Del Spleen

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Originally uploaded by *melkor*.

I

Hubo un momento en el que no quise saber de nada, ni de nadie. Me alejé del bullicio torpemente, chocando una y otra vez, sin mirarlos a los ojos. Encontré un callejoncito dentro del bar, un pequeño refugio de indiferencia. Miré la calle como si nunca la hubiera visto; la miré como si fuera la primera en existir después de mucho tiempo de vacío. Necesitaba sorprenderme, creer con desesperación de doliente que el mundo se seguía inventando, que no se había dicho la última palabra. Porque si todo ya fue escrito, entonces nunca hubo mucho de qué escribir.

II

Me sorprendí; pero no fue una sorpresa agradable. Me sorprendí dándole la espalda al mundo. Me asusté, como deben asustarse los barcos la primera vez que sueltan amarras. Vi alejarse el muelle; pero no quise hacer nada al respecto: me desconocí. En el desconocimiento me encontré, y me encontré mejor; pero me encontré dividido, como un espejo roto. El problema no fue la duplicidad -la multiplicidad- sino el desconocimiento entre los reflejos y el ser en sí. ¿Quién de todos era el auténtico?… ninguno/todos.

III

La paranoía. Por primera vez sentí pánico escénico; terror escénico. No era el miedo a olvidar el papel, sino a confundirme entre ellos. ¿Quién debía hablar ahora? ¿Cuál línea le seguía al pie? ¿Ese guión subrayado era el mío o el de alguien más?.. y sabía que él me miraba; pero él era una moneda. Águila o cruz. Debía escoger una. Pero él giraba, giraba como un trompo; a ratos águila, a ratos cruz. Un error serí fatal; descubrí que ya no sé jugar a los volados. Sonreí: elegí no elegir. Abdiqué antes de poseer el reino.

 

IV

El spleen. La ciudad a las siete de la mañana es peligrosa, invita a perderte. Tuve que decidir entre ser Ulises o uno de sus naúfragos: cera en los oídos o amarrarse al mástil. Pero la desición era simple. Las alas de Ícaro también eran de cera -pensé- y no llegó lejos; los naúfragos, tampoco. Ulises, en cambio, alcanzó a sacrificar por varios años bueyes para hacer las paces con Poseidón. El truco no es evitar escucharlas, ni tampoco arrojarse sin provisiones. No, el truco es escucharlas amarrado a un mástil; aunque sea endeble, aunque sea de plástico. Sujeté las correas al volante y derivé por la angelópolis (que me pareció más detestable que nunca: como cualquier otro lugar en el mundo). Supe entonces -porque antes lo suponía- que vivía en el spleen. Ahora: la decadencia.

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