De los viernes

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Fin de fiesta
Originally uploaded by Cobayo.

Si el mundo se ha de acabar, acabará en un viernes. Nos sorprenderá, a ella y a mí, regresando a casa y dejando el bullicio atrás, con el mismo hartazgo de quien deja las drogas, con la levedad trágica de quien olvida dar un recado importante y, tal vez, con la sonrisa de quien después de mucho tiempo, ha tenido sexo. Así no agarrará el final del mundo, caminando, chanceando, con ganas de orinar y la sensación de que la noche puede alargarse hasta el infinito si uno de los dos no decide ponerle fin al otro.

Será un fin de fiesta. “¡Adiós sodomía, adiós incesto, adiós sexo de descarga!”. ¿Quién se encargará de mirarle la bragueta a Dios cuando no estemos? ¿Y quién seducirá a la virgen María? ¡Y quién enggoradará a la palomita transfigurada para comerla en navidad! Nadie, porque ni ella, ni yo, estaremos para entregarnos a la molicie y la blasfemia.

Recuerdo una noche inverosímil. Dábamos tumbos, borrachos, hermanados de confidencias y tomando en cuenta que al otro día habría que ponerse serios. Dábamos tumbos; sonrientes, tarados, tumbos tontos, como lo sugiere la misma palabra. Rebotábamos avenidas y calles de circulación nimia, gritábamos impertinencias y desviábamos la mirada a piernas de minifalda y barbas que, gustosas, se mojaban de cerveza.

El infierno es un minisúper atendido por adolescentes. Entramos fingiendo seriedad; después demencia. Escogimos por colores, por antojo, por el método del absurdo. Y después de mirar el tiempo retroceder en el microondas, nos apeamos a pagar.

-¿Cuánto es? -pregunté.
-Veintitantos -dijo el demonio pubescente.
-Pensé que el ebrio era yo -dije, soltando un billete.

Recuerdo otra noche (¿La recuerdas tú, manflorita?). Sentados sobre el cemento, asfixiándonos en el humo blanco y bebiendo cerveza quemadas, divisamos la reencarnación de Pedro Infante. No lo niego: sólo pude pensar en sus tobillos sobre mis hombros. A eso le siguió una comedia de situaciones que terminó, felizmente -¡Ja!- en él tomado de mi mano y susurrándome cosas lindas. ¿Y qué hiciste tú? Reír, mirarme; ya veías venir el final, ya sabía que sus tobillos nunca alcanzarían mis hombros. Pero no reíste. Sólo me miraste y aceptaste hablar con él, que apenas si podía. Cruz, se hacía llamar. Trabajaba en la volcsvaguen y era un completo imbécil; de esos que te toman de la mano, de esos que te dicen cosas lindas al oído, de esos que tú y yo conocemos. Tuvimos que escapar. Pero fue divertido dejarlo a merced de los otros, de esos que no cejarían en su intento de llevarlo a la cama. Ilusos, él buscaba el amor, y nadie estaba dispuesto a dárselo. Pero quién le mande buscar vid en un huerto de manzanas.

Una noche más, sólo una. Aún podíamos fumar dentro ¿lo recuerdas? Y aún nos interesaba la gente. Estábamos en una esquina, cazando canciones, mirando de reojo y -por qué no- dejándonos ver. Entonces hubo fuego cruzado. El loco y el de barba. Ambos parecían mirarnos ¿lo recuerdas; recuerdas sus ojos, negros, tontos, indiferentes pero suplicantes? Tú me animabas, me decías, me explicabas; y yo no entendía, mordía la trenza, me ocultaba detrás de mi sonrisa asimétrica. Sin embargo, decidí. Tú bebías “Turquesa”, yo cobraba valor sujetándome los huevos (aunque fuera metafóricamente) y ¡Zaz! Malas elecciones, malos resultados. ¡Quién diría que uno era el otro y el otro era el uno! El loco terminó siendo el loco, aunque no lo pareciera; y el otro se indignó. Bien, qué mal terminó. Pero, aún así, reímos; de mí, conmigo y a pesar de mí. No me niegues, Manflora, que no nos divertimos. Con mis traspiés que ya son épicos y que sólo tú los sabes -sabías-, con mi inseguridad, mi distimia, mis ganas de todo y de nada.

Y será una de esas noches cuando termine el mundo. Veremos el cielo iluminarse, escucharemos gritos que no provienen de ningún lado y después un trompeta que suena desde el cielo. Y luego ser hará el silencio. Un silencio hondo -tal vez lo rompamos con una indiscreción, con una impertinencia. Y, en un momento solemne, todos comenzaremos a aplaudir y caminaremos a la puerta más cercana. La partida habrá terminado y, por fin, será Fin de fiesta.

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