De la educación emocional

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Reencuentros
Originally uploaded by Cobayo.

Para Sócrates el amor era carencia y avidez; carencia porque sólo se puede desear aquello que falta, avidez porque la tendencia natural del hombre es saciar su deseo de manera inmediata. Amar es carecer, pero también aspirar; es fatalidad y esperanza al mismo tiempo. Amamos como podemos, como sabemos, como nos han enseñado.

El amante que amamos -aunque sea hipotéticamente- es producto de los amantes anteriores; aquell*s que l* amaron, aquell*s que l* lastimaron; en breve: aquell*s que a base de prueba y error l* enseñaron a amar. Dime cómo amas y te diré cómo te han amado.

Ella me enseñó a amar; y me maleducó, porque me dio la peor de las educaciones: la de un corazón libre que desdeña de la fidelidad del cuerpo, pero no perdona la deslealtad. Me perdió al aceptarme cual soy; y peor aún, me amó -y ha amado (espero)- no a pesar de mis defectos, sino precisamente por ellos. Fue mi pedagoga emocional, madre de aximas, tales como: “La próxima vez que haya un corazón roto, procure que no sea el suyo”. Ah, esa mujer que, al jugar yo mi corazón al azar, lo ganó con un siete negro en la ruleta.

Ahora, en este mundo de amantes dolid*s, de amores de unicel (desechables, Óscar, como tú, como yo), de monogamia obsesiva predestinada a la traición y búsqueda de ideales irrealizables, en este mundo de “gracias”, pero “no gracias”, me siento perdido y desubicado. Porque como dice Anafilia: en este mundo de amantes prefabricad*s hay que evitar ese molesto vicio de ser honesto, de mostrarse tal cual es uno, con patologías virtuosas y terribles virtudes. Este mundillo de citas a ciegas, escondiéndose uno mismo cual avestruz en la tierra… este mundillo tuyo y mío en el que ahora me muevo…

Ella me maleducó a ser mí mismo. Su aceptación incondicional formó este demonio que ahora se muestra, que ahora sonríe, que será deleznado por ser monstruo, mosntruo divino; divinidad de psiquiátrico. Ella me enseñó a amar. Ojalá ella fuera la pedagoga del mundo.

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Del eterno retorno II

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He mandado correos sin recibir respuesta; esperado llamadas sin en realidad hacerlo. Me ha bañado con agua fría y he logrado rebasar conduciendo en cuarta. Me quedé dormido tratando de olvidarte y he llegado media hora tarde al trabajo. He estado en fiestas, he besado algunas chicas y contemplando largo rato un par de barbas por el retrovisor. También he comido lechuga -mucha-, y bebido varias tazas de té de limón sin azúcar. He tomado cerveza clara, hablado con extraños y también he sonreído sin motivo en la penumbra de un bar (cosas que estoy seguro no crerías he hecho). Y sí, sigo hablando solo, despertando con miedo, fumando entre semáforos; pensando en irme de Puebla y también en quedarme hasta volverme viejo; coqueteando con mis alumnas, insinuándomele a un maestro; y pensando, siempre pensando, que esto del eterno retorno es un chiste viejo, de esos que alguna vez hizo gracia. Pero no todo está perdido. Porque si el mundo ha de repetirse -y lo hará eternamente y del mismo modo- sé que de nuevo volveré a verte, aunque de nuevo sólo sea por un tiempo; aunque de nuevo vuelva a perderte y escriba una vez más esto mismo una vez más; aún y todo, podré reír con Heráclito y decir: “Pinche puto el Parménides ese”.