De los sueños

Estándar


Psiquiátrico
Originally uploaded by Cobayo.

Por primera vez en muchos años tuve una pesadilla, justo cuando -días atrás- me había pavoneado de no tenerlas. Desperté adolorido, como si hubieran molido mi cerebro y la columna vertebral; cosa que no es nueva, cada que tengo un sueño suficientemente vívido (incluidos los húmedos) despierto como si hubiera tomado una botella entera de vodka antes de dormir (consecuencias de vivir medicado).

En el sueño estaban los tres elementos recurrentes de todo sueño estresante y que, juntos, amalgaman una buena pesadilla. El primero tenía que ver con la desesperación de haber olvidado el horario de una materia en la que debía suplir a un amigo. El segundo era mi hermano, quien me hacía la vida imposible gracias a que era él quien manejaba un auto (comodín: los autos -tanto en los sueños como en la vida real- me aterran), negándose a llevarme a la universidad (de nuevo un edificio lúgubre y alargado, laberíntico). Y el tercer elemento, aquél que volvió al sueño en pesadilla, fue un paciente psiquiátrico.

Durante la carrera realicé prácticas en el Batán y el Hospital Guadalupe (los dos psiquiátricos de la ciudad), y aunque no me encantaba (siempre he sido reticente a la clínica), tampoco incomodaban. Ni siquiera me ponía nervioso, con todo y que por ser uno de los veintiúnicos hombres de la carrera me asignaban a los agudos “violentos”. Digo, yo llegaba, aplicaba mis tests, hacía la entrevista y no inmutaba demasiado que el paciente estuviera encadenado a la banca, que comenzara a masturbarse mientra platicábamos o que incluso defecara. Se me figura una situación normal cuando se convive con una persona en pleno brote psicótico.

Sin embargo, este “loquito” (benditos eufemismos) sí me aterraba. Huía de él con toda mi irracionalidad. No cargaba un hacha, tampoco una pistola o una sierra eléctrica y, aunque sí era grande y gordo, pues no era para nada hábil, ni rápido. Alejarme de él era cosa sencilla -aplicando la lógica al sueño, claro-, pero el terror me obligaba a esconderme.

No estoy casado con la teoría freudiana de los sueños, pero tampoco le hago mucho caso a la cientificista, pues me parece harto hueca. Lo que sí rescato -y creo que lo hace el psicoanálisis actual- es entender al sueño como un discurso construido de símbolos que más o menos pueden ser entendidos como geroglíficos. Nosotros, legos en egiptología, observamos los pictogramas y ellos nos remiten a un significado concreto: un ave, un escarabajo, un ojo; pero para los egipcios que dominaban esos códigos el significado apuntaba a otra cosa.

Lo mismo, creo, pasa con los sueños. En el discurso observamos personas, situaciones o lugares que no son familiares (éste amigo, aquella novia, nuestra casa), pero que en el lenguaje de “lo inconsciente” significan otra cosa (la muerte, la locura, la autoridad). Así, en mi sueño el “loco” no era un paciente psiquiátrico -pues mi experiencia dicta que a ellos no les temo, aparentemente (quiero creer)- sino que apunta a otra cosa.

Esa “otra cosa” creo es harto difícil de interpretar. En un principio pienso que se trata de “la locura” en sí, como concepto. Pero ahora que lo escribo me parece una interpretación bastante superficial, pero que puede llevarme a algo más interesante. La locura, la irracionalidad es algo que me aterra; pero no la ajena, sino la propia. Perder mi razón, el control, a mí mismo, eso me infunde un terror asombroso. Debido a mi estructura mental y mi padecimiento (del mismo orden) -dicen- soy propenso a la psicosis.

Alguna vez, durante una fiesta (que para todos era fiesta, menos para mí), debido al abuso de alcohol y drogas tuve un pequeño brote psicótico. La experiencia será tema de otro post, pero puedo adelantar que fue algo muy lacananiano. Por un momento me sentí ilustración de “el estadio del espejo”. Como sea, haber puesto la puntita del dedo gordo del pie en el mundo de la irracionalidad fue, simplemente, enloquecedor. Los mitos donde por un “mal aire” el individuo “pierde su alma (o tonal)” cobran sentido.

También reconozco que siempre trato de mantener el control de las cosas. El caos me aterra (aunque mi vida sea bastante caótica) y a veces sólo consigo la calma a través de realizar acciones repetitivas, tales como mecerme, repetir palabras, salmos, frases, movimientos de dedos o manos, etc. (todas las cuales hago en privado, pues sé que de contar con un observador, terminaría en el Batán). El miedo a lo desconocido, a lo indomable, a lo que está fuera de mi control y conocimiento me doblega. Creo que soy un ser de seguridades.

Ahora que lo pienso, recuerdo que muchas veces mis amig*s me han reprendido mi falta de arrojo cuando veo a alguien que me gusta y no me atrevo a acercarme a decirle, aunque sea, “hola”. Y también recuerdos a ell*s mism*s exortándome a hacer cosas nuevas, o de menos las viejas de diferente modo. No poder preveer las consecuencias, o, más bien, no poder controlarlas es lo que me aterra. Relaciono esto con la muerte, que parece ser el campo de ignorancia absoluta en todo el conocimiento humano.

La muertes es algo desconocido y caótico. Implica dolor, pérdida, falta de control. Para otras culturas es una transición, que se toma con naturalidad, pero -lo siento- no pertenezco a esas culturas y no creo en un más allá (sorry Jesus). Tampoco creo en la reencarnación (y espero que no exista, en verdad, no quiero regresar aquí; mínimo a otra dimensión o algo así, muy sci-fi). Entonces la muerte es el final, la ruptura con todos los lazos de vida y sus representaciones: la madre, la pareja (que en mi caso una pareja hombre no es lo mismo que una mujer, significan dos cosas distintas), l*s amig*s, y, claro, uno mismo.

La locura entonces comparte muchas de estas características con la muerte. Podríamos decir que el loco es una especie de zombie, un autómata. Entre vivo y muerto. No tiene la lucidez del vampiro, su hermano en estos trotes. Es más bien como un ser pasional, sin funciones intelectuales, que divaga. Pero repito: el loco no es lo que me asusta, sino lo que representa. Entonces afirmaría que, en mi caso, podría (maldita sea por el subrayado) significar el temor a perder a razón, a enloquecer, sobre todo después de los pasados acontencimientos, donde gracias a mi locura petite perdí la oportunidad de relacionarme con alguien; lo ahuyenté por enfermo mental, pues (que vaya con Dios, porque a mí me mandó al diablo).

E interpreto que ese loco, que es como una tercera persona dentro del sueño, también es parte de mí gracias a la teoría onírica de la gestal, donde el sueño es el soñador. Obviamente ir descoponiendo más este sueño sería una labor titánica que ahora -a punto de regresar a dar clases y con los temarios sin terminar- está totalmente fuera de lugar. Eso ya será cosa de otro post. No enloquezcan mientras no estoy.

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