Fotografías de ti

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Poco sé de la vida, y conforme me hago más viejo, creo saber menos. Fórmulas y recetas, historias de éxito, testimonios de desgracia, relatos de la frente en alto ante las adversidades y tips de Mario Kart. Todos lo mismo; instructivos fallidos para la obviedad. La vida, me parece, son fotografías movidas, donde todo ocurre fuera de cuadro. Porque mientras bebía mi café de la mañana, una bomba caía en medio oriente, y en la foto estaba yo, sentado, mirando a la ventana con el pelo enmarañado mientras el porno se cargaba en mi computadora. Y ni la bomba, ni el sabor del café, ni el porno, ni lo que miraba a través de la ventana aparecía en esa foto. Nada. Ni mi padre, llevando a mis medio hermanos a la escuela; ni mi tía, peinándose en la planta alta. Ni mi madre, ni mi hermano, ni mis amigos, ni… y la vida es esa foto, movida y mal tomada, donde sólo aparece lo menos importante. Puede que cuando muera, recuerde sólo esa foto; ni mi primer beso, ni cuando A. tomó mi mano (si es que alguna vez lo hizo), o cuando besé a O. en una calle oscura del centro, recargado él sobre su camioneta, o cuando Santa me dio a fumar un porro de opio en el Encuadre y entraron los policías… o este momento, que parece, me sincero conmigo mismo. Mi vida será eso, el recuerdo de algo anodino; el chiste de la prepa, el comentario fuera de lugar, la mesa del centro donde veía todos los miércoles a E. pasar, sin conocerlo, sin saber que nos conoceríamos… ¿Eso es triste?

Ojalá la muerte sea convertirse en un recuerdo. Cerrar los ojos y aparecer en una fotografía (aunque sea anodina). Y así lo imagino: soltar el último suspiro y materializarse en una fotografía que nadie tomó y que nadie entenderá. Caras que tus hijos no conocieron, que tu esposa no recuerda, que tu amante –cuando entre a hurtadillas al departamento– no se lo lleve como prenda de afecto, como pretexto de olvido. Sí, materializarte en una foto que nadie te tomó. O incluso, en un garabato. Y quisiera que fuera uno de esos momentos que antes de dormir vienen a mí, como un perro fiel, que se acomide sin necesidad de llamarlo. Sí, quisiera escuchar de nuevo el murmullo de Coyoacán y la voz –en ese entonces, aún nueva– de Gabrielle, tratando de dilucidar su destino, de saber si se quedaría en el DF o se regresaría a San Francisco. Sí, quisiera verla con esos mismos ojos, y escucharme a mí también, renovado y con esperanzas puestas en la capital… quisiera… O tal vez reencarnar en esa fotografía donde Anafilia ríe, casi histérica, y la deleznable Karla –ojos cerrados– se protege del vino que Lisandro derrama al destapar una botella. Y sobre todo, a Santa con su mandil, y a mí, observándola, como sólo se puede observar a Afrodita, a Venus, a María Magadalena, a Xochipilli… o, por qué no, esa foto donde estamos el Lobo, la Murciégala y yo, con el puño cerrado, echándole bronca a la cámara… ah, qué linda eternidad lúdica sería… O, con control en mano junto a K., a media noche, o pasadas las 3, riendo y bebiendo –y por qué no, llorando–… Y muchos tantos otros recuerdos qué volverse fotografía, mapa que sólo yo entiendo porque es la cartografía de algo más grande, de algo mejor, de algo que sólo yo puedo ver.

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2 comentarios en “Fotografías de ti

  1. Gabrielle

    Recordar cualquier momento a su lado, feliz o de alcohol y youtube o de conversación intensa o de meh, me hace sonreír. Esto es llevadero porque lo tengo en mi vida.

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