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A principios de la década todos teníamos un blog. Hicimos amigos, formamos parejas e incluso nos ganamos unos buenos acostones gracias a nuestras cándidas crónicas cotidianas. La mayoría escribía desde sí y, al menos en un principio, para sí; pocos eran los blogs “especializados”, y a las grandes firmas y agencias de noticias poco les importaba. Sin embargo, ahora, a unos meses de terminar la primera y convulsa década del nuevo milenio las cosas han cambiado. Las bitácoras personales son aves raras, perdidas en los entresijos de los buscadores y a las que uno llega por error y sale casi pidiendo disculpas. La “nueva onda” es mantener un blog de actualidad, posteando regularmete y contenidos relevantes para un sector sumamente específico del mercado. Sí, los blog ahora se supone hacen dinero. Basta ver algunos ejemplos, como Vivir México, ALT1040 y anexos de la firma española Hipertextual, que, más que producir contenido, más que hacer periodismo, lo único que hacen es “contarnos” lo que se publicó en otros sitios. Claro, en ese “contar” hay todo un arte: opiniones inflamantes, juegos de ironía y vocabulario de experto. Su función es reunir, elegir y simplificar aquello que nosotros podríamos haber buscado si tuviéramos tiempo, ganas y una motivación que nos sacara del Farmville.

Soy un viejito rancio y raboverde que extraña esos viejos tiempos anticuados en que uno leía chabacanerías inútiles, chaquetas mentales y amores frustrados. Esos tiempos en que las personas dedicaban una parte de su día a simplemente sentarse y sistematizar su experiencia; a revivir detalles mórbidos y inflamarnos con sus relatos de amor secretarial. Hace tanto ya de eso… pero bueno, aún hay unos cuantos blogs y unos cuantos blogueros. Y lectores, sobre todo lectores que siguen interesándose por lo que alguien que no tiene nada qué decir puede decir. Supongo que esta es mi distímica manera de agradecer que aún por ahí alguien me siga leyendo. Buena noche.

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Today I´m just fine

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La oficina es pequeña. En un arranque de genialidad nuestra jefa la pintó de gris (y colgó los cuadros al revés, ja). El diseñador tiene dos paredes de cubículo; la editora y yo compartimos un escritorio largo largo que, ahora que lo pienso, es posible que en realidad sean tres escritorios puestos juntos. Atrás de mi silla está la oficina de Miri; un escritorio de madera (ella no sabía que tenía cajones hasta dos días antes de renunciar) y un librero lleno de revistas y libros de contabilidad. Ah, y un scanner que ya no sirve ocupando todo el espacio libre que deja la compusauria de Miriam (es la más vieja de todas). La oficina la componen tres recámaras y una bodega. Nosotros, “el departamento editorial”, estamos en la habitación del final, frente a la bodega. El contador está en el cuarto de en medio, donde también está el baño. Y la jefa siempre ocupa la habitación diametralmente opuesta a la nuestra (aunque nunca está lo suficientemente lejos, por desgracia). Tal vez sea un momento pertinente para aclararlo: trabajo, y no, ahí. Escribo para la revista y tengo “derecho” a usar “las instalaciones” (prender la computadora saturada de spyware y marcar por teléfono a Canadá, básicamente). Sí, hace unos meses estuve de planta ahí, pero por angas o mangas lo dejé. Y ahora soy un frilan’s más que va y viene, que sale y entra, que va a gorrear café y agua perrier de la jefa. Y hoy, al menos hoy, me hizo muy feliz ir sólo un rato, trabajar sólo un rato y después salir al mundo… todo hizo sentido por un momento. Today I’m just fine.

 

Los venenos

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Hoy duele donde duele. Es un dolor que a la vez asfixia y punza; pero no te engañes, es suave y tranquilo, como cuando tu madre te mecía en sus brazos (lo siento, no recordé que ya lo habías olvidado). Es casi un dolor dulce, como perfumado, recién sacado de una lata de duraznos en almíbar; y si acepta todos estos adjetivos es porque -ya lo sabes- no es algo físico: es el espíritu que siempre lo traigo mal amarrado, que con tantas sacudidas termina por terminar donde no debería. Pero, ignora esto último: este asunto del debería le corresponde a los filósofos, no a mí.

