San Agustín, ruega por nosotros

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Dicen que todo irremediablemente cambia; que uno no puede bañarse dos veces en el mismo río. Que devenimos; sea en lo mismo, sea en algo diferente; pero devenimos. Que mutamos. Y lo miro en mis padres, que envejecen en cuestión de segundos; que cada día me recuerdan más a mis abuelos –y yo, al contrario, que cada día me parezco menos ellos (pero, eso sí, un poco más a mí mismo)–. Lo miro en mis amigos, en mis amigas, a quienes quiero, quienes me quieren; los miro necios en cambiar para seguir siendo los mismos. Y, al mismo tiempo, los veo convertirse en unos completos extraños. Como quien ha visto demasiado tiempo un cuadro, o releído demasiadas veces una novela. Sí, ése que se percata que tanto el cuadro como la novela eran desde un principio otra cosa. Que el paisaje no era paisaje; que la novela costumbrista era sólo una metáfora. Sí, aquél que se da cuenta que toda la vida todo ha sido otra cosa. Que se sorprende. Que incluso se pregunta si él seguirá siendo el mismo; si algún día, al verse al espejo, no caerá en cuenta que él era otra persona. Qué complicado el tiempo; y qué simple soy yo.

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2 comentarios en “San Agustín, ruega por nosotros

    • Llega un momento en que la edad se convierte en un “algo” concreto e ineludible, como un nuevo brazo que le sale a uno de la noche a la mañana y con el que se no puede lidiar del todo bien. Algo que aprender a controlar antes de que, sin querer, lo termine ahorcando a uno de un apretón cariñoso. Es bueno saber de usted de nuevo :)

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