Apología a un crimen (del Rey Midas)

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Quisiera asir esta historia que, como arena, se escurre entre mis dedos; que, como tiempo –sin importar lo que haga o deje de hacer–, apenas me toca y ya se convirtió en algo precioso e inerte, bello y odiado, como el oro de Midas.

Entraron por la salida de emergencia –mal augurio, por donde se le vea– y, armados de algo más que un par de armas, lograron someter a los 15 empleados de una panadería. (Qué placer ser sometido por una mano que, nerviosa, tiembla; por una mirada que busca complicidad en otra mano, que aunque también temblorosa, oculta su miedo en una rectitud de figura geométrica). De seguro recortes de películas desfilaban en ese momento por sus mentes. Él –tal vez– más propenso a la acción, recordaba el gesto de violencia estilizado de Pulp Fiction, una especie de pelea de falos en palenque; ella, tendiente al drama y la pasión de Cristo, quería ver en sí misma la fría inocencia de Bonnie, entregándose –córdero sacramentado– a un Clyde tembloroso y moreno que ordenaba al cajero con una voz, incluso para él ajena, que abriera la jodida máquina registradora. Y también estaba él, involuntaria arista en un triángulo amoroso por donde entró la desgracia: sí, el empleado –héroe y villano– que avisó a la policía, y que ahora está unido a ellos por un cordón invisible: insisto, arista involuntaria por donde entró la desgracia (y es que a veces amor y desgracia son lo mismo; sin él no hubiera existido templo y altar, matrimonio de plomo, anillos de cordel y cartulina en los dedos del pie: “Hasta que la muerte no los separe“). Ella lo supo desde antes; por eso ella permaneció inmóvil, contemplando su destino. Pero él –ese característico y masculino terror al compromiso– quiso detener el sello en cera que imprimió el destino, por primera vez para los tres, incandescente. Apunto el arma contra su cabeza, pero no, no sucedió como lo narran los diarios, como lo copian y pegan los sitios de internet (yo incluido). No. No se encasquilló su arma ni le perdonó la vida. Aceptó su destino; lo asumió como se asume el compromiso al último momento, como se frena el impulso de salir corriendo ante la inminencia del altar. Tomó la mano de su compañera –verdadera compañera, en el bien y en el mal– y sólo para darnos una lección de su superioridad, se besaron frente a los amagados; y adentro (poco importa que fuera una rosticería, un cuarto adjunto, un cubículo de miasmas y grasa animal) encontraron el lecho donde consumaron la tragedia (que, como ya se dijo antes, es sinónimo de amor). Él, como Job –que tanto renegó del destino– fue el primero en alcanzar esa gloria de quien cumple lo que está escrito de antemano, como Edipo; ella, dispuesta siempre a más, veló la muerte de su compañero en una agonía inútil (inútil como el amor en un sitio donde sólo existen dos casillas morales para los actos).

Y sí, esto un apología al crimen… Este par de criminales —así los llaman, ellos, los periodistas— recibió su castigo: la intrascendencia que contagia todo lo que toca la hoja del periódico, volviendo lo vivo, inerte; lo memorable, intrascendente –tal y como el Rey Midas–.


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2 comentarios en “Apología a un crimen (del Rey Midas)

    • Yo no ando intenso. Es el pinche mundo el que intensea cabrón. Yo quiero quedarme encerrado en mi bonito Jardín de Epicuro, pero ahí está el pinche mundo puto ése, jode, jode y jode. ¿Así cómo, pues? Meh.

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