A veces nos duele algo, digamos, la rodilla. Duele, lo sentimos, pero no comprendemos por qué nos duele. Y duele y es molesto; y queremos evitarlo en un futuro a toda costa; o si es posible, quitárnoslo en ese momento. Y por eso nos preguntamos por qué nos duele. Si es por frío, pensamos, bastarán unas compresas de agua tibia; si fue por una caída comenzamos a preocuparnos y agendamos una cita con el médico (porque nos preocupa, y preocuparnos nos quita un poco el dolor). Lo mismo pasa cuando nos duele el espíritu, el fantasma. Pensamos qué hice mal, qué no debía hacer o pensar. Queremos encontrar la genealogía del dolor… sí, para quitárnoslo, para sentirnos mejor. Pero puede que así como funcionan las cosas del cuerpo no funcionen para la mente.

A veces uno siente dolor (pudo ser una película; o los mensajes que no llegaron; o pensar demasiado en los finales alternativos; puede que extrañe, puede que no; puede que todo sea algo más profundo o sólo un engaño). A veces uno siento dolor y no sabe por qué. Se tumba en la cama y piensa que ese dolor nació como nacen los venenos: cúmulos de ingredientes que por sí solos no hacen daño, pero que mezclándolos en la dosis correcta producen la muerte. Hoy mi ser muere un poco.

Pero basta de esos pensamientos; esos pensamientos también siguen la lógica del mundo físico. Seguramente son erróneos. Más vale dormir y olvidar. Hoy el mundo es pequeño y el tiempo pasa lento. Será mejor dormir.

Hoy soy un fantasma

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Uno es lo que recuerda (qué somos sino el discurso que recordamos de nosotros mismos). Hoy soy tan sólo un aglomerado de recuerdos; imágenes propias de un espectador… a veces creo que como Inmaculada, he pasado más tiempo contemplando que viviendo. Así las cosas, estoy soy yo hoy:

Kika besando a Alexis en las escaleras de la universidad. Sus cuerpos tensos, como gatos peleando; sonrojados de vergüenza y un atisbo de lágrimas al separarse (no recuerdo si en Alexis o en Kika). Eso pasa cuando las relaciones terminan antes de tiempo…

Nochebuenas en el jardín, floreando en primavera. Mi abuela triste porque ya no lo harían en diciembre.

La cara de Teresa cuando los policías entraron al café. Sus ojos redondos, de plato, como caricatura japonesa; abiertos, dilatados, aterrados. Y yo fumando opio… qué chasco.

En la motocicleta, apurado porque llegaría tarde a mi examen profesional. Afuera del salón los amigos, la familia y Edmundo, de traje y chanclas. Creo que sonreí.

Aquel sueño donde la estación Chabacano explotaba. Había una bomba, gritaba una señora apretando una pañoleta contra la mitad de su rostro, había una bomba. Salí corriendo entre las vías, mirando hacia atrás, temiendo que el Metro viniera y me aplastara: había estrellas y planetas enormes en el cielo (sí, como en ese otro sueño).

La calle Santa Fe, en Buenos Aires. Noche porteña, con Mc Donald’s que nunca cerraban, escaparates sin iluminar y coches. El taxista queriéndome llevar al Palace, preguntándome qué escritores argentinos conocía, platicar de Artl y Borges (a él no le gustaba Cortázar; muy afrancesado, decía). Y las minas, las minas qué el describía con obscenidad divertida. Dije que me gustaban morochas; recordé a Teresa desnuda, iluminada por el brillo de la televisión encendida.

Mi primer beso: el aliento a marihuna, como un golpe.

