Tablas de perdición

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Tengo la sospecha de que mis padres siempre se han sentido miserables. Todo el tiempo, toda su vida. Los miro ahora –recientes sexagenarios– deprimidos y desencantados. Cansados, pero no de tanto vivir, sino de vivir siempre lo mismo. Los escucho y sus palabras sólo son comparables a la negrura de los trines de ave de mal agüero. Los veo envejecidos de tristeza, arrugados de llevar toda la vida arrastrando una carga enorme, pesadísima; una carga que, a ciencia cierta, no sé cuál es. Porque también, recapitulo, y me doy cuenta de que sólo conozco los hechos de su vida (y sólo algunos, no todos). Cámaras herméticas que parecen abrazar un pasado miserable que los hunde, como anclas. Un pasado que desconozco y ante el cual no sé cómo reaccionar, ni qué hacer, ni cómo aliviar. A final de cuentas, sigo siendo hijo y la estructura aún pesa; la verticalidad familiar. Y quisiera que gritaran, que patalearan y lloraran hasta secarse; todo menos ese estoicismo terrible de roble, de madera pesada que toma como deber su natural resistencia. Así los veo, tablas frustradas que se niegan a flotar. Tablas necias que se esfuerzan en seguir igual… Y más allá de quejarme, no sé qué hacer.

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