He visto a las mejores mentes de mi generación destruidas por… ¿los 30?

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A cuentagotas, la llamada “generación perdida” está entrando a la treintena. Estamos –dijo nadie, nunca–. Mientras unos –lo menos, me parece– alargan manteles, otros buscamos desesperados irnos a tiempos extra. Porque a quien no le falta dinero, le falta amor; o le sobra panza, o frente. Maltrechos, adoloridos y, más que nada, perdidos, estamos llegando a los 30. ¿El final de la inercia? Para nada. Tan sólo una balndengue preocupación –una aún más débil intención– y una fuerte convicción de que, en diez años, hicimos de todo, menos lo correcto.

Los “fabulosos treinta”, más que una terraza a la mitad del camino, se nos figura una garita. Peor aún: un retén militar, donde sin miramientos nos inspeccionarán hasta las cavidades para hacer recuento de nuestras podredumbres. En algún momento, durante los veinte –sospecho que a los 26–, se nos entregó una lista de to do’s (sí, en inglés; así de nefasta), y ahora, a unos metros, vemos esa aduana severa, donde queramos o no, debemos mostrar “nuestros carnets”. Todo para esperar a que se publique el quién es quién de los 30. Que, en pocas palabras se resume en: “¿Llegaste más lejos que tus padres?”.

Una pregunta francamente engañosa. Pero no por ello menos lastre. Mis padres, a mi edad, tenían dos hijos; uno, malito de su nerviolera; el otro, alérgico a todo, incluso a los pañales. Tenía dos autos, vacaciones en avión dos veces por año e, incluso, se daban el lujo de cumplir años de casados. Claro, tenían unas jetas de aquellas; unas ojeras que parecían hamacas; y un cierto desconsuelo que alcanzábamos a entrever, años después, en suspiros y miradas a la nada. Mi hermano, al cumplir 30, dio una gran fiesta, digna de competir con el gran Gatsby. A final de cuentas, tenía una novia, mesas repletas de amigos y familiares que, en parte por compromiso, en parte por morbo, asistieron al convite.

Convite al que no asistí, por cierto. (Eran mis años trabajando en el teatro: ¡hablando de perder el tiempo!). Como sea, los primeros de mi generación –ese gozne cansino entre la equis y la generación perdida– estamos llegando a cuentagotas, complicándonos la vida y canibalizando lo poco de dignidad que nos queda. Muchos llegaran todavía en la licenciatura –o atrapados en la tesis–; otros llegaremos más solos que la mujer de los gatos; unos más… no llegarán. Y lo que es peor: habrá quienes lleguen casados. ¡Horror! Incluso, con hijos. (O peor todavía: con un perro al que tratan como bebé).

Al final del día, lo único que tenemos es que quizá hayamos sido la única generación que ha hecho lo que ha querido. Aunque, tristemente, también sea la que menos ha sabido lo que en un principio quería. Así sea.

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3 comentarios en “He visto a las mejores mentes de mi generación destruidas por… ¿los 30?

  1. degusto_rio

    Cada quien habla como le va en la feria, no entiendo la aversión de mi generación al matrimonio y la paternidad. No es una obligación entrarle, pero es bien fácil y medio patético decir que es un asco solo porque no se te dio, ni es tu realidad, ni la armaste en eso. La mayor parte de la gente soltera que conozco, que ronda como yo los treinta no se ha casado porque está bien pinche fea o es bien freak y nadie los aguanta, y está bien deprimida como tú, metida en drogas, viviendo con sus jefes y con un aferramiento a pensar que siguen teniendo 18 años. Es una negación a entender que ya están peludotes y ya, no la pongas tan compleja y hables en general.

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