Entre sueños te veas; un día de raras ocasiones

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Hay quienes presumen de tener memoria paquiderma cuando de sueños se trata. Ciertamente, no soy uno de ellos. Aunque la madre ciencia afirma que todos padecemos actividad onírica mientras dormimos, pertenezco a esa parte de la curva que olvida todo lo que sueña. Claro, salvo raras ocasiones. Y hoy, todo parece indicar, que es un día de raras ocasiones.

El departamento -no recuerdo bien si era el da la Narvarte (bien podría serlo o no)- tenía un boquete oculto detrás de un mueble. Conducía a un pasillo iluminado por luz fría; paredes azules que colindan con el gris, azulejos de cuadritos, pequeños y húmedos, eran el piso. Para mí era un hallazgo. Y puntualicemos, yo no era yo. Recaía sobre mí esa condición extraña de duplicidad: era un niño pequeño y el adulto -que se supone- ahora soy. Mi madre, sin querer, sin mostrármelo en realidad, retiraba el mueble y vaciaba el agua con la que trapeaba el piso del departamento al interior de ese pasillo. Yo, niño curioso que por error vislumbra el pozo, preguntaba azorado a dónde conducía ese pasillo. Ella no se sorprendía al responderme que lo habían dejado los anteriores dueños, que daba a la construcción vecina abandonada desde hace muchos años. Ella lo atravesaba para tirar el agua sobre los diminutos cuadros sucios. Yo me avecé a explorar, y del pasillo salí a un jardín; el jardín de una casa.

 

——(En mi mitología personal, los jardines se repiten como una constante: El jardín de Epicuro, el de los senderos que se bifurcan, el jardín secreto, el Edén, los Paraísos perdidos, los Paraísos artificiales… el jardín de mi abuela, el balcón del departamento, las palmeras del camellón, el parque de la Álamos, el parque España donde había juegos de escalada, el de Villa Coapa, el que está frente al Tamayo, Chapultepec… la lista continúa. Es casi infinita. El mundo es un jardín.)

 

Ese jardín llevaba a una casa grande de la que no recuerdo la fachada. Pero debía ser blanca, victoriana. Lo deduzco por la luz, por la calidad de las imágenes. Tenía esos tonos cepias, quemados por el tiempo, dignas de cámaras amateurs de los ochenta; pelos largos, abombados, camisas a rayas; esas cosas. Como sea, entraba a la casa y me embebía con los muebles. Todos empolvavos, de piel, cafés, viejos, propios de los setentas, como sacados de relatos de Juan García Ponce o de Gustavo Saínz. No importa, como sea, me embebía en ese inmobiliario rojo y café. Lo tocaba y -maliciosamente- pensaba en llevármelos a casa; para mi depa (otra de mis obsesiones). Mi madre aparecía, como previniéndome de un hechizo. Los dueños de esa casa, de ese otro lugar, de Alicia en el espejo, había llegado.

Como castigo o supervivencia, no lo sé, nos convertimos en su personal doméstico. Pero uno muy distinto. Me convertí en su profesor (una obsesión más), pero esta vez, de acrobacia. ¿Pueden imaginarlo? ¿A mí, semejante bola siendo profesor de acrobacia? Pues en eso me convertí. Y, como por todos es sabido, en ese momento desperté. Se quebró el sueño y ya no supe más, salvo la vocación de guardarlo en algún lado y, tal vez, utilizarlo para escribir el libro de cuentos para niños que se supone me encargó F.E. ¿Será? ¿Servirá de semilla este sueño?… no lo sé, y tampoco me importa mucho. Lo que escribo es impredecible. Más impredecible que yo, incluso.

Después de comer -actividad que le sigue a guardar esta entrada en el blog- viajaré a Puebla. Pasaré una velada con los amigos, mañana comeré con la familia so pretexto de mi aniversario y luego regresaré aquí, donde si bien no es mi hogar, por lo menos es más cómodo y, no sé, aún me llena de cierta dicha que se traduce en un estúpido e ingenuo amor por esta ciudad que, creo, en realidad no quiere a nadie (porque nadie la quiere en realidad). Como sea, la vida sigue y es posible que la vida sólo sea sueño. ¿No es así, Calderón?

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