Ceniza de difunto

Estándar

I

Se detuvo. Fue como si el mundo dejara de girar de repente. Incluso, se incorporó un poco; como queriéndome ver mejor. A los ojos. Me dijo –y recuerdo su expresión ligeramente desconcertada– que yo le parecía dos personas. Me caló hondo. Mi voz, entrecortada, apenas era audible. Soy más, le dije. Creo que logré sonreír en la oscuridad. O al menos sé que lo intenté. Quería parecer gracioso; sacudirme ese terrible peso que, de súbito, me asfixiaba. Me sentía descubierto; o quizá, peor aún, atrapado. Como si la última salida de emergencia quedara sepultada por las paredes. Recuerdo –y esto, con el cuerpo; no con la mente– cómo mi bigotillo ralo se torció en una mueca estúpida; esa sonrisa falsa que recuerdo haber intentado. Supongo que todo terminó ahí. No recuerdo si los arrumacos continuaron; mucho menos si pasaron a mayores. Cuánto tiempo más habremos pasado en la cama, no lo recuerdo. Yo ya no estaba ahí.

Lo que sí sé es que ésa fue la última noche nos que nos vimos. Debía de estar lloviendo, porque le presté mi paraguas. También sé que esa noche no lo acompañé a Reforma. Ni siquiera bajé con él las escaleras del edificio. Sólo cerré detrás de él la puerta.

 

II

Una cosa llevó a la otra. Danubio no es la misma calle de día que de noche. El atardecer se lleva consigo ese aire estival que domina por la mañanas y el medio día. Incluso cuando está nublado. De noche, adquiere una sobriedad lúgubre, propia de esos ríos respetables que uno debe aprender en las clases de geografía e historia. No han sido pocas las veces que, viniendo de Amberes, la evito. Prefiero caminar por Sena y cortar por el nuevo parquecillo para continuar por Tigris. Supongo que se debe, en gran medida, a que entre las verjas y ramas de Danubio se quedó atorada un poquito de esa novedad hecha jirones. Sensación que, aunque agradable, me deja un regusto de fugacidad que sólo se compara al empalagamiento; mucho de algo bueno deja de ser, precisamente, bueno.

Hoy, de regreso a casa, caminé por Danubio. Hacía frío –tengo la impresión de que Río Danubio y Río Poo son calles más frías que Tigris y Sena–, abotoné la chamarra y metí las manos en los bolsillos. Fue como encontrar algo que, se ignoraba, se había perdido. Entonces vinieron a mi mente sus palabras; sus ojos, mirándome; su postura ligeramente incorporada. Y, claro, sus palabras. Pero ahora no eren graves; al contrario, era leves. Más allá de detener el mundo, lo hicieron girar más rápido. La vorágine de pensamientos pasando a mi alrededor como líneas de colores vistas desde la ventanilla de un carro me hicieron sentir vértigo. Alenté el paso; de alguna parte de mí salía una vocecilla que rara vez oigo. El regusto amargo del café se mezcló con el del alquitrán –hasta ese momento imperceptible–. Mi boca, de nuevo, sabía a fugacidad.

 

III

Caminando a casa, desde la Condesa, me dejé guiar por la Torre Mayor. Un placer secreto, casi culposo, me invadió al percatarme que, igual que lo haría un marinero, me dejaba guiar por un cuerpo luminoso. El placer se multiplicó cuando me vi absoluta y totalmente perdido, como cuando de niño escapas del chapoteadero y, aferrado al filo de concreto, te internas en la alberca de los adultos. Sentimiento que desapareció al cruzar Chapultepec y encontrarme, de nuevo, con ese reino difuso que llamo, muy a la ligera, “mis dominios”. Decidí no regresar a casa tan temprano. Hice una parada en el café habitual; sentándome donde siempre, ordenando lo que siempre tomo. Saqué de mi maletín un libro y fingí leerlo, concentrándome lo suficiente en las pláticas ajenas para no perder el sentido del tiempo y, de vez en cuando, cambiar la posición del cuerpo y de las hojas.

Hoy escuché conversaciones agradables. De alguna forma, incluso, me sentí partícipe. Como si ellos supieran que los escuchaba; como si a ellos no les disgustara que lo estuviera haciendo. Al retirarme, caminé por Danubio. Una cosa llevó a la otra. Venía de Amberes y ese calle es lo más parecido a una línea recta hacia mi casa. La vocecilla me atrapó a unas cuadras de mi departamento. Igual que fingí leer, pretendí ahora caminar. La escuchaba, como pocas veces, clara. Me decía que yo no era dos personas; que era muchas más. Que si Río Danubio aún conservaba esos jirones de novedad, era porque seguía siendo algo terrible y absurdamente nuevo. Como una computadora ciclada o un disco rayado. Un día que se formatea al amanecer.

Entonces recordé a todas aquellas personas que, como yo, no logran entender el mundo de aquellos que han vivido toda su vida en el mismo lugar, con las mismas personas, haciendo lo mismo una y otra vez. Pensé en Gaby; pensé Ana;  pensé en Hilda. Pensé en mí y esta sensación de eterno comienzo. Recordé ese mirar por mi ventana; ese mirar las calles de Puebla; ese intento desesperado por construir en un lugar donde sabes no estarás por mucho tiempo. Regresó a mí esa sensación de cuando dejas un cuarto de hotel; la duda de si no estarás dejando olvidado algo debajo de la cama. Algo que bien puede ser simple y reemplazable, como un calcetín. Pero algo íntimo, tuyo. Como la piel que se descama o las uñas que recortas. Algo que parece frívolo e innecesario. Pero que, con el tiempo, reconoces era parte tuya y ahora se ha quedado a reposar su propia existencia lejos de ti.

 

IV

Una tarde, frente a la iglesia de Coyoacán, descubrí lo complicado que podía ser echar raíces. La mera idea era excitante. Romper de una vez la maceta y enterrarse profundo en un lugar. Hice que Gabrielle, esa misma tarde, jurara que echaría raíces conmigo. Teníamos hasta el 1ero de noviembre de 2011 para decidir si nos quedaríamos en el DF o volveríamos a dar un salto. Basta decir que, cada uno, cumplió a su manera la misma promesa. Ella encontró otro lugar donde echar raíces; yo sólo refrende mi esperanza de que la ciudad de México en algún momento, de alguna manera, me permitiría, aunque fuera, decidir a dónde se dirigiría mi próximo movimiento. Ahora que Hilda –mi roomie,– está por abandonar el departamento, me entra la misma tristeza sosegada de quien ve a alguien desarrollando tímidas raíces que buscan dónde enterrarse. Esa tristeza plana, de sonrisa autoindulgente; de quien se sabe partido en muchos pedazos, de quien se sabe se ha ido esparciendo por el mundo, como ceniza de difunto.

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