Las luces lo eran todo. Una japonesa bailando con una sombrilla fosforecente; peleaba con un dragón. El beat era ascendente. Sonreír: estás en tachas, me decían; yo negaba con la cabeza y los ojos entreabiertos. ¿Dónde amanecí esa noche?

La sala de la casa de Los Fuertes. La computadora en su viejo mueble; conexión telefónica. Y entonces verlo con claridad: Aurora saltaba entre tumbas, el piso se removía. Después ese cuento daría nombre al libro. Qué agradable era escribir entonces.

“Es de Kafka, maestra”, dije, tras alzar la mano. La primera vez que hablé en clase. Tenía 18 años. Muchos se rieron, dijeron que mi voz era chistosa. No volví a hablar en voz alta en todo lo que quedó de la preparatoria.

“Es la fuente del Miguel Ángel”.
“Del David, idiota”.
“¿Quieres que preguntemos?”
“Es la fuente de la plaza Río de Janeiro, imbéciles”, terció Adriana.

Hoy soy recuerdos: un album de fotografías que ya nadie visita, salvo por error. Qué bueno es serlo.

Viaje al fondo de un vaso de agua

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Ciertamente pocas veces en la vida se sabe qué se está buscando. Muchas veces uno inicia búsquedas y conquistas, guerras y huracanes, sin siquiera darse cuenta (Ehe ya me lo había dicho: el aleteo de una mariposa //Pero ese es ahora un sueño lejano // una tormenta en Nueva York…); a veces uno pierde batallas, o la lucha entera, apenas sabiéndolo cuando ya se es un exiliado. Y no importa que se desconozca aquello que uno busca (la piedra en forma de corazón; la lata que cuya etiqueta dice “Mundo”; el hongo que crece bajo el sol), siempre consciente o inconscientemente se está tras la pista de algo (oculto en el vuelo de un gorrión; en un poco de pasto afuera del museo Tamayo; en la intimidad que sólo puede darse en el seno de una multitud), y a veces si no se encuentra, por lo menos se descubre que se estaba afanosamente buscando.

Yo nunca pensé… y esa es la peor forma de empezar, porque nunca ha sido cierto. Sí, antes lo había pensado… pero, insisto, esos eran tiempos que ahora están más lejos que los sueños; más lejos que esta mesa de antepasados, que esta casa de infancia, que este jardín descuidado… y sí, entonces lo descubro. Estoy buscando algo. Eso. Eso que no sabía que buscaba, pero que encontraba retratado una y otra vez en los libros que quiero (en Epicuro y en San Agustín, en García Ponce y Cortázar); Eso de lo que sólo había hablar y que no es dinero, ni es salud, ni es amor (con todo el perdón de Güicho Domínguez), pero que lo amalgama todo. Y sí, ya lo sé, yo lo he pensado antes que usted y las hienas: yo sé que todo esto puede ser una búsqueda fatua; otra expedición al lago Ness, otro documental sobre el Santo Grial. Sí, estoy buscando el hilo negro, incluso si es para ahorcarme con él.

Hoy me encontré sin querer y sin planearlo, invitado como siempre, acompañado como pocas veces… hoy me encontré de noche frente a Bellas Artes, escuchando a Philip Glass. Y por un momento comprendí que he estado y estoy buscando. O eso creo ahora. Y por hoy es mi mejor consuelo para dar las buenas noches.

 

Buenas noches :’-)

Los motivos del lobo

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De nuevo mi espíritu tirita de frío; de nuevo una palabra me ha dejado congelado. Una vez más me siento escandalizado por dentro (recordemos aquél inesperado pánico moral de hace un mes); de nuevo siento esta urgencia por salir aunque sea un momento del marasmo, por ver más allá de las cuatro paredes que le he marcado de límite al mundo. Allá afuera está esa palabra rondando, como llave de caja de Pandora; me acecha como sólo un gacela podría atacar a un león. Ojalá esta llave de diez letras trajera luz a mi mente… sólo me hunde en un vacío de caja negra, donde tendré que hacer fuego tras frotar mis huesos uno contra otro, como un especie de Quetzalcoatl fallido. Así sea: frivolidad.

