Corazón de Ikea

Estándar

Fabricar infiernos es una labor sistemática. Un arte que la persona pragmática no entiende; y a Dios gracias, porque de entenderlo, se volvería su primer franquiciatario. Que esto sirva de cubierta para no mostrar mi desprecio tan altanero de una forma tan evidente. Y es que entre más palabras pongas, menos te entienden ¡A Dios gracias! Y, ay, con estas personas pragmáticas de una superior moral de Ikea: pensamientos vastos como superficies planas, con cubiertas de tablaroca donde la duda resbala; identidades prefabricadas (como todas –se los concedo–) que se creen únicas por ocupar un rinconcito con velas aromáticas en su departamento à la middle class norteamericana. Ay, esta gente buena y trabajadora, con sus ideas de módulos intercambiables que creen que la tecnología es humanismo y el humanismo tecnocracia. Dios bendiga sus vidas minimalistas, donde sin problemas la ciencia combina con acabados de dicho popular: ¡Es evidente, es ciencia!… y qué fácil es la vida en Ikea. Yo también quiero ser un mueble.

Y miren cómo me muerdo la lengua. Porque diciéndoles mercancía de Ikea me coloco un peldaño arriba de ellos. Superioridad moral, tan fatua y consistente. Pero no se me tome muy en serio, que yo sólo lo hago a conveniencia. De ahí que sea un buen arquitecto de infiernos. Miren que mis sueños se cumplen, y se cumplen de formas extraordinarias. Pero tengo la capacidad –¡el don!– de volverlos infiernos: porque sólo  el infierno es trascendente. Pero eso, mis queridos muebles de Ikea, no pueden entender. ¿Por qué hacer de la felicidad un valle de lágrimas? Y la respuesta es fácil: ¿Por qué no van a chingar a su madre? ¡Ah, retórica! Ojalá Protágoras sonría en algún lado y me llame a seguir sus pasos, como pescador de hombres en un bar; ése que se recarga en la barra, que mira sereno, aciago, y espera a que el ingenuo se emborrache, a que el soberbio se emborrache, a que el promedio se emborrache, a que el desesperado se emborrache. Porque sólo en la ebridad por fin somos iguales; porque sólo en la ebriedad somos nosotros.

Pero regreso a los infiernos, porque si no sabe del terror de las líneas rectas y eficientes, no se sabe nada. Y mire, joven, no quiero convencerlo: me vale pito que no entienda que yo elijo el camino largo; que a diferencia de usted, yo visito a la abuela no para ser bueno, sino para ser lobo. Y es que, joven, usted no entiende nada. Yo tampoco, pero al menos, de ello no me apeno. A diferencia de usted, no lavo la ropa sucia en casa –y lo digo así, para que entienda–. Para mí el mundo no puede ni debe ser simple: porque entonces es tan aburrido como usted lo es para mí. Sus juicios fútiles me retuercen algún pedazo de hígado que aún me queda sano. Su temor a la queja eterna, al miedo, todo ello me hacen sentirme superior, porque es  como si pusiera el control remoto en mis manos: bastará un zapping, joven, para que lo haga sentir miserable. Y es que así como a mí me daría repulsión ser usted, a usted le da terror ser como yo.

Pero qué va a saber usted de todo esto, si a su alrededor, sobre quienes más ama, caen las desgracias, dejándolo intacto. ¿Qué va saber usted, si no conoce la ironía de estar intacto? Si nunca supo, ni sabrá, lo que es despertar en la cama de un psiquiátrico, o en la de un desconocido, o en la propia, sin saber quién usted –sin recordar su nombre, sin recordar su cara–. ¡Qué va a saber usted, joven! Si a sus canas sigue pensando que el mundo es tan simple y plano como su vida, si nunca ha creado un volcán sobre la formaica sólo para sentir que su vida, por un momento, tiene una desgracia tan única que la haga importante: valiosa: digna de ser vivida… qué va a saber usted de cualquier cosa, joven.

Dispénsenme el lenguaje, es lo único que tengo.

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