pero sobándolo un poco descubrí que el asunto era meramente superficial, epidérmico. Un cayito, piel dura e insensible que se forma tras una exagerada fricción. De un cayo nadie se muere -me dije- porque de ser así ya me hubieran amputada las patas desde hace muchos tiempo. No, de un cayo nadie se muere.

Pensé en ir al centro y comprarme un kit de pedicura. Rasparía con esos instrumentos raros la carnita endurecida y listo: a sentir como siempre. Pero… pero sabes que conmigo siempre hay un pero. Pero ese cayo, ese cayito blanco, ese abultamiento me sirve de mucho. Porque -como todos saben- el cayo es insensible después de un tiempo. No duele, se endurece y bloquea. Y así, así quiero estar por ahora.

“Esa persona” -sí, tú sabes quién- me preguntó porque tenía un cayo en tan disímil lugar. Le dije que sabía, pero que no le iba a decir. Y no le dije; y no le diré. ¿Y por qué fue eso?… ¡Ah!, pues por el cayito. El cayito me hizo no decirle y todos felices al final del día.

Del corazón me han dicho muchas cosas. Recuerdo a alguien -reducido hoy en día a un recuerdo en jpg- que se aventó la puntada de decirme que un corazón roto era más valioso que uno nuevo; porque habñia vivido y porque… ñañaras ñañaras, un sinfín de cosillas cursis que, en esos momentos despechugados, qué bien hacen. Pero apenas le rompieron el corazón, me mentó la madre cuando se lo dije a él ¡Jo!

Así que ahora tengo mi cayo. Y me gusta, porque así no siento cuando tocan ahí. Así, los veo pasar de largo con sus elogios, con sus cumplidos, con sus buenas intenciones y sus ganas de que “seamos algo más”. No, *, no. Yo no quiero ser “el algo más” de alguien. Mira que he visto a las mejores mentes de mi generación reptar por los suelos… y así.

Ese cayito hace que me valgan madres muchas cosas. Y eso, es bueno (Dios, dixit). Ese cayito es tan bueno que no me hace guardar ni rencor, ni despecho, a las personas que contribuyeron a formarlo. Y eso es bueno, porque no lo hicieron adrede. Simplemente encontraron a “alguien más” que sacía de mejor forma sus necesidades. Y es que si lo pones en balanza, *, un “algo más” es mejor que un “algo a secas”.

Y me alegro de verl*s content*s, alegres; aún y cuando esa alegría no provino de mí, ni intervine en absoluto en ella. Ver a alguien contento siempre es algo agradable -creo. Y mientras ell*s tienen a su “algo más”, yo tengo a mi cayito, porque, ya te lo he dicho, así como no quiero ser “el algo más” de alguien, tampoco quiero que alguien sea mi “algo más”.

En horabuena por tod*s. Y en horabuena por mí y mi cayito. El universo, de nuevo, está equilibrado.

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