Ver llover

Estándar

Hoy también llovió…

Lo sé, de novedad no tiene nada. Han sido semanas lánguidas, casi inglesas, como sacadas de una novela borrascosa para cuarentonas tristes que se tumban a leer en un diván, con un té edulcorado a la mano y un gato gordo a los pies. Me hacen recordar aquel páramo melancólico de donde Aureliano Segundo fue a sacar a Fernanda del Carpio. Incluso he de confesar que al pasar frente al Anahuacalli, pensé que bien podría estar ella dentro, escribiendo sus esquelitas y doblando palmas mortuorias, mientras su venerable padre empeña las últimas armaduras y bacinas de oro… Pero basta de tanta lluvia, suficiente con que esté afuera mojándolo todo de monotonía como para también empapar mi blog. Sí, ha llovido; es la postrimería de Julio y siempre es así desde que tengo memoria.

Recuerdo mis primeras vacaciones en Puebla, cuando la ciudad y yo aún no mediábamos relación alguna. Gente que ahora ha muerto, vivía. Tenía menos de trece años y una bicicleta nueva, comprada en el Wal Mart de metro Nativitas y transportada no sé por qué capricho a Puebla. Tenía, también, todo el día libre, porque faltaba todavía un año para que los cursos de verano les parecieran a mis tíos una buena idea. Y tenía tres primos, dos de edades seguidas a la mía, uno detrás de la otra, a quien apenas le llevaba un año; y la más pequeña, que tendría menos de cinco años y era todo un dolor de cabeza.

En fin, teníamos lo que se dice vacaciones. Porque tener vacaciones es tener disposición para todo; para lo que pase, para lo que se te ocurra, para aburrirte, incluso, si es necesario. En juegos frívolos y profundos se nos iba la mañana y el medio día. Después de comer, ya lo sabíamos -incluso, lo preveníamos-, venía la enfadosa lluvia que limitaba nuestro margen de acción a un pasillo alargado y al interior del departamento. Entonces venían los juegos delicados con los vecinos mimados de mis primos; un par de niñatos tibios que pedían permiso para poder cagar. Más tardábamos en encontrar un juego “sano” que en abandonarlos a su ñoñez. Ahora me pregunto qué habrá sido de aquel mariconcito y su hermana sin chiste…

Tarde o temprano todo terminaba en ver llover. Mirar las interminables gotas como no queriéndolo, como si fuera un castigo. Mirarlas por horas, sin pensar, sin comentar nada. Mirarlas hasta que alguno de los tres se nos ocurriera un juego nuevo; una acción, por simple que fuera, que nos alejara de estas gotas que hoy también miro caer. Sí, hoy también llovió, más de veinte años después. Y, lo sé, no tuvo nada novedad.

Anuncios

Un comentario en “Ver llover

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s