Lo que pides, lo que tienes

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Lo que pides, lo que tienes… No es que la vida de uno sea mala. Para nada. Es tan solo –y dígase esto como un murmullo– que uno siempre quiso ser veterinario. O mejor dicho: que uno siempre quiso ser ese tipo de personas que siempre han querido ser veterinarios. Pero no importa. Uno hace lo que puede. Y a veces me puedo masturbar mientras los demás trabajan. Supongo que estamos a mano.

 

El bueno, el malo y el posmoderno

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El Bueno

Hace una semana me mudé al nuevo departamento. Un viejo segundo piso que se debate entre recordarme a la “Cabaña del tío Chueco” por su peculiar –y notoria– inclinación, o a la Chocolate Island de Super Mario World por la poco atinada combinación de colores (café pastelero y blanco cremoso).  Y aunque no tiene jardín –lo siento, Epicuro–, sí tiene un balcón al frente y la copa de un árbol afuera de mi ventana. No tenemos cortinas, ni mesa, ni sillas. Pero tenemos buen humor y muchas ventanas que, a base de golpes, abren –la pintura seca más rápido de lo que uno piensa–. Vecino también los hay. Y calles que flanquean la cuadra; con un supermercado, cafés y restaurantes a los que no vamos (ni iremos). Pero quizá, lo que más me gusta de mi nuevo hogar –hogar, qué palabra tan extraña– es que desde mi ventana podría ver el Ángel de la Independencia. Claro, cuando dinamiten el edificio de HSBC…

 

 

El Malo

Dicen que no hay peor mal que el hecho inconscientemente. A final de cuentas, cuando la voluntad está implicada en dañar, se puede desistir en un momento dado –es un acto volitivo, pues–. Sin embargo, cuando se jode sin intención –por accidente, por error, por omisión inconsciente– uno se convierte en enemigo público; además de dañino, pendejo: como darle a un niño una metralleta; como darme a mí un pretexto. Y eso sí es imperdonable. O quizás no es para tanto… Yo qué sé… Entre mis fondos escasos y  mis carencias de internet le he perdido la pista al mundo. Esa tendencia tan de uno a aislarse tan de todo… una tendencia, algo inconsciente, como respirar, como encerrarte en tu cuarto sin darte cuenta, como olvidar ponerle dinero al celular, o pensar que basta pensar a alguien para pensar que hubo algo parecido a un diálogo. Cosas que se hacen sin querer; y que son las peores. Sí, yo; el peor de todos…

 

 

El Posmoderno

Frente a mí, una pareja de mujeres que, a todas luces, son empleadas de la embajada norteamericana. La de la izquierda es de ascendencia asiática. Tiene una linda sonrisa. Frente a ella –a mi derecha– su acompañante; afroamericana, aunque con sendos rasgos latinos que se evidencian en un color achocolatado y unas facciones redondeadas, apenas curvas que, sin embargo, son poco amistosas. Aunque entre semana prácticamente viven aquí, los fines suelen encerrarse en sus residencias de Polanco, las Lomas o la Condesa. Pocos viven hasta Santa Fe. Ni siquiera en suelo patrio los norteamericanos parecen dispuestos a olvidarse del pragmatismo.

En todos los empleados de la embajada hay cierta expresión de desamparo. En todos. Incluso en los más viejos o los más petulantes. Un aire de desconcierto y de extrañeza; de película sobre drogas y armas; una extraña disposición a nunca tocar realmente el suelo que pisan; un insistir en nunca perder el acento –al contrario, a exagerarlo en su español descuidado, como quien viste a un hijo ajeno, poco querido–. No parece que les dé asco el mundo que les rodea. No. Más bien, parece miedo. Extrañeza. Temor a perder un no sé qué que a mí me hace evocar el olor a centro comercial ozonificado; o al rumor de un televisor encendido con jingles coreados por niños.

Ellas hablan. Continúan hablando, más bien. He perdido el hilo de su conversación. Sé que una venía desde Interlomas; que ninguna de las dos habla inglés; y que, creo, son novias. O un ligue; un trick, como ellas dirían. Y las veo aquí, tan sentadas y extrañadas, haciendo verdad esa máxima de que cuando dos ingleses se encuentran en el extranjero, se funda automáticamente una colonia. Como telón de fondo, múltiples parejas, grupos de amigos o individuos solos se contonean entre pasar y exhibirse. La zona rosa, esa capital de “lo gay”, signifique lo que signifique aquí, en el epicentro vibrante del tercer mundo… Los miro pasar, las escucho hablar y trato de sobrellevar de la mejor manera los 20 pesos que este café americano me ha costado. 20 pesos una tarde de internet.

El sueño de escribir en pijama (como una banana)

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El domingo cumplo seis meses trabajando en Hipertextual. Y sé que a muchos les parecerá el pretexto más anodino para celebrar. Seis meses no son nada. Seis meses se pasan volando. Vamos, que ni siquiera son suficientes para que un ser humano se termine de gestar. ¿O acaso han escuchado hablar de un seismesino? No, yo tampoco. Sin embargo, ese 14 de febrero, a las 9:00 –un lunes, por cierto– tomé la primera decisión de mi (no tan) nueva (no tan) vida. Aposté, quizá sin saberlo, por un sueño que hasta hoy he sabido que ni es únicamente mío, ni es del todo descabellado: el sueño de escribir en pijama.

