Mujeres, qué cosa más extraña

Estándar

No soy amigo de las efemérides. Mucho menos de que mi trabajo, ahora, consiste precisamente en rescatarlas y explotarlas. Uno llega a saturarse de escribir de los mismo; de hacerlo rápido y bien (o al menos lo mejor posible). Y creo que en esta rat race por publicar contenidos “actuales” y “al momento”, se termina perdiendo de vista lo que significan las cosas. Es como cuando uno repite muchas veces la misma palabra hasta olvidar su significado primero. Mujer, mujer, mujer, mujer, mujer. ¿Qué es eso?

Como hombre -dejemos de lado las demás etiquetas- creo que difícilmente entenderé lo que significa ser una mujer, tanto en lo biológico, como en los psíquico o lo social. No importa cuántos libros de feminismo me haya chutado -y me chutaré (es un mal hábito)-, no me creo capaz de comprender la complejidad de ser otro, de ser alguien que no soy yo. Y, sin embargo, hay un pero. Podré no comprenderlas, pero podré sentirlas, ya sea como hijo -familiar genérico- amigo o amante. Ellas han estado en mi vida a todo lo largo y ancho; han secado mis lágrimas y, también, me han hecho llorar (aunque, lo confieso, son las menos de las veces). Me han acompañado y abandonado. Han desfallecido en mí o conmigo o por mí. Pero han sido una constante matemática, parte de esta ecuación o -peor- fórmula para el desastre que ahora soy.

Hace unos minutos me topé con este texto de una de esas mujeres, Katya Albiter. Y procedo a hacer uso del copy & paste para compartirlo (aunque creo que ella es mi única lectora, ja). Como sea, ahí lo dejo a disposición de quien lo quiera copiar y pegar. No sólo está bien escrito, también es conmovedor y, claro, desde el momento que ella lo hizo, para mí es valioso.

 

El día de la mujer, esa-mamada-qué

Sí, realmente creo que la mujer es su peor enemiga. Realmente creo que el día de la mujer es un insulto porque implica que el resto del año estamos jodidas, y sin embargo…

Ellos, los hombres, nunca van a entender el conflicto de ser mujer, lo que implica, lo que duele. Sólo se quejan de que si nos baja, de que si los berrinches, de que si la neurosis, de que si nos jodemos unas a las otras, de que si…

Lo cierto es que por muchos años yo sentí que ser mujer era una carga, después de todo mi madre esperaba que fuera hombre y, para no variar, le llevé la contraria. Nadie me lo tuvo que decir, sabía que ser mujer era difícil, tuve que aprender a lavar la ropa (en ese entonces a mano), limpiar la casa, cocinar, hacer los mandados, todo antes de los diez. Tuve que soportar el abuso masculino callada y sin replicar, porque ellos eran grandes y fuertes, y yo era mujer, así que seguro que la provocadora era yo, la mala, la tentadora, la Eva.

Cuando me cansé de ser buena, me convertí en la mala, o al menos en lo que suelen llamar así. Hombres y mujeres me juzgaron duramente por convertirme en una persona fuerte, segura, cínica, por hablar abiertamente de sexo, de violencia, de esa vorágine que llamamos sentimientos. Y tuve que vivir así, siendo señalada por reír demasiado alto, por bailar libremente, por andar descalza, por hablar claro y decir mi opinión, por usar minifaldas, por beber, por acostarme con equis o con ye.

Ser una mujer libre tiene un costo muy alto: la soledad.

Para reconciliarme con mi género tuvo que pasar algo, o mejor dicho, alguien. Una niña. Lloré mucho cuando supe que sería mujer. Lloré por ella, por mí, por lo difícil que sería, por los juicios, los abusos, las presiones y represiones. Pero esa niña lleva varios años enseñándome lo maravilloso que es ser mujer, la magia de la sensibilidad, de la dulzura, del amor y también la fuerza, la tenacidad, la garra con lo que se defiende lo que se quiere y lo que se cree.

La mujer que también es madre tiene una disyuntiva terrible: realizarse profesionalmente o estar con los hijos. Si se decide por la primera habrá que aceptar el remordimiento, la culpabilidad, las consecuencias de no estar con ellos. Si se deja todo por ellos, se tendrá que estar dispuesta a la frustración, al rencor, al abandono y sí, al jucio público que considera que ser ama de casa es despreciable.

Están las otras, las que no pueden elegir, las que deben trabajar para mantener a sus hijos. Las que sacrifican todo por ellos. Y también están las que se rebelan y dejan todo a y todos, siendo tachadas de putas y de perdidas por pensar en ellas.

Pero no, dejen que todos se quejen, dejen que los hombres se quejen del día de la mujer, dejen que nos critiquen porque nos destrozamos entre nosotras el resto del año, dejen que las mujeres renieguen de su condición, dejen que critiquen.

Al final, estamos acostumbradas a eso ¿no? Estamos acostumbradas a ser vilipendiadas, minimizadas, calladas, ultrajadas, y también estamos acostumbradas a que todo se arregle con una palmadita en la espalda y un perdón.

Sí, ellos nunca van a entender, pero a veces tampoco nosotras lo hacemos. Porque las que educamos machos somos nosotras, las que permitimos que nos insulten y nos peguen somo nosotras, las que enjuiciamos más duramente a las otras mujeres somos nosotras, las que no creemos en nosotras somos, sí, adivinaron, nosotras.

Y si un puto día en el año nos hace recordar A TODOS la importancia que tenemos, lo valiosas que somos, la lucha por nuestros derechos (que sí ha existido, pero que como todos los logros que no costaron suelen ignorarse o despreciarse). Si un puto día en el año también nos sirve de duelo por las mujeres muertas y desaparecidas, si nos calan las injusticias de las que somos objeto sólo por ser mujeres; si en un día se pueden condensar todas esas lágrimas que hemos derramado, todos los abrazos y besos que hemos dado, todo lo que hemos amado, sufrido, odiado, perdonado, entonces vale la pena.

Que al final la gente siempre se va a quejar, y hay haters profesionales para todos los días del año.

Y conste que la que escribe estas líneas ha sido tachada de machista más de una vez, reniega del feminismo, es fan de los chistes misóginos, tiene envidia del pene y cree que las cosas se ganan por el trabajo personal, no por lo que nos cuelga o no nos cuelga entre las piernas.

Y no, yo no quiero la igualdad entre hombre y mujeres, prefiero la equidad, el respeto, la convivencia armónica, el reconocimiento del otro, sí, yo voto por la otredad, aunque sea un sueño guajiro, pues si hay algo que amo de mi lado femenino es esta capacidad de soñar, de creer que la felicidad es posible.

Con cariño para todas mis mujeres queridas,

:*

 

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4 comentarios en “Mujeres, qué cosa más extraña

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