2003 – 2011

Estándar

Mi vida comenzó en enero de 2003; casi a los 19 años. Antes de esa fecha, el tiempo parece dormido. Recuerdo los trajines diarios. Las fotocopias que leía en el camión; los apuntes que tomaba en clase; las horas infinitas que pasaba trabajando en los cubículos de la Dirección de Difusión Universitaria. Traigo a la memoria esos días con sentimientos encontrados. Por un lado, la enfermedad comenzaba a manifestarse con violencia. Aún puedo verme, tumbado en la cama, con las cortinas cerradas. Incluso puedo escuchar a mi madre, detrás de la puerta, disculpándome ante del mundo de mis achaques. Si hago un esfuerzo –uno no muy grande– puedo recordar ese temblorcillo en alguna parte inubicable de mi cuerpo. Aún faltaban varios años para comenzar el viacrucis de tratamientos y medicamentos; más para que, desesperados, los médicos me pusieran a dormir media semana o me internaran en el psiquiátrico.

Pero además de esas manifestaciones violentas estaban los días y las horas repletas de auténticas novedades. Mis profesores, por primera vez en toda mi existencia, consideraban que sobresalía del resto. Algunos a través de comentarios irónicos –era un alumno bastante soberbio–, otros a través de un cariño casi paternal inesperado y del que, al parecer, estaba sediento desde hace muchos años. Mis compañeros de aula me temían. Nada se compara hasta ahora al respeto que es conmovido por el temor a ser humillado. Me pedían tareas, que les explicar los despeñaderos más complicados de las teorías –parvuladas– que atendíamos en clase. Pedían mi opinión para sus problemas personales. Y lo mejor de todo: me redescubría entre algunos seres humanos.

Mis lazos amicales con Mauricio, Ricardo y Adriana eran sólidos a pesar de la distancia. Cada tanto viajaba desde Puebla hasta el DF para descubrir, junto a ellos, como la vida se transformaba: los amigos que se dejaban crecer el pelo; los excompañeros que salían del clóset; las primeras peripecias en los bajos mundos; los descalabres con las primeras drogas. Y en Puebla mi vida se dividía entre Adrián, Kika y Alexis –una verdadera Odisea en el mundo de la sexualidad y las sustancias prohibidas– y entre Anja, Adriana y Gerardo, entrando de lleno en esa fantasía que a ratos abrazamos y a ratos dejamos olvidada. Así iba mi vida… y con ella vendrían después Santa y Anafilia. Eran otros tiempos, otros ámbitos.

A pesar de que todo lo que ocurrió –y todos los que ocurrieron– fueron vitales para el transcurso de la historia (incluso, mi supervivencia), lo que más extraño del 2003 es esa ubicua sensación de que la vida te aguarda algo importante. O peor aún: que los demás esperan cosas “grandes” en tu vida. No fueron pocos los profesores que me auguraron una carrera brillante en la academia universitaria. Tampoco fueron pocos los compañeros que pensaron –con toda la ingenuidad bienintencionada de esos años– que a futuro volvería a saber de mí por publicaciones en journals y librerías especializadas. Incluso por ahí debe andar la misiva que me envió el entonces gobernador Mario Marín por obtener una de las codiciadas –y polémicas– becas del Estado de Puebla, donde se le pagaba a estudiantes de universidades privadas su educación caprichosa.

Por alguna razón las personas a mi alrededor confiaban en mí. Más que eso: esperaban algo “grande” de mí. Unos me veían en las altas esferas de la literatura, codeándome con becarios y best sellers. Otros podía ver mi sombra recorriendo las bibliotecas de universidades extranjeras en busca de un “post”. Pero nadie pensé seguramente en verme como me veo ahora: encerrado en un departamento vacío a mis 28 años. Racionando mis alimentos en una dieta salteada que se basa en alternar una lata de atún un día y al otro hacer una comida en la fonda al pie de mi edificio. Con la ropa agujereada, pidiendo prestado, durmiendo en un colchón sobre el suelo, conformándome con sueldos que mis excomapañeros nunca han percibido, pues en su primer trabajo ganaba el triple o quíntuple de lo que yo gano ahora.

Y quizás he ahí lo peor de todo. Ni siquiera espero ya “grandes” cosas de mi vida. Me contento con salir unos minutos al balcón y pensar que, cuando la vida me vuelva a tener hasta el cuello, bastará con aventarme de cabeza al suelo. En eso me he convertido… quizás, después de dos largos años, la enfermedad esté regresando. Quizá esta sólo sea una nueva manifestación de ella. La diferencia radica ahora en que no poseo los cinco mil pesos mensuales que gastaba en medicamentos; tampoco el tiempo para estar internado o puesto a dormir. Sólo tengo mis cigarros, unos cuantos atardeceres realmente bellos y un bonche de amigos que, al igual que yo, piensan qué habrá pasado para que sus particulares predicciones del 2003 no se hayan cumplido.

No estaba muerto; estaba agonizando

Estándar

Semana que ladra, no muerde. Pero, carajo, cómo te ensucias los calzones. El sábado pasado fue la boda de mi hermano. Dicen que estuvo linda; y digo dicen porque yo no estuve presente. Mi familia, con motivo de la celebración, viajó desde Puebla; sin embargo, poco antes de llegar a la ciudad de México –a la altura de Río Frío, para quienes tengan una noción del área–, encontraron una carambola de autos al dar vuelta en una curva pronunciada. Mi primo –quien venía conduciendo– intentó librar el camión que se encontraba obstaculizando los cuatro carriles.. pero no lo logró. En cambio, pudo minimizar el impacto para todos. Ninguna desgracia qué lamentar. O al menos ninguna fatal. Vértebras rotas, caderas que deberán ser reconstruídas, clavos en el fémur, y clavículas que se fueron de paseo… sí, mi semana ha transcurrido entre hospitales, trámites y esperas.

Esta semana tenía programado sacar esta tira que –ahora sí– formará parte definitiva de lo que será mi tesis de maestría (el capítulo titulado “Galletas!”). Pero entre tanto desmadre, tendré que aguardar más tiempo.

Sigo peleándome con el rollito éste de las paletas de colores, estilos, tipos de línea, maquetación y –ay– todo. Sin embargo, pronto (siempre digo lo mismo) verá la luz esta novela por entregas que, espero, sea mínimamente divertida. ¿Qué les ha parecido, gustado u odiado de lo que han visto? Sé que disto mucho de ser un dibujante o un escritor (o un ser humano), pero, vamos, que la red y los photoshops te ponen la mesa para que al menos lo intentes. Vale la pena internarlo ¿no?

(Ya sé que no: píquense el culo, sabihondos).

PD: A todas y todos los que han preguntado por mi ausencia, muchas gracias por preocuparse. Espero el lunes estar de vuelta en lo que se supone es mi vida. Por ahora, regreso al hospital. Lul’z para todos.