De la intolerancia

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I. Concedo mi voto a la intolerancia.

Un rumor dicho cien veces termina convirtiéndose en anécdota de libro de texto. Asumiré ese riesgo >> Se rumora que Voltaire, tras leer el Contrato Social de Rousseau, profirió lo que terminaría siendo el epígrafe y espíritu de enemil panfletos tolerantistas: “No estoy de acuerdo con lo que dice, pero defendería hasta la muerte su derecho a decirlo“.

Claro, la euforia de la Ilustración, los albores de la Revolución Francesa; Libertad, Igualdad, Fraternidad, modificar el futuro del hombre a través de la razón, la voz del Pueblo en los ecos de la utopía de la democracia griega, revitalizada -e idealizada- en el apenas pasado Renacimiento… y pelucas blancas (no olvidemos por amor de Jebús las pelucas blancas).

En ese contexto -si gustan, incendiario-, las palabras atribuidas a Voltaire suenan a himno de verdades eternas; ya saben, palabras que nos engolosinan el gusto político: Libertad de Expresión, Culto y Pensamiento, Autonomía y Autodeterminación Individual y Colectiva; y etcéteras de clase de civismo dictadas por un maestro chairo de la vieja guardia del 68 (sí, de esos que se quedó sin hueso y con mucho qué reclamarle al Poder), de esos que gastarán todo su domingo vigilando las urnas electorales, porque, a diferencia tuya y mía, él todavía cree en la democracia.

¡Ah, la Democracia! Sistema político que cualquier libro de texto define a partir de su etimología: demos, pueblo; cratos, poder: poder del pueblo. Una de esas palabrotas del mundo contemporáneo que no permiten duda ni sospecha. Es más, es una de esas que invitan a la condena de cualquiera que ose ponerle un pero. Porque abanderados por la democracia, nosotros podemos hacer lo que se nos dé la gana con lo no-democraticos, igual que en su momento lo hicieron los misioneros, amparados por la Verdad Absoluta del Libro Sagrado (cc. Iraq, comunidades indígenas de México, etcétera).

La democracia se sustenta bajo el paradigma de la Libertad de Expresión; todos tienen derecho a expresar sus argumentos, y estos tienen el mismo valor, sin importar quién los exprese. Detrás de este razonamiento se esconde la idea de que no importa el sustentante del argumento, sino la veracidad de éste. Y, ya que en occidente se piensa que A) la Verdad está emparentada con la Razón; y B) Todos los seres humanos son comunes a la razón, se puede defender que todos tenemos acceso a ella si decidimos hacer uso de esta facultad.

Pero (ah, mi primer pero), el uso de la razón es una opción. De ahí que los filósofos griegos distinguieran entre Doxa (opinión) y Episteme (conocimiento verdadero; argumento), siendo la primera madre de discusiones infértiles mientras que la segunda es raíz del diálogo (cuya etimología es reveladora: dia, a través; logos, palabra-razón). La Libertad de Expresión requiere, obviamente, que todo lo que se exprese sea Episteme y no Doxa. Sin embargo, en la práctica, la cosa es al revés.

Dese una vuelta por los espacios de la mentada Web 2.0, donde la interacción es -dicen- total y la libertad de expresión sólo se ve en lo mínimo restringido. Encontrará, para empezar, comentarios que están pésimamente codificados; es decir, mal redactados y con una ortografía que duele  (los lingüistas contemporáneos deberían dedicarle horas a entender cómo es que entendemos semejantes disparates; o si es que realmente los entendemos). Después, ya a un nivel de discurso, encontraremos comentarios que rayan en la violencia verbal, la descalificación del autor o tema por aspectos que no convienen a las ideas sustentadas (por ser homosexual, porque el texto es “muy largo” [WTF?], etcétera) o simplemente este estribillo trillado que en nada fomenta el diálogo: “Cada cabeza es un mundo” y sus distintas variantes que, más que contribuir, aborta una conclusión cuando ésta apenas se está gestando.

¿Para esto queremos Libertad de Expresión? ¿Para escuchar berridos, maullidos y demás onomatopeyas? ¿Queremos Libertad de Expresión para que todos, incluso los más imbéciles o los peor intencionados hablen? (cc. Iglesia Católica) Y lo peor, no sólo tenemos que escuchar, sino también, tenemos que “soportar”, o sea, tolerar. Porque parece que la Tolerancia es uno de esos escudos mágicos de juegos de niños, un escudito que vuelve a las ideas intocables. Y entonces sí, “cada cabeza es un mundo” y “cada quien toma lo que más le conviene”, y “nadie está mal, porque todo entendemos todo de manera distinta”. FAIL!

Por eso, hago un llamado a la intolerancia. A no tolerar discurso mal hechos. Incluso silenciarlos. Porque para mercer el Derecho a la Libertad de Expresión se requiere también la Responsabilidad que conlleva; la responsabilidad de emitir episteme y no doxas. De no Trollear. De dialogar. Porque si a mí me piden morir porque cualquiera tenga el derecho de emitir sus opiniones pendejas, perdonen, pero me voy a negar. Usted disculpe, señor Voltaire, pero la Revolución Francesa terminó hace unos siglos.

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I

¡Cuánto tiempo ha pasado desde el último post (y cuán pocas cosas han pasado en mi vida u__u )! Creo que tardo más en prometerme no abandonar este espacio que en abandonar mi promesa. Pero, si algún día soy enjuiciado ante el máximo tribunal de las promesas rotas, aduciré a manera de atenuante que la vida off line ha pecado de intensa en las últimas semanas. Así que mejor, de ahora en adelante, no haré más promesas; lo prometo.