Pláticas en el Metro

Estándar

Uno siempre es menos progre de lo que se piensa. Especialmente cuando se viaja en Metro.

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Con el paso de las semanas que se convierten en meses –y los meses, en un año– he caído en cuenta de que en la provincia se habla más fuerte. Cuando alguien de fueras aborda conmigo el Metro, noto inmediatamente que sus decibeles están por encima del resto; lo distingo con mis oídos, claro, pero también con la mirada: los demás pasajeros se nos quedan viendo. Para colmo, las pláticas que suelo mantener pecan de ser un pelín insuales. Que si a fulano de tal dan ganas de hacerle un fisting; que si las nalgas de sutanita aguantan ponerles un vaso encima; que si ojalá pudiera dinamitar el metro y luego verlos morir a todos… ya saben, lo convencional que les vengo manejando por acá. Sin embargo, nada supera aquella vez que, entrados en confianza, una amiga comenzó a relatar las minucias de su ciclo menstrual. Lo sé, una falta total de gusto; de ella por confiármelo, de mí por escucharlo sin desviar el tema. Sin embargo, me pareció sorprendente todo ese rollo de los cóagulos, los trocitos de carne y pellejitos que… ok, entiendo la indirecta. Pero sí, hay conversaciones que uno no debería tener en el Metro.

 

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Pasando a otros asuntos. El sábado fue la Marcha del Orgullo de la Ciudad de México. Cuánta loca junta, caray. Y lo peor: cuánta de buen ver. Como podrán anticiparse, no ligué nada; vamos, que soy de esos que van al mar y ni un resfriado pescan. Sin embargo, me la pasé bien. Bailé en en pleno Reforma, frente al Ángel de la Independencia; le vimos las nalgas a algunas chavas y el paquete a algunos barbones. Confirmé que tengo la irrefrenable tendencia de fijarme en las “ligas mayores” cuando apenas y si llego al aguador de las ligas infantiles de provincia para niños discapacitados que viven en estado de coma vegetativo. Así de Fail soy. Sin embargo, insisto, me la pasé bien. Podría desmenuzar segundo a segundo lo que pasó ese día, pero no le veo gracia al asunto. Vamos, que relatar las bromas de mal gusto que a Katya y a mí se nos ocurrieron cuando pasó el contingente de vaqueros provenientes de Chihuahua no tuvo ni tantita madre. Pero cómo reímos. Lo dicho: eso del civismo es pura pose entre nosotros. (¡También se armó el slam! Pero las locas nos rechazaron y la policía se nos acercó sospechosamente. Freaks just wanna have fun).

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Hoy amanecí enfermo y con fiebre. Ha estado en mí como un mal intermitente durante todo el día. Sin embargo, pude sacar la chamba de manera decente y dibujar un rato (la imagen que encabeza este post es prueba de ello). Sigo pensándole al asunto ése de la tesis, al que en realidad no hay mucho qué pensar. Sin embargo, ya saben, soy de los que cocinan lento. Lentísimo. Y terminan ordenando una pizza para comer. Por lo mientras sigo dibujando ¿Recomendaciones? ¿Críticas? ¿Algo? Creo que poco a poco le voy agarrando más la onda a esto del dibujo que, espero, será fundamental para la tesis. ¿Lo lograré? Quién sabe… por lo pronto (y no viene al caso) he decidido cerrar mis perfiles de servicios de citas y esas cosas. No tengo tiempo –ni disposición– para conocer gente nueva que terminará armándome dramas por no poder dedicarle el tiempo suficiente para escuchar sus pláticas que poco me interesan. Así que, mejor, a seguir la vía de mi asocialidad e ir cultivando el Jardín de Epicuro para que ahí me entierren cuando muera viejo, solo y rodeado de gatos. Forever Alone Forever. Sí, ese soy yo.

Carita-feliz-amarilla

 

 

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4 comentarios en “Pláticas en el Metro

    • ¡Qué! Tú siempre mirándome con malos ojos. El término “provinciano” no es peyorativo. Digo, yo todavía cargo mi caja de jabón Roma a todos lados y me siego perdiendo como nunca tratando de llegar a los lugares más obvios. Además, el DF es un pueblote donde la gente sigue sin saber cómo comportarse en una calle peatonal, ni cruzarse por las esquinas (o donde el metrobús no los mate) y demás. Pero eso sí, en el metro no hablan tan juerte como la gente de fueras. No me odies, Power Rancher.

  1. ¡Y lo bonito que es! jajaja. Hablar de la menstruación, de las heces, del pis… tamaño, textura, densidad, color… Se acaba mezclando morbo, curiosidad, asco y diversión. Para al final decir: ¿Pero por qué coñ… estamos hablando de esto?

    El resfriado. Que sea leve.

    • ¡Lo sé! Es inevitable tarde o temprano tocar esos temas. Sin embargo, moralino como soy –muy a pesar mío–, no puedo evitar sonrojarme cuando en el metro se abordan esos temas. Vamos, que de la doble moral ni la escoria como uno se salva.
      El resfriado pues nomás avisó que llegaba y sigo esperándolo en la estación. Yo creo que el muy maldito ha de andar acechándome y esperando a que baje la guardia para inundarme de mocos, pus y todo lo demás. ¡Maldita sífilis!… ok, no.

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