Life goes on

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Life goes on. Quienes han vivido toda su vida en el mismo lugar –e invariablemente, de la misma forma– no saben a todo lo que uno renuncia para estar aquí. No saben cuánto cuesta en realidad una tarde apacible mirando cómo el sol se oculta detrás de Reforma; ni con qué se paga convencerse por unas horas de que la vida siempre es mejor cuando es de tarde en el jardín de la Plaza Río de Janeiro. Nada saben de las nostalgias que se arrullan con el vaivén del metro, ni de las pláticas subterráneas que mantenemos a sus espaldas aquellos que recibimos el mote de gente de fueras. Poco podrán saber del acento que, más allá de perderse, se duerme debajo de la lengua; o de los recuerdos que parecen aparecer de pronto en las cosas nuevas. Ninguno de ellos sabe a todo lo que hemos renunciado; muchas veces, ni siquiera nosotros.

Life goes on–, dijiste–. Un paso a la vez.

Cuando era niño, mi abuela decía que las plantas del jardín crecían más rápido cuando nadie las miraba. Y ahora me doy cuenta que lo mismo nos ocurre a las personas. Mirar a mis amigos; mirarlos un poco más viejos, un poco más sabios. Más contentos, a veces. Mirarlos cambiar tanto sólo para de esa forma poder seguir siendo los mismos. Mirarnos. Saber que estamos un poco más viejos, un poco más cansados; que a la una de la mañana ya tenemos sueño. Platicar, ahora, de las rentas y el trabajo; hacer retrospectivas y concluir que en nuestras vidas –al menos así, a la mitad de ellas, donde estamos– no existen los consejos ni las moralejas. Mirar juntos hacia atrás, como si se observara una vieja película; y también mirar hacia adelante, como lo veníamos haciendo desde hace diez años. Porque hace diez años llegué a Puebla; de la misma forma como hace un año llegué al DF. And life goes on…

Me hubiera gustado decirte, hace un ratito, que no he dejado de quererte. Hubiera querido decirte –y lo pensé cuando fuiste al baño–: ¡mandemos todo al diablo! Volvamos, estemos juntos. Sigamos a la distancia… Pero –maldita sea– ambos somos seres razonables. Para eso se necesita enloquecer un poco y, aceptémoslo, enloquecer es asunto de jóvenes. Requiere aguante para los desvelos; requiere inocencia para no adelantarse al final; requiere comer poco y descansar menos para robarle al día minutos para amarnos. Requiero todo aquello que tú y yo le dimos a otros tantos. Santa decía que el amor siempre llega a destiempo; te conocí seis meses antes de que un buen día empacara todo lo que cupo en mi mochila y huyera; te conocí seis meses antes de los ocasos en Reforma y los perros risueños de la Plaza Río de Janerio. Te conocí cuando comenzaba mi despedida. Gracias por todo, feliz inicio de un amor nuevo.

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4 comentarios en “Life goes on

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