Clase de piano vs. clase de economía

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Qué fácil fue abrazarte; acomodarme a ti. Fue como dejar caer algo; como soltarme (como dejarme caer). Fue todo lo contrario a un esfuerzo. Y embonar así –mi cabeza en tu hombro, tu respiración en mi cuello–, me recordó la primera comunión de mi índice y la tecla de un piano. Ese momento –sonoro– que permanece más en la fantasía que el recuerdo. Sentado, sin que mis piernas alcanzaran el piso –síntoma de ser un niño malcriado–, toqué, casi por error, un momento en el tiempo que se deja venir, a ratos, en medio de una pieza sinfónica o de una melodía de elevador. Y recuerdo la sorpresa estúpida, pueril –quizás mi estupidez natural atenuada por el elemento pueril; o precisamente, por ella, elevada a revelación–, de descubrir que un tercer contacto se produce a partir de un encuentro casi casual.

Y así, como años más tarde, abandoné el piano, hace casi un año te abandoné a ti.

Ahora, kilómetros de distancia después, me repito la inutilidad de confesar que sí, te amo. Porque ya Santa me había advertido (y mira que los 20 años me parecen una prolongación de la infancia; otra tecla que condujo al azoro), que amar nunca es suficiente. Y a nosotros, pobres diablos, lo único que nos une es ese amor sin sentido, sin dirección, sin propósito. Un amor, digámoslo, estético; uno de esos cuadros caros que rayan en el lujo o el capricho. Y míranos, a nosotros, tan pobres de emociones, tan vacíos de insensatez, que no podemos darnos el lujo de caprichos. Nuestra pobreza emocional no nos permite conservar ese abrazo. Ni siquiera prolongarlo, aunque nunca llegue a la eternidad.

Buscamos, por eso, ahora, un amante más económico, con quien entregarnos tras repasar manuales y sistematizar experimentos de prueba-y-error. Un amante genérico que podamos mantener con nuestras carencias. Una relación sosegada sin mayor sacrificio que el de amar mediocremente a alguien. Pero, insisto –ella lo dijo–, amar no es suficiente. Y desganarnos en peleas, desarmarnos en rituales, cansarnos de tanto amarnos es algo que a mí no me conviene. Por eso, como las clases de piano, de dejo porque no me alcanza. Así son las cosas de la economía y el minimalismo emocional.

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