Dos nuevas virtudes propone la catedral de nuestros tiempos: frivolidad y cinismo. Pequeños mandamientos se desprenden de su obediencia ciega: Sé leve, no te comprometas; flota: deslízate, nada importa; pretender es ser, aparentar es estar: el sincretismo to be; sé nómada, transfórmate: agótate, e incluso en el suelo cambia; aborrece lo estático, tributa lo volátil; ve más allá, siempre (agótate, e incluso en el suele, corre); desecha y reemplaza, todos tenemos un precio (consíguete siempre lo más caro); sonríe por reflejo, las primeras impresiones hacen amigos (el mundo es de los amigos); no quedes mal con nadie, complace a todos; esquizofrenízate (y disfrútalo); imperativo: disfrutar; no te claves, la vida es leve: relájate: deslízate, nada importa.

Y entonces todo cobra sentido: volvámonos nubes y llovamos, sin importar nada más que el ritmo del viento que nos une y desune; seamos ese chico: sé ese chico. Vende tu alma por lo que sea; pero véndela ya que se cotiza cada día más a la baja. Declárate confuso, porque el que se confunde es ambiguo, porque al ambiguo nadie le puede reprender nada. Vuélvete tibieza, que el calor quema y el frío congela, pero al tibieza te mantiene. A todos les gusta la tibio: hey, Mario, you’re a winner. Da entradas, da salidas; pero no te comprometas: el compromiso te vuelve pesado, te cierra todas las opciones, te hace adulto (ignora que de todas las opciones sólo podrías haber tenido una: prolonga la decisión al infinito; o hasta que alguien decida por ti; no importa, siempre es mejor ser víctima del destino). Si dudas, duda: deslízate en la duda, no tomes bando: sé grácil, sé libre, sé ligero: be ligth.

Decidí volverme piedra e irme al fondo, donde no llega la luz (sí, donde tienes que frotarte los huesos para hacer fuego).

Y no crean, me hace sentir triste. Ojalá no tuviera que contar esta historia.

De lo triste que puede ser perder en un Mc Donald’s

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Hoy se me cayeron las papas de la charola en el Mc Donalds. Fue triste verlas en el piso, vueltas de repente inútiles e inalcanzables, como una paraíso perdido. Creo que me les quedé largo rato viendo. Pero eso no importa; lo que importa fue que recordé un poema de Elizabeth Bishop (The art of losing isn’t hard to master / so many things seem filled with the intent / that their loss is no disaster).

A veces se es papa, a veces se es piso; otras charola, pero pocas el tipo torpe que las tira a unos metros de la caja. Y, aunque el resultado sea malo, eso es digno de celebrarse. Pero eso no importa, aquí en este blog no le hacemos a la ontología (ni a la buena escritura, pero ese es otro asunto). (Lose something every day…). Lo que importa… importa tan poco que no vale la pena recapitularlo. Hoy será uno de esos días que se perderán en el final cut.

(The art of losing isn’t hard to master. / Then practice losing farther, losing faster). Hace poco acabo de levantarme. Soñé que mi madre era lesbiana y que tenía una hermana mayor -también lesbiana. Y Eriol aparecía en ese sueño. Nos besábamos en el baño y, sin querer, le arrancaba la arracada de la ceja. Pero él no se enojaba, se reía, con todo y que el baño entero estaba salpicado de sangre. En el baño nos besábamos; nadie debía saber que seguíamos juntos. Luego desperté: ( I lost two cities, lovely ones. / And, vaster, some realms I owned, / two rivers, a continent. / I miss them, but it wasn’t a disaster).

Y ahora, después de escribir esto, regresaré a la cama. Tal vez esté ahí un par de días, no más. Ya veré lueguito qué pasará con lo que deba pasar. Por ahora, necesito descanso ( —Even losing you (the joking voice, a gesture / I love) I shan’t have lied. It’s evident / the art of losing’s not too hard to master / though it may look like (Write it!) like disaster ).