Arróbame ésta…

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Tenemos una especial y desarrollada sensibilidad para recordar “las primeras veces”. (Máxime cuando se es un neurótico implacable; un neurótico sensibilero). Entre mis favoritas, cuento la primera vez que leí la palabra “arrobado”. Fue en un blog que, como todo lo bueno, pecó de fugaz. Una de esas avis raris, tan comunes en los principios de la década pasada. Pertenecía a Manuel Bautista (@economiasma), en aquel entonces, mejor querido como Medeo Mandarino. Alguien cuya inteligencia sólo podía equipararse a su refinada sensibilidad. Basta de halagos. La primera vez que leí “arrobado” fue en una de sus entradas. Quizá, la más emotiva de todas. (Aunque no me hagan caso, la hipérbole es el medicamento que tomo para combatir las lagunas mentales). Sea como fuere, a él le atribuyo esa palabra que, como zapatos apretados, jamás he podido utilizar con comodidad.

“Arrobar” es una palabra poco común; aunque difícilmente podría ser considerada dominguera. Son como las pulgadas: todos sabemos que equivalen a una cantidad determinada de centímetros, pero difícilmente recordamos su equivalencia exacta. Uno de esos verbos que nos cuesta explicar; que se quedan en la punta de la lengua, y que, sin embargo, podemos entender en el contexto. Porque apunta claramente hacia otro punto –quizás, sí, también inexplicable–, pero que no cuesta mucho imaginar. Él se sentía arrobado. Quizá por primera vez en su vida. Y, así como la grafía de la arroba se envuelve en sí misma –se abstrae bajo el riesgo de desaparecer– lo imagino a él, arrobado sobre la cama. Desnudo, como se describía. Pero solo, en un placer espiritual que, a pesar de haber sido provocado por otra persona –también desnuda (por primera vez) a su lado–, no lo incluía.

Vaya maravilla.

Las siguientes veces que alguien pronunció la palabra, pasaron desapercibidas. Seguramente, más de uno, más de una, algún libro de la biblioteca o una fotocopia de clase debió incluir la palabreja. Pero, insisto, pasó desapercibida. Porque, para mí, “arrobar” era un verbo que sólo se podía conjugar como Manu lo había hecho. Porque “arrobar” sólo existía en esa cama de un hotel del centro, como un pequeño milagro, necesitado de tanto para, como la flor de la Pasionaria, florecer sólo una noche. Como todo, como siempre, Manu y yo fuimos tomando una cortés distancia. Las pláticas en el messenger se fueron apagando; las entradas en su blog, disminuyendo. El tratamiento psiquiátrico me consumía demasiadas energías para asomarme a una ventana; incluso a la de un monitor. (Nada obra como los años para mostrarnos la forma definitiva de las cosas).

Tras mi mudanza de regreso a la ciudad de México, intentamos coincidir. No lo logramos. Al menos no voluntariamente. Aún trabajaba en Telvista. Aún padecía esa extraña sensación de regocijo culposo (propia del hijo pródigo que disfruta dilapidar su herencia sólo porque sabe que así terminará comiendo las bellotas que da de comer a los cerdos). Era sábado; era diciembre. Utilicé mi tiempo de comida para bajar al Oxxo de Bolivar, fumar y quizá apurar un café de máquina antes de regresar al suplicio. Lo encontré formado en la fila. Frente a mí. Sabía, gracias a las entrometidas redes sociales, que él estaba preparando sus papales para irse a estudiar el doctorado (¡Recuerdo incluso haber querido derramarle mi café hirviendo sólo de envidia!). Y no le hablé. No me atreví a hacerlo.

En esto entonces sólo era un agente de call center que, entre sueños, se decía a sí mismo (o a quien lo oyera) que él podría haber estudiado un doctorado si tan solo… (y aquí su voz se hacía quebradiza). Pero eso no es el punto. Encontré a Manu, a mi autor personal del verbo “arrobar” –ése que la volvió a inventar sólo para que la conociera– y no pude saludarlo. Sin embargo, la palabra “arrobar” ya andaba flotando en el aire. Como un susurro idiota. O peor: como un susurro de idiotas. Con risitas. “Arrobar”, ahora, nada tenía qué ver con esa experiencia mística. Nada. Ahora se refería a hacer partícipe a alguien de una conversación. O peor todavía: a omitirlo. “Arrobar” sólo existía gracias a la pratícula “no”. “No arrobar” equivalía a la pedrada, al comentario soez, al tweet anónimo.

Nada más triste.

Pero no sorprendente. Si los blogs –esos primeros recipientes del nefasto término 2.0 que ahora a tantos simplones les hace mojar las pantaletitas– permitían ese contacto tan íntimo con, prácticamente, desconocidos, las nuevas plataformas ahora sólo son acceso a la McInformación, al Monopoly del conocimiento: de la jodida actualidad que tanto me ha reventado los huevos del espíritu desde hace un año. La actualidad, esa dominatriz cuyo látigo es la fugacidad. Basta un minuto para estar desinformado; basta una hora para no saber hacia dónde gira el mundo… la actualidad y la tendencia: escalofríos. Yo soy de los que prefiere terminar con el mundo antes de que él termine conmigo.  (Pera esas son otras cuitas). Desde entonces, odio un poco más las redes sociales que, con tanto beneplácito uso para alimentar mi ego raquítico.

Arróbenme ésta.

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