Una vida de dos horas (i)

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De unos meses para acá, la vida sólo me dura un par de horas. El resto del tiempo, del día –de mi vida–, transcurre en no sé donde. Claro, nunca me he distinguido por tener la cabeza sobre los hombros; pero hasta hace unos atados de semanas sabía a bien dónde ponía el ojo (porque, ya saben, donde pongo el ojo, pongo la mente). Quizá por eso ayer se me ocurrió otra de mis “brillantes” ideas. Tomar una fotografía cada dos horas. ¿De qué? Pues nada en especial: de lo que tuviera enfrente –de lo que tuviera en mente–. De ahí que desde el martes esté jugando con el temporizador del celular y su –deficiente– cámara fotográfica. Sacando fotos aquí y allá, sin gran pericia ni gracia.

Qué haría yo sin el ingenio de mi padre. Seguramente viviría en una cueva en las afueras de la ciudad. Supongo que, al igual que Homero Simpson, mi mayor proeza es depender de los demás. El domingo vino al departamento cargado de tubos, serrucho, tornillos y taladro. En lo que para mí fue una hazaña de la ingeniería moderna, instaló este cortinero para la regadera que –sorpréndase– es aéreo. Aunque tiene dos soportes, la arista que carga el peso está colgada del techo. Como un pequeño y eterno trapecista. El lunes llevé mi plato de comida al baño y comí observándolo. Tiene un no sé qué que me hace sentir querido. Y también un poquito de espectáculo. Creo que a esto se refieren con los placeres sencillos de la vida. Aunque, siendo honesto, no tiene nada de sencillo.

Desde que mi hermano me prestó su internet móvil, éste se ha convertido en mi nuevo puesto de trabajo. No lo niego, extraño un poco la incomodidad de los cafés de Reforma. Incluso a sus parroquianos; la mesera que tuvo a su hijo a los quince años; los hermanos incestuosos; la pareja de ancianos pederastas que gritan improperios en inglés a los flamantes jotitos; la mística que está escribiendo su obra de teatro: “SOS, Ángeles al rescate”; la pareja de burócratas; la señora que lleva a su maestro de obra para seducirlo; incluso a la despreciable estudiante de Estudios Latinoamericanos. Sí, los extraño un poco. Sólo un poco.

Me gusta mi ventana. Frente al edificio hay una manzana de casas abandonadas. Todo un cementerio de negocios sobre el que parecen levantarse los edificios de Reforma. Mi rumi y yo hemos debatido en qué molesta construcción devendrá este lote abandonado. Ella dice que un estacionamiento; yo me avoco por un complejo habitacional. Ojalá lo convirtieran en un parque. Uno lleno de perros cagones que saquen a pasear a sus dueños de nariz respingada. Esos que coordinan su ropa con la correa de sus caniches. Esos que cargan sus bolsas en mano y –¡horror!– levantan sus heces del suelo con todo el glamour que semejante actividad les permite. Caray, que cada que se agachan a levantar mierda no puedo evitar sonreír para mis adentros. Sería un parque muy divertido.

Fumar. Sigo haciéndolo. Pero ahora ya no al interior de la casa. Ahora salgo al balcón y fumo. Mira a la ciudad y fumo. Veo a los coreanos pasar y fumo. Después del escritorio, el balcón se ha convertido en un nuevo epicentro cotidiano. Cuando mi edificio se caiga durante un temblor, ya saben dónde buscar mis restos. Afuera de la puerta que lleva al balcón o adentro de ésta. Así de simple, así de siempre.

Ella es Perla. Vive a unas cuadras de mi casa. Tiene tres gatos. Y tampoco tiene agua. Desde el jueves pasado toda la colonia se mudó a un desierto. Pipas van, pipas vienen. Hemos desarrollado estrategias de supervivencia. Como ir al baño al supermercado y bañarse en la casa de amigos o familiares. No hemos trapeado, no hemos lavado ropa. Tampoco trastes. Ni se diga regar plantas. Nos limitamos a sobrevivir con botellas de plástico y revisar constantemente –obsesivamente– los grifos, buscando un cambio súbito de presión –un pequeño milagro–. Dicen que a partir de mañan tendremos agua. Dicen que hoy por la noche se llenarán los tanques de la ciudad. Dicen tantas cosas… y yo sólo quiero estrenar mi regadera con cortinero de última tecnología.

¿Mi vida es anodina? Sí. Qué esperaban. ¿Aventuras? ¿Entrevistas a personajes famosos? ¿Sexo casual las 24 horas? Pues nada de eso. Fuera de comer en el baño para admirar el cortinero, ir a beber con Perla a su departamento, escribir todo el día, fumar en el balcón y observar a través mi ventana no hay nada interesante qué contar. No sé si ustedes lo notaron. En la mayoría de las fotografías aparece mi computadora. Qué cosas. La vida se me va en entre sus teclas. Mi día pasa leído más que vivido. Supongo que represento el principio de la involución humana. Como diría Pearl Jam hace algunos años: Do the evolution, baby!

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