Estándar

Hay noches en las que mi único gusto es generalizar. Noches en que decretar esto es así me llena de un placer lánguido, pueril, o peor (no subestimemos a los niños): un placer estúpido y enfermo, como el que da quemar hormigas con una lupa o arrancarle las alas a una mariposa. Son noches en que necesito asirme a algo -lo que sea-, con tal de no naufragar en las cobijas del sueño, en la crudeza de verme tal cual soy, tal cual vivo, ta cual… tal cual muero. Noches como ésta, en la que me atrevo a decir -y, perdóneme todos-: somos una generación de fracasados.

Será la manga del muerto; situación económica, crisis política, emergencia de nuevos regímenes, decadencia de otros. Lo que sea. Los resultados hoy me son inapelables. Y no se molesten en contradecirme ni darme la razón. Hoy, me vale pito. Hoy soy dictador en mi pequeña y vacua burbuja electrónica. Hoy yo escribo; hoy yo me engaño. ¿Acaso no va de eso la vida? El arte del autoengaño en tres simples lecciones: no corro, no empujo, no grito. Así, así va la vida.

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