Forever Alone

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Ustedes disculparán, ando malito de mi sentido del humor. Sigo trabajando en estas imágenes que, se supone, serán mi tesis de maestría. ¿En qué? En Letras, claro. Letras Rubias. Aunque no sé si incluso en una maestría tan laxa como la que cursé me dejen presentar un proyecto así de descabellado. Cuestión –quiero suponer– de utilizar una retórica que sonrojaría al mismísimo Protágoras; defender lo indefendible, pues. Pero, bueno, la lucha se hace. Hasta ahora, sépanse que es más difícil dibujar que escribir algo “cómico”, especialmente cuando a mí eso de la comedia no se me da. Como que tengo mucha tragedia para dar, pues. Pero como que tampoco me sale chido en esto de hacer dibujitos y… meh.

Lo cierto es que, sí, soy un bodrio para eso de “divertirse”. Vamos, lo acepto y lo suscribo. Más cuando el factor fun fun fun radica en entablar relaciones aleatorias con los desconocidos. De ésas en las que uno tiene que sonreír, parecer gracioso o, incluso, agradable. Y supongo que bajo otros términos y otras condiciones puedo hacerlo… pero… las fiestas… hum… los bares… ay… no, mejor ni lo pienso que me entra la temblorina. Y es curioso, hay noches en que me entra la locura y quiero salir de farra, ponerme bien wasted, y comulgar con mi generación en una orgía de beats alocados y tragos con sombrilla. Pero –y perdóname por esto, Baco– apenas piso el umbral de un congal y me convierto en un mamón temoroso que se arrincona lentamente y termina jugando sodoku en el iPhone. Sí, #Fail.

Invariablemente es lo mismo. Yo entrando a un bar = yo arrinconado en una esquina, jugando a la muñeca fea que espera su recogedor. Ja. Y lo más patético del asunto es que, tarde o temprano, algún tipejo me alegra la pupila. Comienzo a observarlo con la minucia de quien mira un bicho en el microscopio. Y lo veo, lo veo, lo veo… hasta que alguien lo liga. Porque, pobre de él –o más de mí– si se atreve a mirarme. Igual que la esposa de Lot, me convierto en piedra para que venga un pinche cuaco y comience a lamerme. Sí, más que Fail: Lame.  And over and over, pues. Yo creo que todo proviene de aquella mítica primera vez que pisé un antro. Era joven e ingenuo. Bueno, estúpido. Pero no importa. Entré al congal y yo sorprendido de ver tanto puto junto. Claro, todos eran como peluqueras de rayitos dorados y pantalones blancos ajustados a lo que –supongo– era su trasero. La pura emoción adolescente, pues…

Y entonces me gustó un tipo. Y, cual buen novato, le pregunté a uno de los viejos lobos de mar que qué chingaos hacía para llevármelo a la cama. Y la respuesta fue: “ve y dile que le invitas una chela”. Y ahí va el pendejo del Cobayo, segurísimo de sí mismo, pecho salido, frente en alto, cara de ga-lán. Y así, con mi voz más profunda y el ojito dispuesto a cerrarse en un coqueto guiño, le invité una chela. ¿Qué pasó? Pues nada, el mamut se hizo mierda. Me mandó a tomar por culo. A él le iban los travestis o los chicos muy –pero muy– afeminados. Y acá, pues ni lo uno, ni lo otro. Una lesbiana con pito, pues. Y así se generó este bonito trauma que revive cada que entro a un antro.

Qué odiosos lugares… pero, ey, vida sólo hay una ¿Quién me invita a uno? Prometo no vomitar en sus zapatos.

 

 

 

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6 comentarios en “Forever Alone

  1. María

    ¡Jajaja!
    Pues para que no se le dé bien la comedia, bien me hace reír en estas frías noches (ah, no, frías no, que fuera harán más de ¿veinti…tres, cuatro grados?). ¿Se llamará esto reírse de la desgracia ajena? Tal vez. Reír por no llorar. Comparando con la propia, quizá también.

    Y sí, me gustan estos lares.

    • Reír para no llorar es salud, pues. Hay que reírnos de la desgracia ajena más seguido; y exhibir la propia para que los demás rían. Ya sabe, comercio –de penas– justo y esas yerbas.

    • Creo que es cuestión de lógica: mi existencia es una broma de mal gusto; por ende, el relato de mi vida es un chiste; luego entonces, relatarlo tal cual pasó es gracioso. Caray, que me debieron haber puesto Pepito por nombre de pila.

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