Epílogo de una enciclopedia sobre libertades

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Uno sabe que ha envejecido (y tal vez –¡horror!– prematuramente) cuando cae en cuenta de lo inmensa que se ha vuelto la lista de peros que le encuentra al mundo. Una enciclopedia enorme que podría titularse: “Breve compendio de razones por las cuales nunca salir de casa”. (Con un apéndice –también considerable– de razones por las cuales tampoco quedarse adentro). Uno realmente se sabe –o vayamos más allá, se asume– viejo no sólo cuando la lista tiene más nombres que el directorio telefónico, sino cuando la actitud frente a cada un de ellos (tormentos minúsculos, como una piedra en el zapato) es de una indiferencia casi indistinguible de la resignación senil (uno hace corajes porque olvida que ya había decidido resignarse –por eso, nota al pie, también se llora).

Envejecer –creo– no es del todo malo. Aumentan los achaques (dolores inocuos, cansancios inesperados, un estado de ánimo basado en la nostalgia, tan penetrante como el olor que comienza a despedir nuestro cuerpo), pero también aumenta una cómoda sensación de estar por encima del resto, de todos, de la vida incluso; como flotando, como suspendido por cables, incapaz de volver a pisar el suelo, tan imposible como viajar al pasado. Es el ataque de honestidad que nos invadió a mi hermano y a mí cuando abandonamos el viejo departamento: sacar la última pertenencia de nuestra antigua casa y gritarle a la vecina “puta” desde el cubo de las escaleras, tocar el interfono y decirles “chinguen a su madre”, patear los botes de basura de todas las casas cuando el motor ya está en marcha. Eso –pero todo el tiempo, todos los días– es volverse/sentirse viejo.

Claro, es desagradable para el resto, pero nunca dije que fuera lo contrario. El índice dispara mientras apunta; el cejo fruncido, la boca torcida. Esa superioridad inaudita que para nadie –fuera de uno mismo– existe. Ese orgullo de decir “por aquí pasaron eones” y señalarse el pecho (y esperando que el corazón esté donde recordamos), decir enfáticos, y evidentemente pusilánimes: “Besé tantos hombres y mujeres como países hay en el mundo” (y terminar, casi en un murmullo “y jamás encontré a quien estaba buscando…”), hablar de tiempos pasados abusando de la hipérbole sólo para demostrar que en algún momento fuimos inferiores; que fuimos jóvenes.

En un mundo que pide a gritos, que exige, que demanda –de mi, de todos– un estado de juventud eterna, el único escape posible lo encuentro en acelerar mi proceso de decrepitud. Igual que un bug-chaser, me niego a conservarme en ese estado inocuo que llaman vida; a protegerla a toda costa justificando –como si realmente fuera evidente– que la vida consiste en conservar la vida. Una vida de mierda: de carreras y actualizaciones (¡demonios! Constantes e interminables actualizaciones), de desvelos y dead-lines, de quince minutos de fama (o de 15 mil visitas diarias). Encuentro en la antesala a la muerte esa respuesta a quien no busca más vida; o al menos, no esa vida. A quien en vez de ser un entrepreneur decide mejor no emprender nada que pueda tener posibilidad alguna de triunfo. Me niego a perseguir una chuleta, a trabajar para comer y comer para trabajar. Y no me malinterprete, esto no es un manifiesto: es una queja. Queja de aquel que “por el trabajo” debe terminar de despertar frente a un monitor repasando diariamente las miserias del mundo; de ése que debe estar siempre bien informado (documentado, fuentes verídicas, olfateando la noticia –el que pega primero, pega dos veces); ¡Sí, ese! Ese que está harto de ser progre, de ir a la vanguardia del pensamiento; de ése que prefiere el cinismo del buffet al del erudito pop que se clava en todos los trucos de un videojuego; ése –lo acepto, ése– ése que no no quiere ir más allá, al que citius, altius, fortius le suena a depravación del espíritu.

Ése que expresa su desacuerdo de la manera más coherente posible (o al menos la mejor que encuentra). Ésta.

Para muchos el final de Brazil es triste. No se dan cuenta de que es todo lo contrario. Que en el mundo/en el tiempo/en la vida que vivimos es lo único que nos queda. Y es una puerta que se va cerrando, que lentamente como un ojo está por finalizar un parpadeo. Pronto morir costará dinero: habrá qué pedir permiso (formarse en una ventanilla), habrá que hacerlo a escondidas, habrá que huir de la vida como se huye de un peligro. Pero no me hagan caso, nunca he sido profeta. Ahora sólo me dedico a envejecer, no me culpen de la demencia senil forzada.

(Si la neurosis es ahora un lujo, considérenme un sibarita)

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