Medio en broma, medio en epifanía, hace no mucho tiempo caí en cuenta de una asociación curiosa. Involuntaria claro, como todas las asociaciones que vale la pena citar. El Jardín de Epicuro, ese remanso de tranquilidad amurallado por la auto-mesura y la amistad –temas recurrentes en este blog–, aparecía como una tímida referencia en Bananas en Pijama, un programa infantil transmitido en Nickelodon hace poco más de una década, donde sus personajes –Bananín y Bananón– dedicaban la vida al aprendizaje de su mundo, rodeados por sus amigos y vistiendo capítulo a capítulo sus inconfundibles pijamas. ¿Existe acaso otra vía hacia la ataraxia  más agradable que ésta? ¿No es lo mismo que Epicuro de Samos proponía como la mejor de las vidas que podría tener el ser humano “despierto”?

Incluso su trasfondo homoérotico –similar al de Beto y Enrique en Plaza Sésamo– parece apuntalar mi hipótesis. Epicuro pedía, en este mismo tenor de autocontrol y felicidad duradera, se evitaran todas las pasiones. Un amor tranquilo y sosegado –prácticamente filial– debía inundar el corazón y convertir a nuestra pareja en eso: en una compañera o un compañero que, además de cultivar el jardín, nos acompañara en la labor filosófica; el aprendizaje de este mundo –de la verdad de este mundo–; de la ataraxia. ¡Qué maravilla! Una vida dedicada al placer duradero que no se encuentra en el orgasmo ni el exceso, sino en el cultivo tranquilo, en la paz –que a la larga– se demuestra más bella y duradera. En la felicidad, en evitar el dolor.

A semejante chorrada llegué como se llega por lo general a todo lo bueno en la vida. Sin saber cómo. Un buen día –un día pesado– apagué el monitor y me dirigí a mi cama. Al llegar al cuarto, caí en consciencia de que, en todo el día, no me había mudado la pijama. ¿Qué había hecho durante toda la jornada? Nada fuera de lo normal; lo que desde hace seis meses es mi vida: levantarme poco antes de las seis y escribir hasta que termine el día. Escribir chorradas como ésta. U otras un poco más coherentes. Pero al final del día, chorradas. Tonterías. Textos efímeros que de una leída no pasan; que como hojas de árbol cumplen una función y después mudan con el otoño. Escribir nada más. Nada que se parezca a una novela; o a una declaración honda de sentimientos. No, nada. Sólo las entradas habituales en el blog del trabajo; los artículos para las revistas que trabajo; unos cuantos twetts; unas cuantas líneas en los mensajeros; quizá un par de mails. Nada.

Sin embargo, aquel descubrimiento me ha hecho feliz. Hoy, que estoy en la víspera de mis primeros seis meses viviendo el sueño de escribir en pijama  –ya pasa de la media noche–, se me dibuja una sonrisa cansina en los ojos irritados, a pesar aun del dolor de muñecas y las molestias en las espalda. Una sonrisa pírrica, quizás. Una mueca que apenas si puede transmitir por sí sola la idea de felicidad. De felicidad sosegada. De felicidad de una banana –o un cobayo– en pijama.

San Agustín, ruega por nosotros

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Dicen que todo irremediablemente cambia; que uno no puede bañarse dos veces en el mismo río. Que devenimos; sea en lo mismo, sea en algo diferente; pero devenimos. Que mutamos. Y lo miro en mis padres, que envejecen en cuestión de segundos; que cada día me recuerdan más a mis abuelos –y yo, al contrario, que cada día me parezco menos ellos (pero, eso sí, un poco más a mí mismo)–. Lo miro en mis amigos, en mis amigas, a quienes quiero, quienes me quieren; los miro necios en cambiar para seguir siendo los mismos. Y, al mismo tiempo, los veo convertirse en unos completos extraños. Como quien ha visto demasiado tiempo un cuadro, o releído demasiadas veces una novela. Sí, ése que se percata que tanto el cuadro como la novela eran desde un principio otra cosa. Que el paisaje no era paisaje; que la novela costumbrista era sólo una metáfora. Sí, aquél que se da cuenta que toda la vida todo ha sido otra cosa. Que se sorprende. Que incluso se pregunta si él seguirá siendo el mismo; si algún día, al verse al espejo, no caerá en cuenta que él era otra persona. Qué complicado el tiempo; y qué simple soy yo.

El pasto siempre es más verde…

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No me miren feo. Ha sido una semana terrible. Mucho trabajo. Mucho. Cerros ¡Qué va! Montañas, cadenas montañosas y olimpos apilados uno sobre otros. Un asco, pues. Ni tiempo de dibujar, de escribir o de inmortalizarme en Cam4. Ok, tal vez eso último no. Pero, bueno. He aquí una de las tiras rechazadas –por mí mismo– que les comparto porque… pues no tengo tiempo y algo hay que compartirles. Les daría de mis Donitas Bimbo, pero, la neta, será lo único que coma en el día. Anden, miéntenme la madre y mándenme amenazas de muerto como los lectores de mi trabajo. Al fin que no me duelen