Esfuerzos pobres

Estándar

I

De regreso a casa me perdí. Sé que debía seguir por Pachuca, continuar por Sinaloa y virar en Monterrey. Pedalear hasta que la avenida se convirtiera en Florencia. Rodear el Ángel (con mucho cuidado) y seguir derecho, ahora por Tíber. Una ruta sencilla. Pero como con todo lo simple: no supe cómo hacerlo. En algún momento me distraje y terminé en Tamaulipas. Esa calle tan odiosa, con su fisonomía de círculo del Infierno; sus restaurantes de arquitectura escandalosa; sus autos en doble fila. Me desesperé. Viré –quizá volví a virar– y cuando supe dónde estaba, sabía que no era donde quería llegar. Pedalear por Baja California, volver a entrar a Tamaulipas (¿O ahora era Nuevo León?). No lo sé. Traté de ubicarme, pero es imposible ese desastre de colonia. ¿Quién querría vivir en la Condesa? Desesperante. Como pude, llegué a Chapultepec. Aparqué la bicicleta y caminé de regreso a casa. Fue una buena idea. Los coreanos de la Juárez estaban regresando también a sus casas. Qué agradable verlos tan menuditos y espigados, silenciosos o hablando en voz baja. Verlos caminar de regreso a sus departamentos, quizá tan cansados como yo estaba.

 

II

Pero qué extraño es trabajar en una oficina. Entre escritorios, teléfonos y paredes de tablaroca. Sigo conociendo nuevos compañeros. Aunque todavía no hablo –lo que se dice hablar– con ninguno. Mi mutismo creo que ha comenzado a levantar desazones. Si supieran que si no hablo es porque no tengo nada qué decir. Por eso porque no puedo modular la voz. Porque a veces suena muy apagada; otras titubeante; otras demasiado fuerte. Y que sí, camino chistoso, que siempre tengo escondidas las manos en las mangas de los suéteres, que como solo… pero supongo que tiempo al tiempo. Así son los cierres, así son las oficinas, así son las revistas. Creo que soy afortunado. Sólo un poco. Lo suficiente.

 

III

Me siento solo. Mucho. Pero por primera vez no está mal. Creo que me gusta este nuevo silencio. Este esfuerzo tan pobre que hago por hablar. Ojalá no lo malinterpreten. Ojalá no lo tomen a mal. Porque si lo hacen, no sé si tenga palabras para explicarles de qué va el asunto de los esfuerzos pobres.

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