De la bandera blanca

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Ok, me rindo, tú ganas. Abandono todo intento por darte la espalda. No más fugas nocturnas, no más distracciones mientras manejo. Prometo no cerrar los ojos hasta en realidad quedar dormido, y no dormir a menos que sea necesario. Desisto, escúchame bien, sin siquiera proponerte una tregua, sin oponer resistencia, sin darte el privilegio de verme errar una vez más. Me rindo, ante ti, realidad.

Dame unas horas al día para dedicarme a lo mío, el resto es tuyo. Déjame solo mientras escribo, concédeme ese último deseo. Durante el día prometo seguir la ética del sometido, practicar la indefensión aprendida, volverme tu agachado. Me conformaré con las pequeñas victorias realizadas en tu nombre: una clase eficiente, una semana de paga, los dientes limpios, el coche verificado.

Dejo de lado toda esperanza; de recibir una llamada, de escuchar su cambio de parecer, de recibir una nueva oportunidad. Acepto -especialmente en ese terreno- tu supremasia. Me has aplastado; tus argumentos ya no puedo contestarlos con mi irracionalidad. Acepto mi etiqueta de perene equivocado: dejo que se cumpla en mí tu ley del eterno retorno.

No más justificaciones; y aún más importante: no más autojustificaciones. Obré mal y el resultado lo gané a pulso. Por favor, no me lo refriegues en la cara; creo que he aprendido. Concedeme con el favor de tu tedio el olvido. Que no recuerde esa invitación a verlo mezclar, que olvide la fecha de su compleaños; quita de mi mente la imagen de su patilla y la forma en que se torcía su sonrisa. Vuélveme gris, pero con memoria selectiva.

Yo confieso ante Dios todo poderoso que he pecado de pensamiento, obra e ilusión. Por mi culpa, por mi culpa, por mi gran culpa (he obtenido lo que me merezco). Me entrego de nuevo al spleen sin oponerme a él, a tu desazón, al abandono de mis amig*s. Derrotado a ti me entrego, sin más condiciones que los favores que te pido. No me hagas mejor persona, sólo dame una mala memoria.

Prometo a tu favor dormir el corazón. Untarlo de novocaína y procurar no morderlo mientras está adormecido. Prometo -sí, lo prometo- dejarme de ilusiones huecas, de promesas tontas, de historias ficticias que no sean esas que me escribo: todo en aras de ser uno de los tuyos. Recíbeme por entero, que desde ahora soy tuyo.

La bandera blanca ya ondea sobre mi cabeza: por favor, no dispares.

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