Dejar Puebla…

Estándar

Mi días aquí están contados; o al menos lo están en mi cabeza. He dado las gracias de antemano en las tres universidades y me he ofrecido a ayudarles en la búsqueda de mi reemplazo. Con miras al futuro, he acordado con Adriana vivir juntos y compartir los gastos. También está la oferta de mi padre: mudarme a vivir con él y mi tía en lo que encuentro “algo” en qué ocuparme y mantenerme; y aunque le agradezco hondo el detalle, también lo rechazo profundamente: el propósito de emprender este viaje es viajar por mí mismo.

Llegaré al suelo que me vio nacer sin dinero, pero con muchas esperanzas. Me consuela pensar que es así y no de la manera opuesta; sería una catástrofe viajar con mucho dinero, pero sin ninguna esperanza… no sería un verdadero cambio, a lo sumo, cambiar por un acuario más grande. Y yo quiero pensar que este río desemboca al Mar. Sí, el Mar, con mayúscula; aunque ese Mar sea “la mar de problemas”, como dicen los gachupines.

Dejar Puebla no será fácil. Para mal, para bien, para lo que sea, ésta ha sido mi casa por nueve años (¡Dios, nueve años!). Conozco sus calles y avenidas; le he encontrado atajos y nuevas caras; no hay forma ya de perderme en ella, aún y cuando a veces confunda los orientes con los ponientes y los nortes con los sures. Puebla ha sido mi casa; y ahora comienzo a despedirme de ella; una despedida atareada, de esas donde las personas realmente nunca ven sus lágrimas. Dejo amigos y escenarios de recuerdos, a mi familia y a un buen hombre que, dice, me seguirá queriendo a la distancia.

Ahora que lo pienso, dejar Puebla tal vez sea más difícil de lo que esperaba. Dejaré tanto que comienzo a sentir un nudo en la garganta. Pero: DON’T PANIC! La guía del viajero intergaláctico dice que en estas situaciones es mejor cerrar los ojos y dejarse llevar por la corriente. Quién sabe y a lo mejor nunca termino yéndome; quien mejor que yo para saber la estadística de la realización de mis planes…

Ay, dejar Puebla… y es que sólo quien nunca ha abandonado su lugar de origen sabe de las penurias de aquél que se ha vuelto nómada. Kafka decía de su pequeña Bohemia: “Mi prisión, mi fortaleza”. Y eso ha sido Puebla, crisálida y trampa de osos a la vez. Nutrimento y jaula que impide el crecimiento. Dejar Puebla será abandonar casi una década; dejar Puebla será abandonar una parte de mi vida.

Pero, como dice mi abuela, ¡Arriba corazones! Que no dejo Puebla como resultado de una persecución ni como un viacrucis. Elijo dejar Puebla porque me dieron a elegir entre la vida y la somnolencia. Entre una vida en apariencia cómoda pero predecible, y otra que será puro albur y sorpresa. En Puebla, si miro bien las cosas, ya no tengo nada qué perder, porque lo que he ganado -y mira que lo he ganado a pulso- de nada sirve ya. A final de cuentas, si éste era todo el mundo para conocer, realmente nunca hubo mucho qué conocer.

Bien… pues estoy dejando Puebla. Procuraré retomar más esta pequeña herramienta de salud mental; a final de cuentas, este pequeño blog que comenzó a ser escrito aquí, a mis diecitantos años, me acompañará allá, casi una década después.

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2 comentarios en “Dejar Puebla…

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