Noche rubia

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Postales de una noche: una noche rubia. La Condesa es un bodrio y debería ser dinamitada. Así, sin más. O bueno, con todo: especialmente con sus visitas. Una a una deberían caer esas prendas retro y sus gestos paródicos; las diademas con plumas y los rostros compugnidos. Uno a uno deberían estallar los cristales de todos esos bares y restaurantes fusión. Pero en medio del lodazal, como el lirio, crece la rubia. Y ahí, en la periferia (siempre tan periféricos, nosotros) estaba ella y sus “amigos con actitud”. Ah, mira esos jóvenes… escucha a esos jóvenes… carajo, Cobayo, ¿por qué no puedes ser un poco más como ellos y un poco menos como tú? Mira que podrías haber pasado la tarde con Slash. O mejor: saber quién vergas es Slash (porque tú, ternurita de vómito, creías que Slash era una diagonal: / . Y no, ese no era el Slash en cuestión). Mírate Cobayo, una garra, eso estás hecho. Pero por alguna razón (y tal vez por eso no cambias, ¡animal!) hay gente que te quiere. Y te lo preguntas seguido, todo el tiempo. ¿Por qué te quiere tanto si tú eres tan poco? Y sin embargo mírala, ella quería que estuvieras ahí y ahí estás. Y ella dice que te quiere porque viajaste muchos muchos muchos kilómetros sólo para verla. Pero cómo no viajar por alguien que te quiere tanto, te preguntas. Pero bueno, eso no importa. Hay cerveza y un sillón compartido; hay pláticas, hay sueño y hay gente que cruza, modosa -¡qué explote!, gritas- y bebes. Qué más da el lugar, todos los lugares son el mismo lugar, cuestión de enfoques.

Pero poco duraste ahí, sentado, platicando, escuchando y confidenciado. Poco dura todo. Y como siempre, se abrieron las compuertas de la noche. La rubia, y su amigo, y tú, los tres, a un taxi. A un taxi que manejaba él. Y viajar por la ciudad, viendo cómo los noctámbulos hacían la parada, y nosotros, cínicos, seguíamos adelante… más allá de Revolución, allá en la línea naranja. Pero antes, tacos de El Borrego Viudo. Y qué delicia, y cómo chuparse los dedos, y echarle salsa y desde el coche en un estacionamiento ver el ir y venir de meseros con platos y órdenes. Correr como sólo puede hacerse en el tercer mundo. Y correr. Tralalala. Correr. Verlos correr. Y chuparse los dedos de pura satisfacción capitalista. ¡Ay, Marx, de lo que te perdiste! Pero Marx no importa; ni Lenin, ni Vasconselos, ni quién sabe quién más. Lo que importa es que ya terminamos y nos fuimos. ¡Nos vamos! y el taxi chilangabanda arranca. Y nos perdemos en Revolución. Sube carcacha, sube transporte públicos. Perdámonos en San Pedro de los Pinos.

La casa era fea, la gente -para variar- no era de mi agrado. Y sin embargo, beber y dormir. Y estar con la Rubia. Qué maravilla dorada estar con la Rubia. Y reír a expensas de otros. O nuestras. Los otros a veces son tan aburridos que uno tiene que optar por el canibalismo y la automutilación de austoestimas. Y ¡auch! Jajaja ¡Auch! Jojojo. Todo sea por al risa y jajajear. Y luego dormir. Ser el primero en retirarse y hundirse en una cama. Y dormir, como si viniera la bruja. Y dormir hasta hoy… y entonces, decir, qué buena y tranquila y pausada y rubia noche. Cómo quiero a la Rubia, cómo me quiere ella a mí.

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Un comentario en “Noche rubia

  1. La rubia

    No mames, pinche Cobayo, ahora sí te volaste la barda como tres galaxias. Mis lágrimas son muestra de lo que digo, nunca me habían escrito, es patético, cierto y… rubio. Y que llegues tú y hagas esto, teniendo la certidumbre de que te iba a leer (porque siempre te leo) y que además lo hagas aquí, en un espacio tan tuyo, pero un poco mío, por ser tu fans número uno y comentadora forever, es priceless. Pero en algo te equivocas, yo no te quiero, cabrón, te adoro, te rete amo, no sólo porque me escribas y me hagas llorar como puberta desquintada por el tío ebrio, sino por lo todo, por viajar, por estar, por hablar, por reír, por llorar, por cantar y bailar, y tantos verbos que terminaría haciendo otra entrada en este post.
    GRACIAS, el mejor regalo EVER.

    Lov ya.

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