Hoy soy un fantasma

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Uno es lo que recuerda (qué somos sino el discurso que recordamos de nosotros mismos). Hoy soy tan sólo un aglomerado de recuerdos; imágenes propias de un espectador… a veces creo que como Inmaculada, he pasado más tiempo contemplando que viviendo. Así las cosas, estoy soy yo hoy:

Kika besando a Alexis en las escaleras de la universidad. Sus cuerpos tensos, como gatos peleando; sonrojados de vergüenza y un atisbo de lágrimas al separarse (no recuerdo si en Alexis o en Kika). Eso pasa cuando las relaciones terminan antes de tiempo…

Nochebuenas en el jardín, floreando en primavera. Mi abuela triste porque ya no lo harían en diciembre.

La cara de Teresa cuando los policías entraron al café. Sus ojos redondos, de plato, como caricatura japonesa; abiertos, dilatados, aterrados. Y yo fumando opio… qué chasco.

En la motocicleta, apurado porque llegaría tarde a mi examen profesional. Afuera del salón los amigos, la familia y Edmundo, de traje y chanclas. Creo que sonreí.

Aquel sueño donde la estación Chabacano explotaba. Había una bomba, gritaba una señora apretando una pañoleta contra la mitad de su rostro, había una bomba. Salí corriendo entre las vías, mirando hacia atrás, temiendo que el Metro viniera y me aplastara: había estrellas y planetas enormes en el cielo (sí, como en ese otro sueño).

La calle Santa Fe, en Buenos Aires. Noche porteña, con Mc Donald’s que nunca cerraban, escaparates sin iluminar y coches. El taxista queriéndome llevar al Palace, preguntándome qué escritores argentinos conocía, platicar de Artl y Borges (a él no le gustaba Cortázar; muy afrancesado, decía). Y las minas, las minas qué el describía con obscenidad divertida. Dije que me gustaban morochas; recordé a Teresa desnuda, iluminada por el brillo de la televisión encendida.

Mi primer beso: el aliento a marihuna, como un golpe.

Las luces lo eran todo. Una japonesa bailando con una sombrilla fosforecente; peleaba con un dragón. El beat era ascendente. Sonreír: estás en tachas, me decían; yo negaba con la cabeza y los ojos entreabiertos. ¿Dónde amanecí esa noche?

La sala de la casa de Los Fuertes. La computadora en su viejo mueble; conexión telefónica. Y entonces verlo con claridad: Aurora saltaba entre tumbas, el piso se removía. Después ese cuento daría nombre al libro. Qué agradable era escribir entonces.

“Es de Kafka, maestra”, dije, tras alzar la mano. La primera vez que hablé en clase. Tenía 18 años. Muchos se rieron, dijeron que mi voz era chistosa. No volví a hablar en voz alta en todo lo que quedó de la preparatoria.

“Es la fuente del Miguel Ángel”.
“Del David, idiota”.
“¿Quieres que preguntemos?”
“Es la fuente de la plaza Río de Janeiro, imbéciles”, terció Adriana.

Hoy soy recuerdos: un album de fotografías que ya nadie visita, salvo por error. Qué bueno es serlo.

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