Antonio Aret y la intolerancia

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Hace unas semanas, Antonio Arét abogó por la intolerancia. La defendió, dicen, frente a un coro de mujeres feministas con peinados de salón: cortes sofisticados y descentrados, muy a la Derridá. Ellas, que desde sus tacones bien altos se inclinan para abrazar la retórica del subalterno, no tomaron a bien sus pervertidas cavilaciones. Del coraje se les inyectaron los ojos de tolerancia, y, a través de sus pestañas enchinadas por las últimas teorías libertarias, le dedicaron una mirada de palabras aplaudidas de antemano. Fue un verdadero campo de batalla. Sólo se escuchaba desde las trincheras de la pena ajena el zumbido que hacían al volar las uñas de acrílico. Granadas fotocopiadas y políticamente correctas explotaron por aquí y  por allá. De las heridas en ambos bandos escurrían citas de marcadores amarillo chillante. Con comentarios al margen intentaban parar las hemorragias; con notas al pie se vendaban los egos sangrantes. ¡Qué brillantes las humanistas, qué atrevidos los argumentos, qué sagaces las respuestas! Y durante toda la batalla (que a unos les pareció fusilamiento) se bebió café orgánico. Qué honor compartir con todas ellas mis diez minutos quincenales de inteligencia. Ojalá Antonio Arét aprenda la lección: hay que apegarse a los lineamientos para ser un buen rebelde.

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