Este mundo que me crece

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I

A mi vida le siguen creciendo calles. Ahora, serpenteantes; casi –diría–, caprichosas. Pero ni Zamora, ni Pachuca (ni Sinaloa, ni Chapultepec) poseen un temperamento nervioso o colérico, propio de calles temperamentales y huecas, como Amsterdam; o de vías furiosas como el Circuito Interior que, cuadra a cuadra, como serpiente –o Satanás–  muda de nombre. No, mis nuevas calles no son así. Son, quizás, ensortijadas; pero no por un capricho repentino, sino por una debilidad propia de la edad. Son calles amables, aunque cansadas. (A veces, creo, incluso las escucho bostezar). Son como árboles, acostumbrados a reverdecer. Plantas que han renunciado a la futilidad del movimiento, a perseguir el sol, el agua, o cualquier esperanza de un mejor clima. Son calles, como los bosques, resignadas.

Me gusta, por igual, caminarlas que recorrerlas en bicicleta. Son, insisto, senderos amables. Que poco se parecen a Río Danubio, Tigris o Sena. Quizá porque este trío –tan querido por mí y los míos– son sensiblemente más jóvenes. Y, por qué no, también un poco más pretenciosas. Claro, a Zamora y a Pachuca se le han colgado algunas aves de plumajes coloridos y miradas engreídas; de trinos brutalmente estúpidos. Pero así pasa con los árboles. Si los gorriones no se apresuran a hacer ahí sus nidos (si no se resisten a dejarlos), llegan toda clase hurracas y pájaros de mal agüero. Pero –y esto lo digo a favor de ellas, y de otras, cuyos nombres aún no me pertenecen–, se conservan pequeñas y resignadas. Íntimas. Se conservan, aún, calles. Quizá la mejor prestación de mi nuevo trabajo sea recorrer estos caminos cansado, sin prisa, con una tristeza apenas delicada.

II

¿De dónde vienen los nuevos hábitos? ¿De dónde las costumbres? Hoy regresé al mercado sobre ruedas que conocí la semana pasada. Regresé al mismo puesto de quesadillas y pedí, de nuevo, una de requesón y otra de papa. Volví a comer en silencio. Y regresé a la oficina a paso cansino. Soy el único que suele tomar media hora en vez de las dos horas que, por Ley, nos tocan. Me pregunto si ésta será una nueva costumbre. Si las tres mujeres que me atienden –inevitable no reparar en las brujas de McBeth–  se llegarán a aprender mi sonrisa. Porque, y aquí quizá deba hacer un pequeño énfasis: ahora sonrío más. Me gusta sonreír más. Aunque, como es de esperarse, sé que quizá sea una sonrisa pasajera y que, como hoy, mis pasos suenen a tristeza. (Qué palabra más blanda, por cierto, para decir lo que siento. Quizá deba utilizar palabras más apropiadas, como cansancio emocional, desazón o algún diagnóstico clínico de esos que nos gustan tanto).

¿Que por qué estaba triste? ¿Que a qué se debía mi tristeza? Ni yo lo sé. (Y eso, lo sabemos todos). De repente, como los cambios de estación, se me deshojan los buenos ánimos y queda descubierto este esqueleto que mira al cielo de invierno. Pero basta llegar a casa –¡a casa!– y abrir la ventana y mirar mi árbol, y saber que quizá hoy tengo un puesto considerable, que quizá mañana volveré a los inframundos laborales con el cambio de gobierno, que tal vez después encuentre otro trabajo, que luego… Que luego, como los árboles, me resigne al avatar de estar vivo. De no saber nunca qué es lo que quiero, pero de tener el consuelo pírrico de que por lo menos siempre he hecho lo que he querido (aunque unos minutos después –una horas o unos años– caiga en cuenta de que alguien debe protegerme de lo que quiero).

III

Pero no crean que he cambiado “mis dominios” por cantos de sirena. Ni la Condesa ni la Roma me ofrecen esta paz que, por algún extraño hechizo, siento cada que mis pies alcanzan una banqueta de la Juárez o de la Cuauhtémoc. Hoy regresé al café de Reforma. Vencí mi repudio a las multitudes y me senté en uno de los sillones a beber café, fumar y leer. Re-leer. De nuevo, Los Extraditables, de Marcela Rodríguez Loreto. Ese nombre que me parece es de un fantasma pero que ya no me atrevo a investigar por miedo de que exista. Sé, gracias a mis primeras pesquizas (antes de querer realmente a ese libro) que ella hace, más o menos, lo mismo que yo hago. Por eso prefiero que sea un fantasma, para sentir que, allá afuera, hay una mujer capaz de conmoverme. De perderse en ensoñaciones chabacanas, de anti-héroes, de futuros truncados, de proyectos fracasados. Tengo miedo de ser el único que piensa estas estupideces.

IV

Volví a caminar de regreso por Río Danubio. No sé en qué estaba pensado. Quizá en los agostos que no volverán. Esos días que, pienso, eran realmente estivales. En caminar bajo la lluvia con Hilda y con Adrián. Pero ahora sólo quedan esos jirones. Esta vida que aún sigue pareciendo nueva. Estos proyectos en el tintero que parecen completados ahí, sin compartirlos a quienes nada les interesa. Pero a esta tristeza se le superpondrá otro estado de ánimo. Quizá, mañana, de nuevo una sonrisa. O cantar de camino al camión. Tal vez sólo silbar. Tal vez ver la Torre Mayor y la Estela de Luz, leer los nombres de las calles de Polanco o… sólo confiar en que el futuro es brillante. Ese futuro donde, sin importar las hurracas o los gorriones, tenga esa misma mansedumbre, ese estoicismo perfeccionado, de mis nuevas calles.

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4 comentarios en “Este mundo que me crece

  1. Y a veces, en estos trabajos “inocentes” sale lo mejor de nosotros, a las cinco de la tarde, al repudiar a la flojera de ya no tener las fuerzas de aventarnos por la ventana.

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