Mi vida entre faldas

Estándar

Hay días en que no comprendo ese afán mío por metérmele entre las piernas a otros hombres. Sí, créalo o no, hay días en que todo esto asunto de andar cual acróbata saltando de rejo en rejo (y sin malla de protección para el corazón) me parece sólo un capricho. Y, es que no sé si usted lo sepa, pero la convivencia entre hombres es la más difícil de todas; hasta la mariquita más torcida guarda dentro de sí un macho terrible: tal parece que todos los hombres corremos bajo el mismo sistema operativo: seek and destroy.

Me aterra pensar que para muchas mujeres ese asunto de “empoderarse” (la palabra de moda, llévela, llévela, para el niño, para la niña, el bonito regalo…) que ese asunto de empoderarse es volverse “cabrona”; léase entre líneas: si no puedes con ellos, úneteles. Sí, a eso me refiero, a actuar cual macho, unirte al selecto club de seek and destroy. (Pero soy mojigato y doblemoralino -gracias, Puebla- sé que si yo fuera mujer, sería cabrona; porque siendo hombre, no dejo de ser una mariquita-cabrón). Entonces bueno, qué nos queda, relacionarte con armadura y a chingadazos, vaya caontrautopía.

Creo que la esencia del ser-macho radica en la habilidad que uno disponga para conjugar en distintas situaciones el verbo chingar (sí, ya lo sabemos, imagen fálica y tralalá, aquí no hay nada nuevo -ni lo habrá); y también creo que en el mundo contemporáneo es una competencia que te exige la SEP: “Al final del curso, el alumno(a) podrá chingar de manera irreversible a sus compañeros(as), familiares, desconocidos y mundo en general, lográndolo satisfactoriamente en las tres dimensiones propuestas: sentimental, socicultural y físicamente”. Por más que lo intento, no puedo sacarme de la cabeza esa imagen que elaboró alguna vez Marco: “Allá afuera, todos andan afilando el cuchillo. Esperando, esperando. Sólo esperando el momento en que alguien se descuide para poder enterrarlo”. Así veo el mundo desde mi jardín.

Pierdo toda esperanza cuando me miro a mí mismo. Este rollito está en lo más profundo de mi ser; dediqué años y ensayos fútiles a alimentarlo, a denunciar los horrores que conlleva, basándome en libros escritos por mujeres, por lesbianas, por mariquitas empoderados, por gente y gente. Sí, le dediqué muchos años. Y día a día sigo siendo el mismo macho resentido que a la menos posibilidad entierra su cuchillo. Sigo jugando a la víctima y el verdugo; si es más fuerte, me tiendo al plato; si es más débil, me lo echo al plato. Sigo jugando a lo mismo. Creo que en realidad nunca he aprendido nada de nada.

Y por eso regreso a lo mismo: ojalá cuando estás conmigo no existiera ningún mundo que no fuera esa burbuja de recuerdos y referentes (ese sueño, otoñal, de estar toda una vida tumbados en el pasto), que no hubiera más ojos que los tuyos y los míos; o mejor aún, que no hubiera nada más que ver, salvo el regodeo en nuestra vulnerabilidad. (Y sí, ahora estoy vulnerable y habrá que tomar medidas de cabrón: tú a mí no me vuelves a chingar; prefiero correr a chingarte. Sí, soy un maldito maricón sentimental, es mi forma teatral de decirte: no sé por qué, pero te quiero). Pero ya sabemos, el ojalá es ojalá, es uno de esos finales alternativos. Ahí está el mundo, y no sólo fuera, sino metidísimo en nosotros.

He vivido gran parte de mi vida debajo, encima o acompañado de faldas, y tal vez algo de ellas se me ha pegado. Por eso, cuando miro al macho promedio jugando a ser alfa, no me queda más que sentir nausea. Por eso, cuando me miro a mí mismo jugando a ser el alfa, me doy asco. O tal vez sea porque soy el chingado por excelencia, no lo sé. Sólo sé una cosa, a veces me gustaría que ambos… no, no vale la pena decirlo. Mejor silencio. Prefiero chingarme a mí mismo antes que chingarte: prefirió autodestruirse antes que vivir con nosotros. Ja. Sí, así las cosas.

I’ll be your boy…
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