Drama a la carta

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No se me tome por un sentimental cuando diga lo siguiente: soy un sentimental. Muchos dicen a mis espaldas que me encanta el drama. Pero se equivocan, es peor de lo que creen: sufro el drama.  Y este drama que ahora tengo atravesado es tan sólo resonancias de otro, viejo, cansado, que es apenas el fantasma de un eco, o la sombra de un fantasma, o un murmullo de esos poetas mediocres que, a base de repetirse mil veces, se convierte en un persistente murmullo de esos poetas mediocres.

Como sea, tengo que escribirte una carta. Pero qué sentido tiene escribir una carta que no se desea sea leída. No se deje engañar: si alguien escribe una carta, es porque quiere que esa carta sea leída. Así que mejor no te escribo una carta; me guardo este drama y espero a que no te des cuenta para darte una zancadilla. Porque debes saberlo, el drama es irracional, y si no sale en lágrimas, sale en puños. Por eso, te digo, mejor te escribo una carta: pues sí, ya lo sabes (te lo dije), y sí, también lo sé  (me lo dijiste luego), así que no queda más que decir sobre el tema. (Pero esa es la racionalidad: ahí no es el reino del drama, esto no tiene caso…). Gracias por tu comprensión.

En algún lugar debería darme chance de hacer estos papelones a gusto, porque lo que viene siendo la vida real… pues nomás no. A últimas fechas me ha venido algo que dicen se llama orgullo y pesa bastante; dicen que es como la segunda bajada de huevos que tienes en la vida, pero que te da como a eso de los siete años. Pues bueno, no es novedad, yo voy 20 años atrasado a mi generación. Así que: hola orgullo que pesas tanto y que me gustas aún más por impedir que me hunda en estos fangos sociales.

Porque no sé si ya lo he dicho antes: cuando dudes, quédate quieto. No respires. Quietecito. Espera a que el mundo se acomode (a que el dolor “te la acomode”). Y entonces, si quieres, llora un poco. No grites ni murmures. No frases de cólera. No, no muestres tus pétalos,  princesa pusilánime. Quitecito, pues; no te muevas, que si te mueves, duele (mejor “flojito y cooperando” joven). Como sea: es bueno quedarse quieto. Pero eso no es lo importante. Lo importante es que: ZAZ, ya hiciste tu pendejada ¿verdad?

Entonces, ejem, ejem, te escribo esta carta para decirte: cómo me has dado en la madre. Pero eso no es lo importante, lo importante es que… no, mejor así: quietecito. Porque bueno, después de todo, ya me ensartaste y yo casi te ensarto: estamos “casi” a mano ¿no? (No, claro que no). Pero como sea, no importa, da lo mismo, tú aguanta. Quietecito. Que mira, pendejo, el mundo no se acaba; por un corazón roto no pasa nada. Con lo puto que eres en menos de un mes ya estás formado en otra cola de tortillas. ¿O qué, chillaste mucho tiempo al otro? Pero bueno, eso no es lo importante. O bueno, tal vez sí sea lo importante, pero no es lo que quiero decir. Lo que yo en un principio quería decir es que… nada, no importa. Yo acá, quietecito; tú allá, comiéndote el mundo con las nalgas. Quieto, quietecito. Shhh. Shhh…

Y no, no me importa.

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2 comentarios en “Drama a la carta

    • De frente me lo has dicho, pero clarito lo que se dice clarito ¡Nunca! Ese acento toluqueño tuyo no deja que se entienda nada; se oye como chorizo verde y nebulosidad a nivel de piso. Triste, pero cierto. ¡Jum!

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