Postales desde un mejor sitio (carta a un porteño, remitente desconocido)

Estándar

Tengo concedido un número finito de postales. Capturas de pantalla diversas. Instantáneas –si se quiere– mal tomadas: fuera de foco, sobreexpuestas, borrosas por los años. Un cúmulo de –así las llamas– memorias dispersas; recuerdos de un instante. Fotografías de un techo que miré por muchos años. Reproducciones estilizadas de un grieta en la pared de donde con las uñas arrancaba calcio. Grabaciones casi accidentales del asiento trasero de un automóvil. Finales alternativos de películas que nunca trascendieron el papel. Tengo una colección de gramáticas para lenguas que sólo pueden clasificarse de guturales. Tengo tantas cosas…

Ayer –escribiste– que te producía emoción hablarme (sic). Qué malo soy: me reí de ti (y –¡horror!– enseñé los dientes que ya estoy comenzando a perder). Antes de continuar, déjame aclararte algo. Si me emociono es por mero ejercicio; la disciplina que seguimos es la que nos hace ser lo que somos.  ¿Quién sería yo si no me azorara por el mensaje de un desconocido? Ojalá ser uno mismo fuera tan fácil como sólo dejarse ser. ¡Como si tal cosa pasara! Espero no seas tan ingenuo para ignorar lo que sigue: ser uno mismo es todo, menos la expresión de una verdad interna. Todo lo contrario: ser uno mismo es una complicada coreografía de gestos y guiños ensayados; toda una gramática bien aprendida (incluso esa falta de ortografía –ésa que se repite, que es constante, como tu rostro– no es una falta, sino su opuesto, lo contrario). Ser uno mismo es la respuesta a un vacío: es una mentira, un cuento que nos contamos antes de dormir. Hace falta una dosis de cinismo para aceptarlo; hace falta una dosis de ingenuidad para ignorarlo. En ti encuentro todo lo contrario: pesadez (tan contraria al cinismo leve) y estupidez (tu versión sin gracia –¡qué va, vulgar!– de la ingenuidad). ¿Qué haré contigo? ¿Qué puedo hacer sino practicar la tauromaquia con tu corazón? ¡Olé!

En mis postales aparecen personas que no conozco. A las que nunca les he visto la cara. Y pienso, en este momento, en un par. En un hilo con forma de mujer que nos une. Un par del que sé… del que no insultaré su inteligencia (que sé –porque ella dice– es mucha). Déjame decirte, amigo –si es que esa libertad podemos concedernos–, qué privilegio ser contigo uno de los amantes de lo bello. Apareces en mis postales como en fotografías –dicen– aparecen los fantasmas. Porque tú y yo somos cara y anverso de una moneda que tiene más de dos caras. (Piensa, ahora, en Borges; detente en Cortázar. Sigue de frente hasta Silvina Ocampo y espérame en Bioy Casares). Hay una postal que te mando, una que existía antes de que supiéramos (todos; somos más de dos) que existíamos los otros. Es una cocina que conoces, con una mujer que amas. En ella hay una bruja que –¡gracias Photoshop!– pincelada a pincelada está siendo borrada del cuadro. Déjame te cuento esto por ningún motivo. Sólo por mandar una postal (como yo envíe una desde Pacífico tras conocer a los peruanos de Florida). Es una estampa del pasado –pero creo que eso ha quedado sobreentendido–, hay vino en el techo y en las paredes. Es una noche de accidentes entre amigos. Hay pasta; y donde hay comida hay vida. Ésa es la postal: te regalo un misterio (mejor, un juego: adivina en qué cuadro está contenido el pasado. No ganaremos nada, pero te divertirás buscando. Tú ya lo sabes, amar con visos a futuro es amar el pasado). Y con esta postal, claro, también te envío un abrazo. (Y por cierto, felicidades por el futuro. No soy un hombre de fe, aunque sí uno crédulo –eso ya también lo sabes–. Pero, créeme, en verdad, estoy de rodillas orando: apenas hoy, hace unas horas, me he enterado que la vida puede ser buena).

Nunca he entendido esa obsesión con el presente. Ese termino “actualidad” nunca debió de haber existido. ¿Qué no han leído con atención a San Agustín? Ese tiempo, si existe, existe sólo en la mente. Desdeño el presente a pesar de que sea condena al infierno: el atentio nunca ha sido mi fuerte. Yo me avoco al pasado –que son postales– y al futuro –que es imaginación pura, deleite-masturbación del intelecto–. Ustedes creen que estoy presente porque les hablo, que los veo porque mi mirada se detiene en ustedes. Pero, lo siento: yo siempre estoy en otro lado. Cuando era pequeño descubrí una puerta que todo el tiempo estoy atravesando. No estoy aquí; estoy en otro lado. (Por eso escribo, porque estoy y no estoy, como el atentio, como el segundo que muere antes de que lo percibamos). Le hes dicho muchas veces que uno de estos días me mudaré a mi cabeza. Y es que en ella vivo (y lo hago mejor; mejor lo hago). Si algo me sobrevivirá será estos balbuceos que apenas yo entiendo. Memoria e imaginación: ambas burlan el tiempo. Sacarle la lengua el reloj es el consuelo más sofisticado que tengo.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s